El Rastro de la Frecuencia.
La base subterránea de la Resistencia nunca se sintió tan pequeña para Vania como aquella mañana. El aire, filtrado por viejos sistemas de ventilación que siempre olían a ozono y humedad, parecía estancarse en sus pulmones mientras caminaba hacia el centro de mando. No era una invitación; era una orden directa de Marcus. El jefe de inteligencia de la unidad "Sombra" no solía llamar a sus operativos de élite a menos que hubiera una nueva misión o un error que corregir. Y Vania sabía perfectamente que no había nuevas misiones en el horizonte inmediato.
Al entrar en la oficina acristalada, Marcus no levantó la vista de las pantallas táctiles. Estaba reproduciendo un bucle de audio. Vania sintió que el corazón se le detenía al escuchar su propia voz distorsionada por la estática: "¡Edward, a las nueve! ¡Cúbrete!". El tono no era el de una profesional coordinando un sector; era el grito visceral de alguien que está viendo su mundo desmoronarse.
—Siéntate, Vania —dijo Marcus con una calma que resultaba más aterradora que un grito.
Ella obedeció, manteniendo la espalda recta y la expresión de piedra que le había servido de máscara durante años. Marcus finalmente apagó el audio y la miró fijamente. Sus ojos eran como escáneres, buscando cualquier grieta en su armadura emocional.
—Llevas con nosotros cinco años —empezó Marcus, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. Has sido nuestra mejor francotiradora porque eres fría, calculadora y, sobre todo, silenciosa. El silencio de radio es el primer mandamiento de tu especialidad. Sin embargo, ayer, en la Cresta de Hierro, no solo revelaste tu posición al gritar, sino que utilizaste el nombre de pila de tu compañero de vanguardia en una frecuencia que Aegis intercepta con facilidad.
—Fue un momento crítico, señor —respondió Vania, forzando una voz monótona—. La patrulla enemiga no estaba en el radar. La vida del operativo Edward estaba en riesgo inminente.
—La vida de todos los operativos está siempre en riesgo, Vania. Pero nunca te he oído gritar así por Marcus, por Sarah o por el joven Leo cuando casi pierde un brazo el mes pasado. —Marcus se inclinó hacia adelante—. Hay una frecuencia emocional en tu voz que no corresponde a la camaradería. Hay una... urgencia personal.
Vania sintió una gota de sudor frío bajar por su nuca. La inteligencia de la Resistencia no solo se basaba en espiar al enemigo, sino en asegurar que sus propios soldados no fueran un riesgo por sus vínculos. En un mundo donde la tortura de Aegis podía extraer cualquier secreto, el amor era considerado una debilidad estructural.
—Mi enfoque es la protección de los activos de alto valor. Edward es vital para la colocación de cargas —intentó justificar ella, aunque sentía que sus palabras sonaban vacías.
—No me mientas, Vania. He revisado los registros de las últimas tres semanas. Coincidencias en los turnos de comedor, salidas del búnker en horarios no asignados, incluso el gasto de energía en los conductos de ventilación del sector 4. Sabes que monitorizamos todo para prevenir infiltraciones.
Vania mantuvo el contacto visual, aunque por dentro sentía que el suelo desaparecía. Marcus no tenía pruebas definitivas de una relación, pero tenía suficientes "anomalías" para abrir un expediente de riesgo. Si se confirmaba un vínculo sentimental, serían separados. Peor aún, uno de los dos sería transferido al frente sur, una zona de muerte de la que nadie regresaba.
—Si cree que mi rendimiento ha disminuido, los informes de bajas de ayer dicen lo contrario —dijo ella, tratando de contraatacar.
—Tu rendimiento fue excelente, pero tu estabilidad es ahora un interrogante. Si Edward es tu ancla, el día que él caiga, tú te hundirás con él, y perderé a dos de mis mejores soldados de un solo golpe. —Marcus se puso en pie y caminó hacia la ventana que daba al hangar—. No voy a tomar medidas drásticas hoy. Pero te advierto una cosa: voy a vigilar cada parpadeo, cada mensaje y cada respiración que compartas con él. Si confirmas mis sospechas, Edward será reasignado antes del amanecer. Puedes retirarte.
Vania salió de la oficina con las piernas temblando ligeramente. Sabía que la red se estaba cerrando. Marcus era un perro de caza que no soltaba una presa una vez que olía sangre. El peligro ya no era solo Aegis; el peligro era la propia organización a la que servían.
El Interrogatorio de la Lealtad.
Mientras Vania intentaba procesar las amenazas de Marcus, Edward no lo tenía más fácil. Había sido citado en la sala de entrenamiento, un espacio cavernoso donde el eco de los disparos de práctica solía ocultar cualquier conversación privada. Sin embargo, hoy la sala estaba vacía, excepto por la presencia de Sarah, la psicóloga y analista táctica del grupo, conocida por su capacidad para leer el lenguaje corporal.
Edward estaba limpiando su fusil automático, una tarea mecánica que le permitía mantener las manos ocupadas. Sarah se acercó con una tableta en la mano, observando sus movimientos con una curiosidad clínica.
—Pareces tenso, Edward —comentó ella, sentándose en un banco cercano—. Después de una misión exitosa, el cortisol suele bajar. El tuyo está por las nubes según los sensores biométricos de tu traje de ayer.
—Fue una extracción sucia —respondió él sin levantar la vista—. Casi nos barren en la Cresta. Es normal estar alerta.