De Gitana A Princesa

22 Todo En Contra.

El salón estaba cargada de tensión, como si las paredes mismas pudieran derrumbarse bajo el peso de las palabras que se cruzaban entre padre e hijo. El escritorio del rey tembló ligeramente cuando Damián golpeó su superficie con fuerza, haciendo tambalear algunos objetos sobre él.

—Tan difícil es entender que no se me da la gana casarme con una princesa, la cual no conozco —espetó Damián, su voz cargada de frustración y desdén.

Darius estaba furioso. Cada palabra de su hijo parecía un puñal dirigido directamente a sus planes. Todo estaba en marcha: las invitaciones enviadas, los preparativos avanzados, la princesa Alya ya en camino. Y ahora, su heredero tenía la osadía de negarse.

—¡Es tu deber y eso deberías entenderlo! —replicó el rey, su voz resonando con autoridad y desesperación—. ¡No puedes simplemente rechazar este matrimonio!

Damián bufó, claramente molesto por la insistencia de su padre. Cruzó los brazos sobre su pecho, adoptando una postura desafiante.

—Padre, podemos hacer alianzas con Altamyr de otra manera: libre comercio, exportación sin impuestos, apoyo militar… hay tantas cosas —intentaba razonar, aunque sabía que su padre no estaba dispuesto a escuchar alternativas.

El rey lo miró con severidad, tratando de mantener la calma.

—Damián, sé que estás nervioso ante el rechazo de la princesa. También sé que aún sientes que no estás listo para ser rey, pero, hijo, ante todo está tu pueblo y tu deber...

—¡Con un demonio, Daríus! Intenté ser razonable, pensé que me entenderías, pero ya veo que no —Damián estaba ofuscado, aún así su determinación era inquebrantable. Sabía que su padre no aceptaría fácilmente su decisión, pero no daría un paso atrás. Ya estaba decidido: quería a su gitanilla. Aunque al principio solo la veía como su salvación, la realidad era que lo que sentía por ella crecía más fuerte cada día—, yo encontré a alguien que me acepta a pesar de lo que soy, que no me juzga. Y si a ti lo que te importa es que no sea princesa, pues renuncio a mi título. Daríus, Odette será una buena reina en su momento.

Se levantó con decisión, dispuesto a retirarse. Ya nada tenía que hacer allí. Su majestad no entendía razones.

—¿Qué has dicho, muchacho? ¡¿Cómo renunciar a lo que eres por nacimiento, Damián?! —el rey alzó la voz, molesto. Se puso de pie, incapaz de concebir la idea de que su hijo renunciara a ser rey por una mujer, y por lo que había dicho, una simple plebeya.

—Lo que has escuchado, padre. Y mira, ya tomé la decisión. Intenté explicarte y no entiendes. Bueno, ya tú decidiste. Yo también seguiré protegiendo a mi pueblo, pero no con una corona, sino como un soldado más. Al fin de cuentas, así lo he hecho hasta ahora —Damián no quería llegar a esto. Tenía grandes ideas para cuando fuera rey: construir escuelas incluso en las provincias más remotas, mejorar las condiciones de vida, retomar los ideales de su difunta madre. Pero con Melodía a su lado, sentía que podía cumplir con su deber sin necesidad de la corona.

—Hijo, podemos llegar a un acuerdo con Altamyr, pero no puedes dejar la corona y menos por una mujer. ¡Es solo una plebeya! No vale la pena —el rey intentaba calmar los ánimos, buscando una salida diplomática.

—La quiero —confesó Damián, su voz firme y sincera—. ¿Y qué más da si no es princesa o noble? La quiero, y es lo que importa —quería que su padre lo entendiera, aunque sabía que era un caso perdido.

El rey Darius estaba a punto de seguir objetando la decisión de su hijo, pero alguien tocó a las puertas. Al parecer, la futura soberana proveniente de la nación de Altamyr ya había llegado al palacio Alkaryo.

Ambos hombres intercambiaron miradas cargadas de tensión antes de dirigirse hacia la entrada del palacio. En medio del rey y el príncipe caminaba la pequeña Odette, portando un ramo de girasoles blancos, flor típica y simbólica de la nación de las dos lunas, junto con algunas rosas. Los soberanos Alkaryos bajaron las escalinatas del palacio para recibir a la princesa Alya.

El cochero detuvo el carruaje frente a la imponente estructura. Los guardias se posicionaron a los lados mientras un paje abrió la puerta. El primero en salir fue un hombre alto de tez clara, vestido con un uniforme militar de gala color vinotinto. Luego descendieron dos damas: una con uniforme militar también color vino y otra con un elegante vestido azul cielo, su cabello castaño suelto flotando con la brisa. Por último, apareció la princesa Alya.

Era una muchacha de suma belleza, con cabellera larga y lacia de un negro profundo, y una mirada celeste que parecía brillar con luz propia. Llevaba un hanfu verde claro, elegante y delicado, adornado con una pequeña tiara de plata incrustada con zafiros en forma de flores de lirio, símbolo de su realeza.

La princesa y su comitiva caminaron hacia sus anfitriones. Hizo una reverencia grácil y ofreció un cofre al rey Darius como muestra de agradecimiento por aceptar dicha alianza.

—Bienvenida, alteza. Espero que su estadía en el reino de Alkarya sea grata —dijo el rey, su tono formal pero amable.

—Estoy segura de que así será, su majestad —la princesa hizo otra reverencia agraciada y ofreció el cofre que traía en sus manos.

—Mi madre, la emperatriz Nubia, como muestra de gratitud con el pueblo de Alkarya, le hace entrega de las estrellas de Altamyr —la princesa destapó el cofre, revelando tres dagas plateadas que brillaban intensamente. Sus mangos estaban decorados con incrustaciones de esmeraldas, zafiros y rubíes—. Son réplicas de las dagas de Sarina, la ninfa que liberó Altamyr del yugo de los gigantes.

Odette, siguiendo la costumbre de la familia real, hizo una reverencia y recitó el saludo habitual, propio de las mujeres de la corte. La niña, sonrojada pero radiante, ofreció el ramo de flores a la princesa.

—Sea usted bienvenida, alteza. Espero que la estadía sea de su agrado —la pequeña rubia derrochaba gracia, belleza y elegancia, digna joya de Alkarya.




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