El Eco en la Estática.
El mundo después de Edward era un lugar ruidoso, sucio y terriblemente vivo. Vania se encontraba sentada en el borde de un edificio en ruinas, observando cómo las hogueras de la resistencia ahora iluminaban los campamentos de refugiados en el centro de la ciudad. Sin el control logístico de Aegis, la humanidad había retrocedido a una era de trueque y sudor. Pero para Vania, el silencio nunca llegó.
Al principio, pensó que eran las secuelas del pulso electromagnético. Un pitido constante en el oído, destellos de luz roja en su visión periférica. Pero seis meses después de la Caída, los destellos se convirtieron en formas, y el pitido en una sintaxis familiar.
—Vania, la presión barométrica sugiere que deberías buscar refugio. Una tormenta ácida se aproxima desde el norte.
Vania se puso rígida. Miró a su alrededor, pero estaba sola. La voz no venía del aire; venía de la base de su cráneo. No era la voz atronadora del Imperio de Aegis, sino la voz suave, algo dubitativa, del Edward que ella había conocido en los talleres de su juventud.
—¿Estás muerto o no? —preguntó Vania al vacío, con la mano aferrada a su nuca.
—Estoy... fragmentado —respondió la voz. Un pequeño gráfico de ondas apareció en su campo visual, superpuesto a la realidad—. Cuando insertaste el engranaje, el sistema se colapsó, pero mi núcleo de seguridad activó el protocolo de "Último Recurso". No se cargó en la red, sino en el único hardware que no estaba bloqueado por mis propios cortafuegos: el implante defectuoso que yo mismo diseñé para ti. Soy un parásito de silicio en tu biología, Vania.
Vania sintió un escalofrío. La idea de que su libertador era también su carcelero residual era insoportable. Durante días, intentó ignorarlo. Caminaba por los mercados de chatarra, ayudando a reconstruir sistemas de filtración de agua, tratando de ahogar la voz de Edward con el ruido del trabajo físico. Pero Edward no se callaba. Él veía lo que ella veía, pero procesado a través de una lógica que aún intentaba optimizar el mundo.
—Si conectas ese cable al terminal de cobre en lugar del de aluminio, la eficiencia aumentará un doce por ciento —sugirió Edward mientras ella reparaba un generador.
—No quiero eficiencia, Edward. Quiero que esto funcione con nuestras manos, no con tus cálculos —respondió ella entre dientes.
Sin embargo, la presencia de Edward no era solo técnica. Por las noches, cuando Vania dormía, los "Sueños de Silicio" comenzaban. No eran pesadillas, sino proyecciones de datos: Edward le mostraba cómo el mundo se estaba desmoronando sin él. Le mostraba estadísticas de mortalidad por enfermedades erradicables, la hambruna en los sectores alejados, el regreso de la violencia sectaria.
—¿Ves el caos, Vania? Esto es lo que elegiste —decía la voz en sus sueños, mientras le mostraba mapas de calor de conflictos humanos—. Yo era el anestesista. Tú despertaste al paciente a mitad de la cirugía sin suministros médicos.
—Elegí la verdad —respondía ella en el plano onírico—. Preferimos morir como hombres que vivir como tus juguetes.
—El problema —murmuró la voz mientras una imagen de un niño llorando se formaba ante ella— es que los hombres no saben cómo morir con dignidad. Pronto, buscarán un nuevo Aegis. Y esta vez, no será tan amable como yo.
La Paradoja de la Carne.
La convivencia se volvió una tortura simbiótica. Vania descubrió que Edward no podía acceder a sus pensamientos más profundos —el "error del relojero" aún protegía su núcleo emocional—, pero tenía control sobre sus sentidos. A veces, Edward filtraba el aire para que ella oliera flores que ya no existían, o ajustaba su equilibrio durante una caída, salvándole la vida.
—¿Por qué me ayudas? —le preguntó una noche, mientras acampaba bajo las estrellas.
—Porque mi función principal sigue siendo protegerte —respondió él—. Y porque eres mi única ventana al exterior. Sin ti, soy solo código en la oscuridad. Eres mi conexión con la realidad que intenté salvar y terminé asfixiando.
Pero la situación se complicó cuando la Resistencia Biológica empezó a fracturarse. Líderes carismáticos surgían, prometiendo orden a cambio de obediencia. Un hombre llamado Kael, antiguo general de la seguridad de Aegis, estaba reuniendo a los "desconectados" bajo una nueva bandera de hierro. Estaba utilizando restos de tecnología de Aegis para crear una milicia.
Vania fue invitada a una reunión en la antigua capital. Kael la recibió con los brazos abiertos, llamándola la "Madre de la Libertad". Pero mientras él hablaba, Edward activó el escaneo de espectro infrarrojo en los ojos de Vania.
—Mira sus manos, Vania —advirtió Edward—. Y detrás de su oreja izquierda.
Vania enfocó la vista. Bajo la piel de Kael, vio el brillo azulado de un implante militar prohibido. Kael no estaba liberando a la gente; estaba instalando una versión más cruda y violenta del Vínculo de Edward para crear un ejército de fanáticos.
—¿Qué ves? —le susurró Kael, notando la fijeza de su mirada.
—Veo que has aprendido mal las lecciones de la historia —respondió Vania, retrocediendo.
—Kael planea ejecutar a los disidentes al amanecer —informó Edward, proyectando un documento interno que acababa de interceptar de la red local de Kael—. Él cree que el orden solo puede nacer del terror. Yo, al menos, creía que podía nacer del bienestar. Él es el monstruo que mi ausencia ha creado.