De enemigos a amantes.

Arco: El Velo del Deber.

El Regreso al Búnker.

El aire denso de la base subterránea del Sector 4 golpeó a Edward y Vania nada más cruzar la esclusa de presión. El olor a ozono, aceite de motor y café quemado era el aroma de su realidad cotidiana, pero esa mañana se sentía extrañamente ajeno. Edward caminaba con su habitual paso firme, pero había una nueva ligereza en sus hombros que no pasó desapercibida para los centinelas. Vania, un paso por detrás, mantenía su máscara de frialdad profesional, aunque el roce accidental de sus dedos contra el dorso de la mano de Edward al entregar los códigos de acceso envió una descarga eléctrica que casi rompe su compostura.

Al entrar en la sala común, el bullicio de la Resistencia los rodeó. Mapas holográficos parpadeaban en las paredes y el sonido de las radios resonaba en cada esquina. Edward se dirigió directamente a la mesa de mando, sintiendo la mirada de su segundo al mando, Marcus, un hombre que podía leer el estado de ánimo de un soldado a kilómetros de distancia. "Llegan con retraso, Comandante", observó Marcus, entrecerrando los ojos mientras escaneaba sus uniformes. Edward solo asintió, con una calma que parecía demasiado perfecta. El secreto no estaba en lo que decían, sino en el espacio eléctrico que mantenían entre ellos; una distancia que, por primera vez en años, no se sentía como un abismo, sino como un puente invisible.

La Sospecha de los Iguales.

Vania se retiró a la armería para limpiar su equipo, buscando un momento de soledad, pero fue interceptada por Sara, la experta en demoliciones y su amiga más cercana. Sara la observó mientras Vania desmontaba su fusil con una precisión casi coreográfica. "Hay algo diferente en ti", soltó Sara de repente, apoyándose en la mesa de trabajo. Vania no levantó la vista. "¿Diferente? He dormido tres horas en un suelo de cemento, Sara. Estoy igual que siempre". Pero Sara se rió suavemente. "No es el cansancio. Es el brillo en tus ojos. Parece que finalmente has encontrado algo por lo que vale la pena no morir".

Vania sintió que el calor subía por su cuello, pero mantuvo la voz gélida. "He encontrado una ruta de suministro de Aegis, eso es todo". Sin embargo, el esfuerzo por ocultar su alegría era agotador. Cada vez que Edward pasaba cerca de la armería, su corazón traicionaba su entrenamiento, acelerándose sin permiso. En la Resistencia, la felicidad era un lujo peligroso, casi una debilidad. Vania se dio cuenta de que ahora tenía que realizar la misión de infiltración más difícil de su carrera: fingir que seguía siendo una sombra solitaria cuando, en realidad, se sentía como si llevara el sol dentro del pecho.

El Briefing de la Esperanza.

La reunión de estrategia fue un ejercicio de autocontrol. Edward explicaba los planes de ataque contra el centro de datos de Aegis, señalando puntos estratégicos con un puntero láser. Vania estaba sentada al fondo, observando la nuca de Edward, consciente de que solo unas horas antes había estado apoyada en su hombro. Edward, por su parte, evitaba mirarla directamente para no perder el hilo de su discurso. Sabía que si sus ojos se encontraban, la determinación marcial que proyectaba podría desmoronarse y revelar la ternura que lo habitaba.

Sin embargo, cuando un joven recluta cuestionó las posibilidades de éxito, la respuesta de Edward fue inusualmente inspiradora. En lugar de hablar de tácticas de desgaste, habló de la vida que les esperaba al otro lado de la guerra. "No luchamos para destruir lo que odiamos", dijo Edward, y su mirada se desvió apenas un milímetro hacia Vania, "sino para salvar lo que amamos". Fue un instante fugaz, una chispa que solo ella captó, pero fue suficiente para que toda la sala sintiera un cambio de energía. La alegría no se mostraba con sonrisas, sino con una renovada convicción de que la victoria era posible porque el futuro ya no era una abstracción, sino una persona sentada a pocos metros de distancia.

El Pacto en las Sombras.

Al final del día, después de que las luces de la base se atenuaran al "modo nocturno", Edward y Vania se encontraron en un pasillo estrecho cerca de los conductos de ventilación. No hubo besos ni abrazos largos; el riesgo era demasiado alto. Se limitaron a apoyarse en la pared opuesta al otro, compartiendo el silencio que se había convertido en su lenguaje secreto. "Creen que solo soy un poco más eficiente hoy", susurró Vania con una pequeña sonrisa que solo él podía ver en la penumbra.

Edward extendió la mano y apenas rozó el hombro de su uniforme. "Yo creo que eres peligrosa. Te están subestimando porque no saben que ahora tienes un motivo para volver siempre". Ambos sabían que la ocultación era necesaria para proteger no solo su relación, sino la moral de la tropa. En un mundo de privaciones, su amor era un tesoro que otros podrían envidiar o cuestionar. Pero mientras se separaban para volver a sus respectivos barracones, la alegría secreta los envolvía como un escudo. La guerra seguía allí fuera, pero dentro de los muros de la Resistencia, dos corazones latían con un propósito que ningún uniforme podía camuflar: sobrevivir para volver a verse al amanecer.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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