De enemigos a amantes.

Arco: El Sacrificio de la Sombra.

La Lógica del Abismo.

La oscuridad en la litera de Vania no era total; el parpadeo constante de una luz roja de emergencia en el pasillo del Sector 7 proyectaba sombras alargadas que parecían dedos acusadores sobre la pared. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Marcus: "Edward será reasignado antes del amanecer".

Vania era, ante todo, una estratega. Había sobrevivido a tres purgas de Aegis y a incontables misiones suicidas no por su puntería, sino por su capacidad para prever el movimiento del enemigo tres pasos antes. Y ahora, el enemigo no era un dron de combate o un escuadrón de Pacificadores, sino el propio afecto que sentía por el hombre que dormía a tres niveles de distancia. En su mente, empezó a trazar un árbol de decisiones, una simulación táctica de su futuro compartido.

Si se quedaban juntos y mantenían el secreto, el margen de error era nulo. Un roce de manos en el pasillo, una mirada persistente en el comedor, o incluso un informe de misión demasiado protector sería el final. Si los descubrían, la Resistencia no tendría piedad: el castigo por poner en riesgo la seguridad operativa era el Frente Sur, una picadora de carne donde la esperanza de vida era de dos semanas. Vania no temía morir, pero no podía soportar la idea de ver a Edward marchar hacia su ejecución silenciosa por culpa de ella.

"Lo van a matar", susurró para sí misma. Su voz sonó extraña en el silencio de la celda. "Si se queda a mi lado, Marcus acabará encontrando la forma de eliminarlo".

La lógica del sacrificio empezó a tomar forma. Era una operación de extracción: debía extraerse a sí misma de la vida de Edward para asegurar la supervivencia de él. Si ella se iba, si ella pedía el traslado voluntario a la División de Reconocimiento de Larga Distancia (DRLD), Marcus perdería el rastro de la conexión. La DRLD era una unidad que operaba fuera del búnker principal, meses de aislamiento en territorio enemigo, vigilando las fronteras de las Megaciudades. Era una condena de soledad, pero también era una garantía de seguridad para el activo que más le importaba.

Se levantó y se sentó frente a su terminal personal. La interfaz era austera. Sus dedos dudaron sobre el teclado. Pedir un traslado voluntario a la DRLD era, en la práctica, firmar su propia sentencia de aislamiento absoluto. No habría cartas, no habría mensajes de radio, no habría reencuentros. Sería una sombra más en la nieve de las Tierras Yermas. Pero Edward seguiría aquí, en el búnker central, ascendiendo, viviendo, respirando.

"Es la única forma de que su nombre no figure en la lista negra", pensó, mientras las lágrimas, que tanto tiempo había reprimido, comenzaban a nublar su vista. No eran lágrimas de tristeza, sino de la furia de una mujer que tenía que destruir su felicidad para salvar lo que amaba. Con un movimiento decidido, redactó el mensaje para la oficina de personal, marcándolo como "Urgencia Operativa".

El Muro de Hielo.

Edward encontró a Vania en el mirador del conducto de ventilación C-14, un lugar que solía ser su refugio secreto. Pero hoy, la atmósfera era diferente. Ella no estaba esperándolo con la guardia baja; estaba de pie, con el uniforme de combate completo, mirando a través de la rejilla hacia el desierto nocturno.

—He oído rumores en el comedor —dijo Edward, deteniéndose a unos metros. Su voz era una mezcla de incredulidad y miedo—. Dicen que has presentado una solicitud para la DRLD. Dime que es una estrategia para despistar a Marcus. Dime que no es verdad.

Vania no se giró. Sabía que si veía su rostro, su resolución se desmoronaría como un castillo de naipes.

—Es verdad, Edward. Me voy a la frontera norte en cuarenta y ocho horas —respondió ella, con una frialdad que le costó cada gramo de su fuerza de voluntad.

Edward caminó hacia ella y la tomó del hombro para obligarla a mirarlo. Vania se mantuvo rígida, con los ojos fijos en un punto invisible sobre el hombro de él.

—¿Por qué? —preguntó él, su voz quebrándose—. Estábamos manejando la situación. Sarah me interrogó, pero no tienen pruebas. Podemos ser más cuidadosos, podemos esperar a que la presión baje...

—No hay "podemos", Edward. —Vania finalmente lo miró, pero sus ojos estaban vacíos, como dos cuentas de cristal—. No eres consciente del peligro en el que estás. Marcus no busca pruebas, busca sospechosos. Y mientras yo esté aquí, tú eres el sospechoso número uno. Mi presencia en este búnker es una sentencia de muerte para ti.

—¡Prefiero arriesgarme a morir contigo que vivir sin saber si estás viva en esas estepas! —exclamó Edward, apretando el agarre en su hombro—. ¿Es que no confías en mí? ¿Es que crees que no soy lo suficientemente fuerte para esto?

—Confío en ti, pero no confío en la suerte —replicó ella, zafándose de su mano—. Esto no es un romance de antes de la caída, Edward. Somos soldados. Nuestro propósito es la victoria de la Resistencia, no nuestra felicidad personal. Si te quedas aquí y yo me voy, ambos seguimos siendo útiles para la causa. Si nos quedamos y nos atrapan, somos dos bajas innecesarias.

—¡Me hablas como si fuera un activo táctico! —rugió Edward, golpeando la pared de metal—. ¡Soy el hombre que te ama! ¿Acaso eso no significa nada para ti ahora?

Vania sintió un dolor agudo en el pecho, un nudo que amenazaba con asfixiarla. Quería gritarle que lo amaba más que a su propia vida, que cada noche que pasaba lejos de él era un tormento. Pero sabía que cualquier debilidad ahora solo haría que Edward intentara detenerla, y eso sería desastroso.



#812 en Thriller
#5432 en Novela romántica

En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.