El Laberinto de Edward.
Edward observaba el techo desconchado del piso franco, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, desglosando una táctica que no tenía nada que ver con flancos o suministros. Su pensamiento era un campo de batalla entre el deber y el deseo. Durante años, se había entrenado para ser un líder de acero, alguien cuya única prioridad fuera la supervivencia de su unidad. Sentir el peso de Vania a su lado, escuchar su respiración rítmica, era una grieta en su armadura, pero una grieta que, en lugar de debilitarlo, lo estaba llenando de una luz desconocida.
Se preguntaba si este sentimiento era un egoísmo necesario. ¿Podía seguir enviando a otros a la muerte cuando él acababa de encontrar una razón tan poderosa para vivir? Su mente repasaba los rostros de los caídos, intentando justificar su propia felicidad en medio del luto colectivo. Sin embargo, al mirar el perfil de Vania bajo la luz matutina, comprendió que su sacrificio no era por una ideología abstracta, sino por el derecho a amar así. "Si la victoria no incluye esto", pensó Edward mientras su corazón latía con una fuerza renovada, "entonces la victoria no vale nada". El miedo a perderla era el precio de haberla encontrado, y por primera vez, estaba dispuesto a pagar cualquier interés que la vida le cobrara.
La Fortaleza de Cristal de Vania.
Vania siempre había considerado su corazón como una zona de exclusión aérea. Había construido murallas de cinismo y eficiencia para protegerse del dolor que inevitablemente traía la pérdida en la Resistencia. Pero esa mañana, mientras sentía el calor de Edward, se dio cuenta de que sus muros no habían sido derribados por la fuerza, sino que se habían disuelto como sal en el agua. El silencio de la habitación le permitía escuchar sus propios pensamientos con una claridad aterradora.
"¿Qué he hecho?", se preguntaba, aunque la sonrisa en su rostro contradecía la duda. Sentía que su identidad como la 'Sombra del Sector 4' se estaba transformando. Ya no era solo una herramienta de precisión; era una mujer que recordaba el sabor de la ternura. El pensamiento de la próxima batalla ya no le provocaba la descarga de adrenalina habitual, sino una cautela protectora. No quería morir, no hoy, ni mañana. Quería ver a Edward envejecer, quería ver sus ojos sin el reflejo de las explosiones. Esta nueva vulnerabilidad la asustaba más que cualquier interrogatorio de Aegis, pero también le otorgaba una ferocidad nueva: ahora tenía un tesoro que defender, y nadie sería capaz de arrebatárselo.
El Diálogo de los Silencios.
Hubo un momento, mientras ambos desayunaban en silencio, en que sus pensamientos parecieron sincronizarse sin necesidad de palabras. Edward la miraba y Vania sabía exactamente lo que él estaba calculando: las rutas de escape, el tiempo que les quedaba antes de la siguiente señal de radio, las probabilidades de éxito. Ella, a su vez, le respondía con una mirada que decía: "No pienses en el final antes de disfrutar el trayecto".
Edward reflexionaba sobre la fragilidad de la paz. Se sentía como un hombre que ha encontrado un oasis en medio del desierto y teme parpadear por si resulta ser un espejismo. Su mente viajaba hacia el futuro, imaginando una vida donde no tuvieran que esconderse, donde los nombres en clave fueran reemplazados por susurros cotidianos. Vania, por su parte, se enfocaba en el presente absoluto. Para ella, el pasado era una cicatriz y el futuro una niebla; solo el tacto de la mano de Edward sobre la suya era real. En ese intercambio de miradas, ambos aceptaron el pacto tácito: la alegría de esa mañana no era un descuido, era su acto de fe más valiente. Estaban decidiendo que su amor era más real que la guerra que intentaba devorarlos.
La Resolución del Alma.
Al final de la mañana, cuando el equipo táctico ya estaba sobre la mesa, la introspección dio paso a una resolución férrea. Edward ya no veía a Vania solo como su mejor agente, sino como su motivo de existencia. Sus pensamientos se volvieron afilados y claros: optimizaría cada recurso, estudiaría cada sombra, no para ganar una guerra, sino para asegurar que ella regresara a sus brazos. La alegría que sentía no era una distracción, era un combustible de octanaje infinito.
Vania, mientras ajustaba su cuchillo al muslo, sentía una calma que nunca antes había experimentado en el umbral de una operación. "Soy peligrosa porque amo", se dijo a sí misma. Su pensamiento final antes de salir por la puerta fue una promesa a su propio espíritu: no permitiría que el odio de sus enemigos empañara la pureza de lo que acababa de nacer. Al cruzar el umbral, Edward y Vania no solo llevaban armas y planos, llevaban una verdad interna que los hacía invencibles. La mañana había terminado, pero la claridad que les había otorgado iluminaría incluso el rincón más oscuro de la ciudad sitiada. Estaban listos para luchar, no por odio a lo que tenían enfrente, sino por amor a lo que tenían a su lado.