De enemigos a amantes.

Arco: El Peso del Vínculo.

Fuego Cruzado y Silencio.

La misión era simple en el papel: sabotear el repetidor de comunicaciones en la Cresta de Hierro. En la práctica, era un suicidio bajo la lluvia ácida del sector norte. Edward lideraba la vanguardia, mientras Vania, apostada a trescientos metros con su rifle de precisión, cubría sus flancos. A través de la mira telescópica, Vania no solo veía objetivos; veía al hombre que amaba moviéndose entre las ruinas. Cada bala que disparaba no era solo para cumplir el objetivo, sino para asegurar que el camino de Edward estuviera libre de obstáculos.

"Vanguardia en posición", susurró Edward por el canal táctico. Su voz sonaba profesional, pero Vania detectó esa pequeña pausa, ese matiz de seguridad que él solo proyectaba cuando sabía que ella estaba vigilando. El problema surgió cuando una patrulla de Aegis apareció por un flanco no detectado. Edward quedó expuesto mientras colocaba las cargas. Vania sintió un frío gélido recorrer su espalda, una sensación que nunca antes había experimentado en combate: el miedo paralizante de perder a alguien que se ha vuelto esencial.

El Instinto sobre el Protocolo.

"¡Edward, a las nueve! ¡Cúbrete!", gritó Vania, rompiendo el estricto silencio de radio. Su dedo apretó el gatillo tres veces en rápida sucesión, eliminando a los soldados enemigos antes de que pudieran levantar sus armas. Edward rodó tras un parapeto, jadeando. En ese momento, la eficiencia fría de la Resistencia fue reemplazada por una urgencia humana. Marcus, que escuchaba la frecuencia desde la base, frunció el ceño ante la nota de pánico en la voz de la francotiradora, pero no hubo tiempo para preguntas.

Edward, recuperando el aliento, comprendió que el miedo de Vania era su mayor vulnerabilidad y, al mismo tiempo, su mayor fortaleza. "Estoy bien, Sombra. Mantén el foco", respondió él, usando su nombre en clave pero con un tono que pretendía acariciarla a través de la estática del auricular. Se obligó a concentrarse en la bomba, aunque su mente gritaba por correr hacia donde ella estaba para asegurarse de que el contragolpe enemigo no la alcanzara. La alegría de estar juntos ahora tenía un precio: el campo de batalla ya no era un tablero de ajedrez, era un santuario que debían proteger a toda costa.

La Danza de las Sombras.

La retirada fue un caos de explosiones y humo. En medio del fragor, se encontraron en el punto de extracción secundario. Estaban cubiertos de barro y ceniza, rodeados de otros soldados que recargaban sus armas frenéticamente. Durante un segundo, mientras los drones de Aegis sobrevolaban el bosque, se buscaron entre la multitud. Sus ojos se cruzaron por encima de los cañones de sus rifles. No hubo palabras, pero el alivio en sus rostros fue una llamarada de alegría que casi los delata.

Vania le tendió un cargador de repuesto a Edward. Fue un gesto técnico, rutinario, pero la forma en que sus dedos se engancharon un segundo más de lo necesario dijo todo lo que no podían gritar. "Buen trabajo ahí fuera", dijo Edward en voz alta para que el resto del pelotón lo oyera, aunque su mirada decía: Gracias por salvarme la vida, otra vez. El resto de la resistencia los veía como una unidad de élite perfectamente sincronizada; no sospechaban que esa sincronía no venía del entrenamiento, sino de una promesa silenciosa de no dejar al otro solo en la oscuridad.

El Regreso Silencioso.

Al volver a la base, el éxito de la misión fue celebrado con raciones extra y palmadas en la espalda. Edward y Vania se mantuvieron en la periferia de la celebración, cada uno en un extremo de la sala. Sin embargo, la barrera que habían construido por la mañana se sentía más delgada. Habían sobrevivido a su primera prueba de fuego como algo más que camaradas, y la adrenalina del combate aún vibraba en sus venas, mezclada con el deseo de estar solos.

Mientras Edward entregaba el informe final a los altos mandos, Vania se retiró a los dormitorios, dejando una pequeña marca de tiza en el marco de la puerta: una señal secreta que significaba que estaría esperándolo en el conducto de ventilación a la medianoche. La alegría de la misión cumplida no era por el repetidor destruido, sino por el simple hecho de que ambos seguían respirando el mismo aire viciado del búnker. Ocultar su amor se estaba volviendo más difícil con cada bala esquivada, pero esa misma dificultad hacía que cada momento de secreto fuera infinitamente más dulce.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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