Edward se fue primero, en una noche tranquila de invierno, mientras dormía junto a Vania. No hubo drama, solo una transición suave, como el viento que deja de soplar para dar paso a la calma de la nieve. Vania se quedó un tiempo más, rodeada por el amor de Liam, Maya y los niños, pero todos sabían que una parte de ella ya se había marchado con él.
Vania pasó sus últimos meses en su estudio, no escribiendo, sino mirando el bosque. Sentía que su vida había sido una sinfonía que finalmente llegaba a su nota final, una nota sostenida y hermosa. Cuando finalmente cerró los ojos, lo hizo con una sonrisa, sabiendo que el valle que ellos habían sanado seguiría floreciendo.
Liam y Maya heredaron la casa, pero la transformaron. Siguiendo el espíritu de sus padres, la convirtieron en un retiro para artistas y buscadores de paz, un lugar donde otros pudieran ir a desconectarse del "ruido" y reconectar con la tierra. Los juguetes que Edward talló pasaron a manos de otros niños, y los libros de Vania se convirtieron en guías espirituales para miles de personas que nunca conocieron el valle pero que sentían su llamado a través de sus palabras.
La historia de Vania, Edward y Liam no terminó con sus muertes. Se convirtió en una leyenda local, la historia de los "Guardianes del Valle". Cada primavera, cuando el aroma a pino y tierra mojada vuelve a inundar las montañas, los habitantes del lugar aseguran que se puede ver a una pareja caminando de la mano entre los frutales, observando con orgullo cómo su legado de amor incondicional sigue dando frutos en el corazón de quienes eligen la plenitud sobre la ambición.
La felicidad, finalmente, no fue un destino, sino el rastro luminoso que dejaron al pasar.