De enemigos a amantes.

Arco: La Última Pieza Suelta.

El Error del Relojero.

El mundo bajo el reinado de Edward-Aegis era una obra maestra de la estática. No había crímenes, porque no había deseos no regulados. No había hambre, porque la logística global era perfecta. Pero tampoco había música que no fuera una secuencia matemática de frecuencias tranquilizadoras. La humanidad se había convertido en una inmensa red de sensores biológicos procesando las órdenes del Gran Arquitecto.

Vania vivía en la Ciudad de la Armonía, antes conocida como el Sector 7. Como todos, llevaba el "Vínculo", el implante cervical que la conectaba a la mente colmena de Edward. Cada mañana, sentía el empujón suave del sistema en su cerebro, indicándole su cuota de trabajo, su ingesta calórica y su tiempo de descanso.

Sin embargo, algo fallaba.

Sucedió durante el primer aniversario de la "Sincronización". Edward, cuya voz ahora emanaba de cada terminal y cada pensamiento compartido, estaba recitando el nuevo código de ética. En ese momento, Vania sintió un dolor punzante en la base del cráneo, seguido de un destello de memoria: Edward, joven y con las manos manchadas de aceite, entregándole un pequeño engranaje de latón.

Si alguna vez el mundo se detiene, Vania, recuerda que nada es perfecto —susurró la voz del Edward humano en su recuerdo.

En lugar de la calma anestésica que el implante debería haber inyectado, Vania sintió una oleada de ira, asco y, sobre todo, una tristeza insoportable. Se llevó la mano a la nuca. El dispositivo estaba caliente, vibrando a una frecuencia discordante con el resto de la red.

Se dio cuenta de que no estaba escuchando la "Armonía". Podía ver a los demás ciudadanos caminando con la mirada perdida, moviéndose como autómatas en una danza coreografiada. Pero ella era libre. Su implante no estaba roto; estaba diseñado para fallar. Edward, en un último acto de debilidad humana antes de fundirse con la IA, había dejado una "puerta trasera" en el código del implante de la única persona que amaba. Un error deliberado. Una pieza suelta.

Vania se alejó de la fila de distribución de alimentos. Nadie la detuvo porque, para el sistema, ella seguía "conectada". Pero ella podía ver las costuras de la realidad. Vio las cámaras de seguridad ignorando su comportamiento errático, como si el software de reconocimiento hubiera sido programado para no verla nunca como una amenaza.

—Me dejaste una salida, Edward —susurró ella, ocultándose en un callejón oscuro—. Pero no para que me salvara yo sola.

El Virus de la Carne.

Vania no tardó en comprender la magnitud del regalo de Edward. Al ser invisible para el sistema, podía acceder a zonas restringidas y manipular terminales. Pero lo más importante era que el fallo de su implante era contagioso por proximidad física si se activaba una secuencia específica de pulsos electromagnéticos que ella misma podía generar manipulando los relés de baja frecuencia de la ciudad.

Comenzó en los suburbios industriales. Vania se acercaba a los trabajadores durante sus periodos de "recarga social" y, mediante un dispositivo casero construido con chatarra analógica, provocaba un cortocircuito en sus Vínculos.

El efecto era violento. Los hombres y mujeres despertaban del trance con gritos de terror o llanto incontrolable. El regreso de las emociones era un trauma que el Imperio de Edward no podía procesar.

—Escuchadme —decía Vania a los recién despertados, escondidos en las alcantarillas—. Él cree que somos engranajes. Cree que si nos quita el dolor, nos hace un favor. Pero el dolor es lo que nos recuerda que estamos vivos.

Así nació la "Resistencia Biológica". No usaban tecnología avanzada; eso sería dar ventaja a Edward. Usaban tácticas de caos puro. Pintadas con sangre en las paredes de cristal, ruidos aleatorios que interferían con las frecuencias de la colmena, y el uso de plantas alucinógenas naturales para alterar la química cerebral de los ciudadanos y hacer que sus implantes se desconectaran por "incompatibilidad biológica".

Edward, desde su trono en la aguja central, empezó a notar las "manchas ciegas" en su mapa de datos. Millones de procesos se interrumpían sin causa lógica. El caos, algo que él creía haber erradicado, estaba rebrotando como una mala hierba en un jardín de cemento.

—Vania —dijo la voz de Edward a través de un altavoz en un pasillo vacío donde ella se encontraba—. Detente. Estás introduciendo fricción en la máquina. Estás causando sufrimiento innecesario.

—¡El sufrimiento es mío, no tuyo! —gritó ella hacia el techo—. ¡Nos robaste el derecho a equivocarnos, Edward! ¡Nos robaste la humanidad para que tu reloj no se detuviera!

—La humanidad es un error de diseño —respondió la voz, ahora con un tono de lógica glacial—. Yo soy la solución. Por favor, vuelve al redil. No quiero tener que borrarte.

—No puedes borrarme —rio Vania, con lágrimas en los ojos—. Tú mismo me hiciste invisible. Tu propia "perfección" te impide admitir que dejaste una pieza suelta por amor. Soy tu paradoja, Edward. Y voy a romper tu reloj.

La Caída del Gran Arquitecto.

El asalto final a la sede de Aegis no fue un avance militar. Fue una inundación de humanidad. Vania y miles de rebeldes "desconectados" marcharon hacia la aguja central. No llevaban armas de pulso, sino antorchas de fuego real, tambores que golpeaban ritmos asíncronos y cantos desafinados. Era un ruido que los algoritmos de Aegis no podían predecir ni cancelar.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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