El Protocolo de Obsidiana.
La oficina del General Marcus estaba sumida en una penumbra que solo la luz azulada de las pantallas tácticas lograba disipar. Frente a él, los informes de las "operaciones de limpieza" de Edward formaban una montaña digital de eficiencia sangrienta. Marcus era un estratega veterano; sabía que las guerras no se ganaban con discursos sobre la libertad, sino con la voluntad de hacer lo que el enemigo no se atrevía a imaginar.
—La Comisión de Ética ha pedido tu consejo de guerra, Edward —dijo Marcus sin levantar la vista de los datos—. Dicen que tus métodos en el Sector Periférico violan la Convención de Ginebra, o lo que queda de ella.
Edward, de pie en el centro de la sala, no parpadeó. Su uniforme estaba impecable, pero sus ojos tenían esa cualidad de vidrio templado que hacía que incluso los guardias de élite evitaran su mirada.
—La Convención de Ginebra se escribió para hombres que peleaban por fronteras, no por la supervivencia de la especie —respondió Edward—. Si quieren juzgarme, que lo hagan después de que hayamos ganado.
Marcus se levantó y caminó hacia él. La diferencia de altura era mínima, pero la tensión en el aire era asfixiante. —No voy a permitir que te juzguen. Eres demasiado valioso para ser un mártir de la burocracia. Pero no puedo mantenerte en el ejército regular. Tu presencia es un cáncer para la moral de los reclutas idealistas. Necesitas un lugar donde tu... falta de restricciones... sea la norma, no la excepción.
Marcus activó un terminal holográfico. Apareció un logotipo que Edward no reconoció: un cráneo estilizado dentro de un engranaje negro.
—Te presento la División de Operaciones Negras: Unidad Obsidiana —explicó el General—. No figurarás en los registros oficiales. Tus suministros vendrán de fondos reservados. Tu única misión es desmantelar el corazón de Aegis utilizando cualquier medio necesario. Sabotaje, asesinatos selectivos, guerra psicológica, experimentos con tecnología capturada. No hay límites, Edward. Solo resultados.
—¿Quiénes serán mis hombres? —preguntó Edward, mostrando por primera vez un destello de interés.
—Tú los elegirás. Los descartados, los cínicos, aquellos que lo han perdido todo y solo buscan un lugar donde su odio sea útil. Serás su Dios y su verdugo.
Edward aceptó el mando sin una palabra de agradecimiento. Para él, esto no era un ascenso, sino la formalización de su estado mental. El hombre que una vez buscó el calor de Vania ahora se sentaba en el trono de un frío absoluto. Esa misma noche, comenzó a redactar los protocolos de Obsidiana. El primer mandato fue simple: "El individuo no existe; solo la misión permanece".
La Forja de los Espectros.
El centro de entrenamiento de la Unidad Obsidiana se estableció en un antiguo búnker nuclear bajo las montañas del este. Allí, Edward seleccionó a cuarenta hombres y mujeres de entre los más endurecidos de la Resistencia. No buscaba a los mejores tiradores, sino a aquellos que, como él, tuvieran un vacío en el lugar donde solía estar la conciencia.
—Mírense —dijo Edward, caminando frente a la formación de reclutas—. Para la Resistencia, ustedes son un error. Para sus familias, son un recuerdo doloroso. Para mí, son herramientas.
El entrenamiento que Edward impuso fue una tortura psicológica diseñada para quebrar cualquier rastro de identidad previa. Obligó a los soldados a operar en privación de sueño sensorial, a tomar decisiones de vida o muerte sobre hologramas de sus propios seres queridos, y a ejecutar a traidores reales de la Resistencia para probar su lealtad absoluta al mando de Obsidiana.
—Capitán, uno de los reclutas se ha negado a disparar contra el simulacro de una escuela —informó su segundo al mando, un hombre llamado Kael que había perdido a toda su familia en un bombardeo químico de Aegis.
Edward entró en la sala de simulación. El recluta estaba temblando, con el arma bajada. —Es solo una proyección, señor —balbuceó el soldado—. Pero el principio de proteger a los civiles...
Edward le arrebató el rifle y, sin mediar palabra, le disparó en la pierna. El grito del hombre resonó en las paredes de hormigón. —En Obsidiana, el único principio es la eliminación de la amenaza. Si Aegis usa una escuela como escudo, la escuela es un objetivo. Si tú no puedes entender eso, eres una amenaza para la unidad.
Edward no expulsó al recluta; lo mantuvo herido y lo obligó a observar cómo el resto de la unidad completaba la simulación, destruyendo el objetivo simulado. Fue una lección de brutalidad colectiva. La empatía fue erradicada a golpes de lógica fría.
Mientras tanto, los rumores sobre la existencia de la Unidad Obsidiana empezaron a filtrarse. En los pasillos de la base central, los soldados hablaban en susurros sobre "El Relojero y sus Fantasmas". Se decía que Edward ya no era humano, que Marcus le había permitido integrar tecnología de Aegis en su propio sistema nervioso para procesar datos de combate más rápido que cualquier computadora.
Vania, desde su exilio estratégico en la frontera norte, recibió un informe cifrado de una fuente anónima. Contenía una sola imagen: Edward saliendo del búnker de Obsidiana, rodeado de soldados con uniformes negros sin insignias. Su rostro estaba demacrado, sus ojos hundidos y brillantes con una intensidad febril. Vania cerró el archivo, con las manos temblando. Había intentado salvar el alma de Edward apartándose de él, pero en su lugar, le había entregado el martillo con el que él mismo estaba destruyendo su humanidad.