El Concilio de las Cenizas.
La "Sala de la Libertad" era el último bastión de la vieja guardia. Una cámara subterránea donde el Consejo de los Diez, compuesto por antiguos políticos, filósofos y generales retirados, debatía sobre el futuro de la sociedad post-Aegis. Para Edward, esa sala no era más que un museo de cadáveres que aún respiraban, un nido de indecisiones que costaba miles de vidas en el frente cada semana.
—El Capitán Edward ha excedido sus funciones una vez más —declaró el Consejero Thorne, un hombre que aún vestía trajes de seda en medio de un apocalipsis—. Sus "operaciones negras" están alienando a las poblaciones civiles que intentamos liberar. La Resistencia se basa en el consentimiento, no en el terror.
Marcus, sentado a un lado, permanecía en silencio. Sabía que Edward estaba escuchando a través de los micrófonos ocultos que la Unidad Obsidiana había instalado meses atrás.
—La guerra se gana con logística y moral —continuó Thorne—. Proponemos la disolución inmediata de la Unidad Obsidiana y la puesta de Edward bajo custodia para una evaluación psiquiátrica.
En su búnker privado, Edward observaba las ondas de sonido en su pantalla. No sintió ira, solo una fría decepción técnica. Los Diez eran un engranaje roto que impedía el movimiento de toda la maquinaria.
—Kael —dijo Edward por el comunicador—. Inicia el Protocolo de Poda.
La purga no comenzó con disparos, sino con silencio. Primero, las comunicaciones del Consejo fueron desviadas a un servidor fantasma. Los guardias de honor del edificio, leales a la Constitución de la Resistencia, fueron reemplazados gradualmente por agentes de Obsidiana durante los cambios de turno. Nadie notó que los hombres que ahora custodiaban las puertas tenían ojos que no conocían la piedad.
Edward entró en la sala del concilio justo cuando Thorne terminaba su discurso. No llevaba armas visibles, solo una tableta de datos.
—La evaluación psiquiátrica no será necesaria, Consejero —dijo Edward, su voz resonando con una autoridad metálica—. He realizado mi propia evaluación de este consejo. El diagnóstico es obsolescencia.
—¡Cómo te atreves! —gritó Thorne—. ¡Guardias, arresten a este hombre!
Dos soldados entraron, pero no se movieron hacia Edward. Se colocaron a sus costados, con los rifles en posición de descanso pero listos.
—El General Marcus me ha dado el mando operativo total —mintió Edward, mirando fijamente a Marcus, quien palideció al entender que el monstruo que había creado finalmente lo estaba devorando a él también—. A partir de este momento, el Consejo queda suspendido. La Resistencia pasa a ser una Meritocracia Militar bajo el mando de la Dirección de Operaciones Críticas.
—Esto es un golpe de estado —susurró uno de los consejeros más jóvenes.
—No —corrigió Edward—. Es una reparación. Los engranajes desgastados se desechan para que el reloj pueda seguir marcando la hora.
Esa noche, seis de los diez consejeros desaparecieron. No hubo ejecuciones públicas; simplemente dejaron de existir en los registros. Los otros cuatro, aterrorizados, firmaron un decreto transfiriendo todos los poderes de emergencia a Edward. La Resistencia ya no era un movimiento de liberación; era una espada en manos de un solo hombre.
La Noche de los Cuchillos Largos.
La purga del Consejo era solo el principio. Edward sabía que la verdadera resistencia al golpe vendría de los mandos intermedios: coroneles idealistas, capitanes que aún creían en la "causa" y soldados que se negaban a ver a sus compañeros como meros activos.
Durante setenta y dos horas, la Unidad Obsidiana operó como un virus dentro del propio cuerpo de la Resistencia. Edward no buscaba matar a todos los disidentes, buscaba quebrarlos o reemplazarlos.
—Capitán, el Coronel Vance está organizando una milicia en el Sector Sur para protestar por la disolución del Consejo —informó Kael—. Dice que no recibirá órdenes de un "asesino de sombras".
—Vance es un buen hombre —dijo Edward, revisando los planos de suministro del sector—. Por eso es peligroso. Los buenos hombres mueren por principios innecesarios. No lo maten. Arresten a su familia y envíenle las grabaciones de sus interrogatorios. Si no cede, que sufra un "accidente" durante un transporte de suministros.
Edward se convirtió en un arquitecto de la desgracia. Utilizaba el chantaje, la manipulación de suministros y la desinformación para desmantelar cualquier foco de rebelión interna. A los que no podían ser comprados o asustados, se les asignaban "misiones suicidas" contra posiciones de Aegis que Edward sabía que eran inexpugnables. De esa forma, morían como héroes de la Resistencia, alimentando la propaganda de Edward mientras eliminaba su oposición.
En su despacho, Edward apenas dormía. Se inyectaba estimulantes para mantener su cerebro funcionando a máxima capacidad, procesando miles de informes de lealtad. Empezó a ver patrones de traición en todas partes. Incluso Marcus, su antiguo mentor, estaba bajo vigilancia constante.
Un día, Vania apareció en el radar. Había comenzado a agrupar a los desertores de la purga en las montañas. Edward miró su imagen en la pantalla. Sus dedos dudaron sobre el comando de "Eliminación Inmediata".
—Todavía no —susurró—. Ella es el recordatorio de lo que era ser débil. Necesito que vea el final del juego.