La mañana aún está fría cuando decido esconder mi cabello para ir al mercado.
No es que me guste ir a ese lugar. Precios elevados, demasiados ojos curiosos, pero no quedan tantas opciones cuando hay muchas bocas que alimentar y un invierno al que sobrevivir.
Mis hermanos duermen alineados en el suelo de tierra, cubierto por mantas y tablas de madera para contrarrestar el frío. Soy la mayor de seis, por lo que tengo la responsabilidad de protegerlos. Ellos son demasiado jóvenes y yo hace dos años que pasé la adultez. La que me sigue en edad no pasa de los dieciséis y el menor ni siquiera ha aprendido a caminar, es demasiado débil, demasiado enfermo y hoy no ha parado de toser.
Lo encuentro en brazos de mi madre. Cyan se ve mucho más débil y delgado que el resto de los bebés del pueblo. Aún no sabemos qué tiene, pero tanto sus labios como uñas se han vuelto de un color morado, le cuesta respirar, en ocasiones tose tanto que nos asusta que se ahogue y muera.
—Navira —me llama mi madre en cuanto me acerco—. ¿Ya te vas?
Asiento levemente con la cabeza.
—Traeré la medicina para Cyan y algo de arroz si puedo. Tú tranquila —respondo.
Mi madre me sonríe, aunque es una sonrisa débil que no le llega del todo a los ojos. No la puedo juzgar, es entendible cuando tus hijos viven en pobreza extrema. Dependemos del trabajo de papá en el maderero y algún que otro trabajo esporádico de costura que llega a nuestra puerta. La verdad, no hay muchas opciones en un lugar golpeado por el invierno y abandonado por la corona, tan cerca de las Tierras Heladas como para ser importante. La mayoría de personas se niegan a contratarme en cuanto me ven, demasiado pálida, demasiado delgada, demasiado inútil.
Aún así, mamá se muestra agradecida. No puedo hacer más que ayudarle dentro de casa a cuidar a los pequeños y salir a hacer las compras.
—Eres un sol, hija. ¿Qué haríamos sin ti? Siempre te esfuerzas por cuidarnos a todos.
Si no hubieran tenido tantos hijos, no estaríamos todos al borde de la muerte, pienso, pero no se lo digo. En cambio, contesto:
—Tranquila, mamá, es mi deber. Haría lo que fuera por ustedes.
Me arrodillo junto a ella, mis labios a la altura de mi hermano pequeño para que me escuche.
—Descuida, Cyan, conseguiré dinero para tus medicinas. Te pondrás mejor y luego iremos todos juntos al mar.
Mamá niega con la cabeza.
—No hay mar en Fenrial —dice, como si yo acabara de decir una locura.
Me encojo de hombros.
—No importa, iremos hasta Galal si es necesario —respondo, lo cual suena aún peor, ya que ambos reinos llevan décadas en guerra.
No me importa.
Mi único sueño es ver el mar, si algún día llego a conocerlo, entonces moriré feliz.
—¿Dónde está papá? —pregunto mientras me incorporo nuevamente.
Los zapatos de trabajo de mi padre no están, tampoco su abrigo y sombrero, lo cual es extraño ya que todavía no inicia su jornada. La pregunta parece desconcertar a mamá, quien aparta la mirada.
—Ah… trabajando, hija —responde.
Frunzo el ceño.
—¿A esta hora?
Mamá se limita a asentir y no dice nada más. Pero en el fondo sé que no puede significar nada bueno Si papá se ha ido antes, entonces debió aceptar más trabajo en el maderero. No es que sea muy viejo, pero ha trabajado toda su vida y ya los años empiezan a pasar factura. En ocasiones me preocupa lo mucho que se esfuerza por nosotros.
Me calzo mis botas viejas y desgastadas para luego caminar hacia la puerta. Pero antes de que la pueda abrir, la voz de mi madre hace que me gire hacia ella.
—Navira —me vuelve a llamar y noto algo extraño en su voz, casi como si estuviera preocupada—. ¿En serio… harías cualquier cosa por nosotros?
Ladeo la cabeza, creo entender a qué se refiere.
Yo haría cualquier cosa por mi familia, trabajaría doble, incluso bajo lluvia o cruzaría un cerro para buscar medicina si hace falta. Pero hay algunas cosas que no haría, como vender mi dignidad o mi libertad, por ejemplo. Hay un límite incluso para el amor incondicional.
—Lo que esté a mi alcance —termino por responder.
Mamá vuelve a sonreír de la misma forma débil de antes, veo cierta nostalgia pasar por sus ojos.
—Bien —responde ella, y la comisura de los labios le tiembla—. Pase lo que pase, no olvides que te queremos, ¿sí?
Asiento y un nudo se me forma en la garganta. Casi nunca me dice ese tipo de cosas, pero hoy parece haber ocurrido algo. ¿Estará todo bien? Aunque cuando le pregunto, mamá no dice nada más y sigue cuidando a Cyan.
Cuando salgo de casa, el frío me golpea con violencia y la sensación de extrañeza no se va. Me obligo a abrasarme a la capucha verde y al chal negro que cubre mi cabeza. Al menos sirve de tapadera, nadie me verá de forma sospechosa si ando cubierta hasta la nariz con tela. Después de todo, la mayoría también intenta cubrirse del frío.
El mercado de Kade, el pequeño pueblo en el que me tocó nacer, está tan vacío como siempre, aunque siempre tiene el mismo olor: humedad vieja, pan quemado y tierra. Me gusta pensar que ese olor pertenece sólo a mi pueblo, como si fuera único, aunque no haya visitado ningún otro. Es algo ridículo, pero me hace sentir menos desgraciada. A veces sueño con otras ciudades (en la capital, Cambrial, en pueblos dentro de Fenrial como Brevan y Fares, incluso en las zonas costeras del reino de Galal o las inmensidades del Bosque Eterno), en lugares que sólo he escuchado en cuentos. Pero nunca he salido más allá de los terrenos que rodean Kade.
“El mundo es demasiado grande para nosotras”, dice a veces mi madre, sólo para bajarme de las nubes. “Sobre todo para una familia con seis hijos.”
Una familia pobre y con seis hijos.
El cielo está nublado, casi como todos los días, pero el murmullo de la plaza hoy es diferente. La gente no habla de las lluvias, ni del precio del trigo, ni de los pescadores que han vuelto de la Laguna Espejo con las redes vacías. El aire se siente inquieto, como una cuerda tensada a punto de romperse.