Evander
El día cuya llegada más me temía por fin se hizo realidad: el baile.
Mi padre de verdad se había esmerado; hizo preparar el salón de fiestas más grande del palacio, lleno de aperitivos y con una pista tan enorme como para que unas cien parejas demostraran sus mejores pasos allí.
Estaba más que seguro de que no sería el único que encontraría “el amor” esa noche.
Cada vez que pensaba en que debía elegir a una chica para casarme, sentía un profundo disgusto. Lo sabía, sabía que como futuro rey era mi deber velar por la prosperidad del reino, pero ¿no se suponía que cuando fuera el rey, yo iba a ser el mandamás?
«Pensar en todo esto no me será de ninguna utilidad»
Sacudí la cabeza para alejar de mi mente las voces que me gritaban que todo esto iba a arruinarme la vida: al fin y al cabo, yo podía elegir a alguien que me gustara.
En serio tenía la esperanza de que alguna chica me atrajera en ese baile.
—Su alteza… —La voz de una de las criadas se escuchó desde el exterior de mi habitación—. Su majestad, el rey, desea saber si ya se encuentra listo o si necesita ayuda para vestir sus ropajes reales.
Fruncí el ceño y me miré en el espejo. Los ropajes reales eran exquisitos, como siempre: un traje de dos piezas de color negro con detalles dorados bordados por toda la tela. El cuello era alto, abotonado justo por la mitad, igual que el resto del saco. Los pantalones blancos estaban bajo unas botas largas que también eran negras y tenían formas doradas adornándolas.
Lo odiaba.
Era demasiado impráctico para cabalgar y ni hablar de luchar con la espada.
—Sí, estoy listo. No necesito ayuda. Saldré en un momento —respondí, alzando la voz.
Tomé mi corona de encima del cojín de terciopelo rojo en el que descansaba y me la puse sobre la cabeza. Era más simple que las de mi padre y madre, pero todavía contaba con varias joyas incrustadas. Había una esmeralda en el centro que se parecía al color de mis ojos.
—Bien, es hora de este suicidio —murmuré, agarrando la máscara que ocultaría mi rostro gran parte de esa noche, pero no me la puse todavía. No debía usarla hasta que el baile comenzara.
Cuando salí al pasillo, de camino al despacho de mi padre, Rowen ya estaba afuera esperándome. Iba vestido con un elegante traje que lo hacía ver como alguien de la realeza y no como un guardia o un soldado.
Cada vez que lo veía así, sentía que nos parecíamos más.
—¿Está preparado, alteza? —me preguntó, esbozando una sonrisa con ligeros tintes burlones. Siempre parecía que le divertía mofarse de mí, aunque no de forma despectiva.
Por algo lo consideraba mi persona más cercana. Mi mejor amigo. Casi mi hermano del alma.
—Aquí no hay nadie más, no tienes que ser tan formal.
Rowen se encogió de hombros.
—Vi pasar a unas criadas corriendo hace un momento. No deberían escuchar que te hablo de forma tan directa o me acusarán con el rey.
—Dudo que a mi padre le importe el modo en que te diriges a mí —dije entre risas. Charlar con él me aliviaba un poco del peso enorme que esa noche me pondría sobre los hombros y que ya me estaba haciendo doler la espalda y el cuello—. ¿Te ha dicho que debes permanecer a mi lado en todo momento para vigilarme? Porque imagino que por eso traes esa ropa tan formal.
Rowen bajó la mirada para verse el traje y luego hizo una mueca de disgusto.
—¿Me queda tan mal? —cuestionó—. Y sí, me dijo que no te dejara solo. A diferencia de los otros guardias, al menos podré disfrutar del cóctel.
—Ventajas de ser mi guardia personal —reí, dándole una palmadita sobre el hombro derecho.
—Bueno, su majestad… —Rowen me apartó la mano y enderezó su postura cuando vimos acercarse a un par de guardias que venían directo hacia nosotros—. Creo que el rey requiere su presencia, será mejor que nos demos prisa.
Asentí con la cabeza sin decir nada.
—Alteza, el rey le espera en su despacho —dijo uno de los guardias al llegar. Su espalda estaba tan recta como la de las estatuas que adornaban el jardín: parecía una rígida figura de yeso cuando hacía su pose de respeto.
La gente siempre se veía así cuando hablaba conmigo. Era tan monótono y aburrido.
—Gracias —respondí y luego me dirigí a mi guardia personal—. Vamos.
—Sí, alteza —dijo Rowen.
Abrí las puertas del despacho privado del rey y lo vi sentado en su escritorio, revisando documentos como si realmente los leyera, aunque yo sabía que nunca lo hacía. Mi madre también estaba ahí, sentada cómodamente sobre el sillón de terciopelo rojo que estaba junto a la ventana, con una sonrisa radiante en el rostro.
—Estoy aquí, padre —dije con voz solemne.
Rowen se había quedado esperándome en el pasillo.
Mi padre levantó la cabeza para mirarme y sonrió con orgullo. No podía enojarme con él, aunque fuera ignorante ante las carencias de su pueblo, no lo hacía con mala intención.
—Evander, hijo. Tardaste un poco, pero veo que te has preparado bien —habló con su tono sereno—. El baile comenzará en un rato, espero que sepas elegir bien a la mujer que se convertirá en la princesa consorte.
Princesa consorte. Un título que sonaba rimbombante, pero en la práctica no significaba nada. La chica no iba a ser más que una prisionera en una jaula de cristal, tal y como yo lo era.
—Además, tengo buenas noticias —siguió mi padre—. El rumor de que escogerías esposa en el baile de hoy llegó a oídos vecinos y algunos de los reinos colindantes han enviado a sus mejores doncellas con la esperanza de que haya una unión política. No digo que escojas obligatoriamente a una princesa vecina, pero si lo hicieras, estaría bien.
—¿Qué…?
Hice un esfuerzo por no expresar mi frustración con las expresiones de mi rostro y me mordí la mejilla interior para evitar que mi boca se deformara del disgusto.
—Eso está muy bien, padre… —mentí lo mejor que pude—. Haré mi mejor esfuerzo para convivir con esas doncellas esta noche. Tal vez alguna de ellas se convierta en mi prometida.