El crecimiento de Liam no fue solo un proceso físico, sino una transformación del espíritu que puso a prueba la serenidad que Vania y Edward habían construido. A sus dieciséis años, Liam ya no se conformaba con los límites del valle. Su curiosidad, la misma que de niño lo llevaba a catalogar flores con su madre, ahora se dirigía hacia el horizonte, más allá de las montañas de pino que protegían su hogar.
Edward observaba a su hijo con una mezcla de orgullo y una punzada de temor que rara vez admitía. Veía en Liam la misma determinación de acero que él mismo había poseído en sus años de juventud, pero en el joven estaba filtrada por la bondad de Vania. Sin embargo, el mundo exterior era un lugar complejo, y Edward sabía que el refugio que habían creado no podría protegerlo para siempre.
Una tarde de otoño, mientras trabajaban juntos en la reparación del tejado del granero, Liam se detuvo y miró hacia el sur. —Padre, ¿alguna vez extrañas el ruido? —preguntó Liam, con la mirada perdida. Edward dejó el martillo. El silencio que siguió fue denso, cargado de recuerdos que Edward había decidido sepultar. —El ruido no te deja escuchar lo que importa, Liam —respondió finalmente—. Pero entiendo que quieras saber cómo suena.
Vania, por su parte, experimentaba esta transición de manera diferente. Ella utilizaba su estudio como un puente. En sus crónicas, comenzó a escribir menos sobre la botánica y más sobre la naturaleza del desapego. Entendía que amar a Liam significaba prepararlo para la partida. Durante ese año, la casa se llenó de mapas y libros de ingeniería y diseño que Liam traía de la biblioteca del pueblo más cercano. El joven quería construir, pero no casas de piedra como su padre; soñaba con puentes y estructuras que conectaran comunidades.
Las tensiones eran inevitables. Hubo noches de discusiones silenciosas entre Vania y Edward frente a la chimenea. Edward quería que Liam se quedara un poco más, que aprendiera todos los secretos de la tierra antes de enfrentarse al asfalto. Vania, con su sabiduría habitual, le recordaba que ellos también habían huido para encontrar su verdad. "No podemos ser su muro, Edward, tenemos que ser su puerto", decía ella, acariciando la mano curtida de su esposo.
Ese capítulo de sus vidas fue el "Verano de las Dudas". Liam comenzó a realizar viajes en solitario, ausentándose por días para explorar las ciudades vecinas. Al regresar, siempre traía algo: un disco de música nueva, una idea sobre energía solar, o simplemente un silencio diferente en sus ojos. La felicidad ya no era ese estado estático de paz, sino una marea que se alejaba y volvía, obligándolos a todos a renegociar su lugar en la familia.