El aire en el refugio es pesado, cargado con el olor a ozono y a humanidad hacinada, pero por primera vez en horas, Edward siente que el escáner térmico de los drones no puede alcanzarlo. El extraño, que se hace llamar Kael, lo guía a través de una pesada puerta de esclusa recuperada de un viejo carguero.
Un Santuario Analógico.
Al entrar, la vista es abrumadora. Lo que parece ser una antigua estación de metro olvidada se ha transformado en un centro de operaciones improvisado.
El Cónclave.
Kael lleva a Edward ante una mesa central hecha con el ala de un transporte derribado. Allí, una mujer de mirada severa y cabello canoso examina un mapa de circuitos. Es Mina, la líder de los Desconectados.
—¿Así que este es el hijo de Thorne? —pregunta Mina sin levantar la vista—. Se parece a él. Tiene esa misma mirada de quien cree que puede salvar el mundo con un algoritmo.
—Tengo datos —responde Edward, golpeando su mochila—. Datos que Aegis está dispuesto a matar por recuperar.
Mina finalmente lo mira. Sus ojos son implantes de alta precisión que enfocan y desenfocan rápidamente. —Aquí abajo, los datos son moneda de cambio, pero la confianza es el oxígeno. Si lo que traes es real, nos darás una oportunidad contra ellos. Si es un rastreador, nos habrás traído la muerte a todos.
La Identidad de la Resistencia.
Kael le explica a Edward que "Los Desconectados" no son solo fugitivos. Son antiguos ingenieros, analistas y ciudadanos que se negaron a entregar su privacidad a la "Nube de Seguridad" de Aegis. Viven bajo el principio del Silencio Digital: nada de lo que hacen queda registrado en la red global.