—Madre, ¿qué haré con ese joven? —inquirió Rosella siguiendo a su madre, quien caminaba con paso firme por los pasillos del templo. La muchacha había visto un carruaje adornado con las banderas del reino de Alkarya, un símbolo que siempre despertaba curiosidad en ella.
—Ro, el joven Eriol necesita tu ayuda para controlar su energía demoníaca —respondió la mujer sin detenerse, su voz serena pero cargada de autoridad. Sabía que Rosella y Aurora habían escapado de sus lecciones para fisgonear quién llegaba al templo—, no podemos permitirnos distracciones ahora.
La elegante figura de la sacerdotisa, envuelta en hábitos blancos inmaculados, guió a Rosella hacia una de las celdas del templo. Al entrar, la habitación parecía envuelta en un silencio casi sagrado. En el centro, un joven estaba sentado, concentrado en un libro antiguo que descansaba sobre sus rodillas. Sus manos, pálidas y finas, se movían con delicadeza mientras pasaba las páginas. Rosella lo había vislumbrado antes, pero ahora que estaban bajo el mismo techo, sintió una extraña energía vibrando en el aire, algo que nunca había experimentado antes. Era como si cada latido de su corazón resonara más fuerte en esa habitación.
—Joven Eriol —llamó la mujer mayor, rompiendo el hechizo del momento. Su voz era suave pero clara, como una brisa que acaricia pero también guía.
El muchacho levantó la vista, dejando a un lado el libro. Sus ojos grises, profundos como un cielo tormentoso, se posaron en ellas con una calma que contrastaba con la intensidad de su presencia. —Sí, señora Arella —respondió con voz serena, alzando el rostro con una elegancia natural.
—Traje a quien te ayudará aquí en el templo, muchacho —dijo la sacerdotisa con una sonrisa cálida, dándole una palmadita en el hombro a Rosella para animarla a avanzar. Su mirada brillaba con una mezcla de orgullo y confianza—, ella es Rosella.
Eriol se puso de pie en un movimiento fluido, como si la gracia fuera innata en él. Hizo una reverencia cortés, inclinándose ante Rosella con una precisión que denotaba educación refinada. Luego, tomó su mano con delicadeza, como si temiera romper algo frágil, y depositó un beso suave en sus nudillos. El gesto fue inesperadamente íntimo, y Rosella sintió cómo el calor subía rápidamente a sus mejillas.
—Si lo que dice usted es realmente cierto, le estaré eternamente agradecido, señorita —murmuró el joven, su mirada gris fija en ella, cargada de una admiración que la hizo sentir expuesta, como si pudiera ver más allá de su apariencia.
Rosella, con sus ojos verdes brillando de timidez, sintió cómo el calor se concentraba en sus mejillas. Nunca, en sus trece años de vida, había experimentado algo así. Había crecido dentro de las murallas del templo de Howl, protegida y aislada, con un destino ya trazado: ser la guía del lugar, elegida por sus virtudes como hada. Sin embargo, con la llegada del hijo de los duques de Azair, todo parecía haber cambiado. Su rigurosa preparación había pasado a un segundo plano, reemplazada por esta nueva realidad que apenas podía comprender.
.........
Habían pasado algunos meses desde que Rosella comenzó a purificar a Eriol cada noche, siguiendo las órdenes de su madre. Aunque al principio le pareció un chico extraño, con el tiempo se convirtió en un buen amigo. Era un joven culto, lleno de historias sobre lugares lejanos y maravillosos. Para Rosella, escucharlo hablar era como viajar sin moverse del templo, explorando mundos que nunca había visto pero que ahora podía imaginar gracias a él.
Aquella noche, como todas, Rosella se dirigió a la celda de Eriol. Al entrar, lo encontró acostado en su lecho, con las mejillas pálidas teñidas de un rojo carmín debido a la fiebre que lo consumía. Su cuerpo delgado parecía frágil bajo las mantas, y su respiración era superficial pero audible en el silencio de la habitación. Rosella, alarmada, corrió hacia él.
—¡Eriol, estás ardiendo en fiebre! —exclamó, apoyando una mano temblorosa en su frente. El calor que emanaba de su piel era casi insoportable.
Estaba a punto de salir corriendo en busca de ayuda cuando Eriol la detuvo, aferrándose débilmente a su mano. Sus dedos eran frágiles pero tenían una fuerza sorprendente, como si no quisiera dejarla ir bajo ninguna circunstancia.
—¿A dónde vas? —preguntó el joven albino, su voz apenas un susurro quebrado por la debilidad. Sus orejas puntiagudas de zorro estaban gachas, y su mirada gris estaba vidriosa pero cargada de súplica.
—Debo ir por agua para atender esa fiebre, también debo avisar a mi madre que estás enfermo —respondió Rosella, reprendiéndolo como una madre haría con su hijo pequeño, aunque su tono revelaba preocupación genuina.
—Ro, no te vayas. Quédate aquí a mi lado y toca tu ocarina para mí, por favor —pidió Eriol en un hilo de voz, apenas audible. Su mano aún sujetaba la de ella con delicadeza, aunque sus fuerzas menguaban.
—¡Pero Eriol, estás ardiendo! —gritó Rosella, molesta pero incapaz de soltarse completamente de su agarre.
—Solo necesito estar a tu lado y escucharte tocar. Así mi fiebre acabará, pequeña —insistió Eriol, acariciando su mano con ternura. Rosella retiró su mano discretamente, aunque sus ojos verdes brillaban con un conflicto interno.
—Pero Eriol...
—Por favor, Ro, toca para mí —suplicó el muchacho, su voz cargada de desesperación.
Rosella suspiró, derrotada. Sacó su ocarina del bolsillo de su vestido y comenzó a tocar. Lentamente, su cuerpo empezó a iluminarse con una luz suave y etérea, mientras sus alas emergían en su espalda, delicadas y hermosas. La música flotaba en el aire como un eco celestial, y con cada nota, la energía oscura que emanaba de Eriol parecía disiparse poco a poco. El amuleto que descansaba en su pecho brillaba con la misma intensidad que la luz que irradiaba Rosella. Finalmente, la melodía cesó, y Rosella bajó la ocarina, respirando agitada por el esfuerzo.
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Editado: 30.08.2026