De enemigos a amantes.

Arco: El Despertar del Verdugo.

El Mecanismo de la Indiferencia.

Seis meses después de la partida de Vania, el hombre conocido como Edward ya no existía más que en los registros de personal. El individuo que ocupaba su lugar era una máquina biológica de eficiencia táctica que los soldados de la base empezaban a llamar, con una mezcla de respeto y pavor, "El Relojero". Su apodo no venía de una afición a la mecánica, sino de la precisión gélida y metódica con la que desarticulaba las líneas enemigas de Aegis.

Edward se encontraba en el centro de tiro del Sector 9. Eran las tres de la mañana. No necesitaba dormir más de cuatro horas; el resto del tiempo lo dedicaba a perfeccionar el arte de la destrucción. Cada disparo impactaba en el sensor central del holograma de entrenamiento. Sin errores. Sin vacilaciones.

—Tu ritmo cardíaco no ha subido de sesenta pulsaciones en toda la sesión —dijo una voz desde la penumbra. Era Sarah, la jefa de inteligencia, observando con sus ojos de lince—. Incluso para un operativo de élite, eso es... antinatural.

Edward bajó el rifle y se giró. Su rostro, antes expresivo y cálido, parecía ahora tallado en piedra volcánica. No había rastro de la vulnerabilidad que solía mostrar cuando hablaba de Vania.

—La emoción es una fuga de energía, Sarah —respondió Edward con una voz monótona—. He parcheado la fuga.

—Lo que has hecho es convertirte en un problema —replicó ella, acercándose—. El informe de la misión en el Puente de Cobalto dice que dejaste morir a tres informantes civiles porque "interferían con el ángulo de tiro óptimo". Los altos mandos están celebrando la victoria, pero los oficiales de ética están empezando a hacer preguntas.

Edward guardó el cargador en su cinturón con un clic metálico que resonó en la sala vacía. —Los informantes eran activos prescindibles. El nodo de comunicaciones de Aegis era un objetivo prioritario. El balance costo-beneficio fue positivo. Si quieres ética, busca a un filósofo. Si quieres resultados, envíame a mí.

Esa era la nueva filosofía de Edward. Desde que Vania se marchó, bajo la premisa de que su amor era una debilidad, él decidió erradicar cualquier rastro de humanidad en su interior. Si ella lo había dejado para que él pudiera ser un "mejor soldado", él le daría exactamente eso: la versión más perfecta y letal de un guerrero que la Resistencia hubiera visto jamás. Pero lo hacía con un rencor silencioso, una venganza dirigida no contra Aegis, sino contra el concepto mismo de la compasión que ella tanto temía.

En la siguiente misión, el asalto a la Refinería de Helio-3, Edward demostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Cuando su escuadrón quedó atrapado bajo fuego de mortero, el líder de la unidad ordenó una retirada táctica para salvar a los heridos. Edward desobedeció. Avanzó solo a través de la cortina de fuego, utilizando el humo y los escombros para flanquear a los artilleros enemigos.

No hubo heroísmo en sus acciones. No gritó un grito de guerra. Simplemente se movió como una sombra, ejecutando a los soldados de Aegis con disparos en la base del cráneo, ignorando los gritos de rendición. Cuando el resto de su equipo llegó a la posición, encontraron a Edward sentado sobre una caja de municiones, limpiando la sangre de su cuchillo mientras los cadáveres enemigos se apilaban a su alrededor.

—Podríamos habernos llevado prisioneros para interrogarlos —le recriminó su compañero, visiblemente afectado.

—Los muertos no dan problemas de logística —respondió Edward sin mirarlo—. La misión está cumplida. Muevan los suministros.

El Protocolo del Vacío.

El general Marcus convocó a Edward a su despacho privado. En la Resistencia, Marcus era conocido por ser un hombre duro, pero incluso él sentía una inquietud creciente ante el informe que tenía sobre su mesa. Edward se mantuvo en posición de firmes, su mirada perdida en un punto fijo de la pared, como si el hombre más poderoso de la base no fuera más que otra variable en una ecuación.

—Edward, te he observado de cerca —comenzó Marcus, entrelazando sus dedos—. Has triplicado tu tasa de bajas confirmadas. Has completado misiones que el comando consideraba imposibles. Pero tus propios hombres tienen miedo de ir contigo. Dicen que no eres un líder, sino un verdugo que los utiliza como carnada.

—Los resultados hablan por sí solos, General —dijo Edward—. Si el miedo de mis hombres los hace más vigilantes, que así sea.

Marcus se levantó y caminó hacia el gran mapa táctico de la región. —Hay una línea fina entre la disciplina y la psicopatía. Vania solicitó su traslado para protegerte de mis sospechas, para evitar que tu "apego" fuera una debilidad. Irónicamente, al hacerlo, creó algo mucho más peligroso: un hombre al que no le importa si vive o muere, y que no tiene lealtad a nada excepto a la eficiencia del asesinato.

Al oír el nombre de Vania, la mandíbula de Edward se tensó apenas un milímetro. Fue el único signo de que todavía había un corazón latiendo bajo su pecho.

—Vania tomó una decisión basada en la lógica —dijo Edward con una amargura que finalmente se filtró en sus palabras—. Yo simplemente he perfeccionado esa lógica. Si el amor es una distracción, entonces el vacío es la claridad absoluta. Ella quería que yo sobreviviera; ahora soy la encarnación de la supervivencia.

—Lo que eres es un peligro para la moral —sentenció Marcus—. He decidido enviarte a una operación especial. No es un castigo, es la única tarea para la que eres apto ahora mismo. Se trata de una "Operación de Limpieza" en los sectores periféricos. Es trabajo sucio, Edward. Erradicar células durmientes de Aegis que se esconden entre la población civil de las Tierras Yermas. No habrá testigos, no habrá gloria.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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