El Primer Rayo de Sol.
La luz del amanecer no entró en el piso franco como una invasora, sino como una invitada tímida. Se filtró a través de las rendijas de las persianas metálicas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de hormigón pulido y ascendiendo lentamente por las sábanas revueltas. Vania fue la primera en abrir los ojos. Durante un segundo, el instinto de guerrera la puso alerta, buscando el peso del arma bajo la almohada, pero la calidez de un cuerpo junto al suyo la detuvo en seco.
Edward dormía con una expresión que ella nunca le había visto: paz absoluta. Sin el ceño fruncido por las estrategias de combate o el peso de las vidas bajo su mando, parecía años más joven. Vania se permitió observarlo, detallando cada línea de su rostro ahora relajado. El aire en la habitación ya no olía a pólvora o a miedo, sino a ellos, a una humanidad recuperada en la clandestinidad.
Con una sonrisa que se sentía extraña pero bienvenida en sus labios, Vania estiró un brazo y comenzó a trazar con la yema de los dedos el contorno de la mandíbula de Edward. El contacto fue ligero, casi etéreo. Vio cómo las pestañas de él temblaban antes de que sus ojos se abrieran. No hubo confusión en su mirada, solo un reconocimiento inmediato y un brillo de alegría genuina que iluminó su rostro.
—Buenos días —susurró Edward, su voz aún ronca por el sueño y la noche compartida.
Vania no respondió con palabras. Se inclinó y lo besó suavemente, un beso que sabía a promesa y a alivio. El mundo exterior, con su tiranía y sus sombras, parecía haber dejado de existir por un instante, reemplazado por la simple y poderosa realidad de estar vivos y juntos.
Complicidad entre Ruinas.
La alegría de la mañana se manifestó en pequeñas risas que resonaban en las paredes desnudas del refugio. Mientras Edward intentaba preparar algo parecido a un desayuno con las raciones de emergencia y una vieja cafetera que silbaba como si fuera a explotar, Vania lo observaba envuelta en una manta, sentada sobre la encimera de la cocina improvisada.
—Es un milagro que no hayamos muerto por este café todavía —bromeó Edward, sirviendo dos tazas de un líquido oscuro y humeante.
—Después de sobrevivir a los drones de asalto del Sector 4, creo que mi estómago es inmune a tu café, Edward —respondió ella, aceptando la taza y dejando que el calor le entibiara las manos.
Se quedaron allí, compartiendo el espacio con una naturalidad asombrosa. No hablaban de la misión, ni de los códigos que debían descifrar, ni de los aliados que esperaban señales de vida. Hablaban de tonterías, de recuerdos de la infancia antes de que la corporación lo consumiera todo, de los sueños absurdos que habían tenido esa noche.
La risa de Vania, clara y vibrante, era el sonido más revolucionario que se había escuchado en ese piso franco en años. Edward la miraba embelesado, dándose cuenta de que esa alegría era el verdadero motor de su lucha. No peleaban solo para destruir a Aegis, sino para que momentos como este, donde la luz y la risa ganaban la partida, fueran posibles para todos. Cada broma, cada mirada cómplice, era una pequeña victoria contra el sistema que quería despojarlos de su capacidad de sentir.
Juegos y Promesas Silenciosas.
El resto de la mañana transcurrió en una especie de burbuja temporal. En lugar de vestirse inmediatamente con sus uniformes tácticos, se quedaron en ropa cómoda, moviéndose por el pequeño apartamento como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Edward encontró una vieja baraja de cartas y terminaron sentados en el suelo, jugando una partida de póker donde las apuestas no eran dinero, sino secretos inconfesables o promesas de masajes de pies.
—Si gano esta ronda, tendrás que contarme quién fue tu primer amor platónico en la academia —desafió Vania con una chispa de picardía en los ojos.
Edward rió, barajando con una destreza que ella no conocía. —Acepto el reto. Pero si gano yo, me dirás dónde aprendiste ese movimiento con el cuchillo que casi me deja sin oreja en el entrenamiento de hace dos años.
La competencia era feroz pero cargada de afecto. Cada vez que sus manos se rozaban al repartir las cartas, una corriente eléctrica los recorría. Había una ligereza en sus movimientos, una agilidad que no venía del entrenamiento militar, sino de la felicidad pura. Por primera vez en mucho tiempo, no eran soldados; eran simplemente un hombre y una mujer disfrutando de la compañía mutua.
En medio de los juegos, hubo momentos de seriedad luminosa. Edward tomó la mano de Vania y, mirándola a los ojos, le dijo sin palabras que ella era su ancla. Ella apretó su mano en respuesta, una promesa silenciosa de que, pasara lo que pasara en las próximas misiones, este rincón de luz que habían construido sería su refugio eterno. La alegría no era solo un estado de ánimo, era un compromiso mutuo.
El Regreso al Mundo.
A medida que el sol alcanzaba su punto más alto, la realidad comenzó a llamar a la puerta, no con violencia, sino con la inevitable responsabilidad de sus cargos. Sin embargo, el cambio de atmósfera no fue sombrío. Se prepararon juntos, ayudándose mutuamente con las correas de los chalecos y revisando las armas, pero lo hacían con una sonrisa persistente y besos robados entre cada comprobación de equipo.
—¿Lista para volver al caos? —preguntó Edward, ajustando el comunicador en el oído de Vania.