De Hadas y Zapatos de Cristal

Seis

Evander

Rowen se puso rígido como una estatua cuando caminó de regreso al salón para ocupar mi lugar. Se volteó un instante y me buscó con la mirada. Yo solo le hice un gesto de buena suerte con la mano derecha.

Él frunció el ceño y se quedó de pie.

Podía apostar a que estaba pensando en qué método usaría para tomar represalias contra mí más tarde, pero por el momento me podía reír de los nervios que mi pobre amigo reflejaba al apretar la mandíbula, que era lo único que se le veía bajo la máscara.

Ni mi padre ni mi madre notaron la diferencia. Tampoco ninguno de los invitados.

Perfecto.

Era libre, al menos por unos minutos.

Me escabullí por la parte de atrás del salón y me di el tiempo de admirar a los invitados. Resultaba liberador caminar por los alrededores sin que nadie se me acercara para hacerme una reverencia o se dirigiera a mí con una admiración vacía y sonrisas ensayadas. Como "Rowen" nadie me prestaba atención, excepto para que moviera una bandeja o le abriera paso a algún invitado importante.

Casi, casi me divertía.

—¿Crees que impresioné al príncipe? —Escuché una voz femenina chillona.

Me escondí detrás de un ostentoso estandarte y escuché la conversación. Solo tenía curiosidad porque estaban hablando de mí.

—Por supuesto que sí, querida. Nadie podría quedar indiferente ante tu belleza, incluso con esa máscara.

La mujer que habló llevaba puesto un escandaloso vestido de color verde oscuro, demasiado revelador para alguien de su edad. No se veía mal, solo... era algo poco usual. La sonrisa de su rostro no me gustaba, era fría y calculadora, casi malvada. Podía apostar a que era ese tipo de noble que pensaban que el mundo les pertenecía.

—Yo creo que lo espantaste, Rosa —dijo la muchacha de al lado. Era la que estaba comiendo antes, cuando se acercaron a mí. Ahora las recordaba a ambas.

La chica "bonita" era quien me había hablado. ¿Las duquesas de algo? ¿O eran condesas? Bueno, tampoco me importaba.

—Si ese príncipe no se fija en mí, haré un escándalo —chillo Rosa... Rosa algo.

Yo me reí desde mi lugar. Traté de no ser ruidoso, pero igual me escucharon, pues la madre de esas chicas me miró con la frente arrugada.

—¿Usted qué hace ahí escuchando las conversaciones privadas? —cuestionó, en un tono altivo y grosero.

—Madre, es el criado del príncipe —masculló Rosa lo que sea. El modo en que curvaba los labios me indicaba que me tenía desprecio.

—¿Ah, sí? —La mujer me recorrió con la mirada de abajo hacia arriba, con el mismo desdén que su hija—. Pues qué criado tan mal educado. El príncipe debe sentirse muy incómodo con alguien así alrededor.

—Por eso lo habrá mandado de paseo —se burló la hija.

—No fue mi intención escuchar su conversación privada, damas. Les aseguro que nada saldrá de mi boca —dije tratando de mantener la calma; no me molestaba que me insultaran a mí como el príncipe, pero sí que hablaran mal de Rowen.

—Pues más le vale —dijo la mujer mayor.

Yo solo asentí con la cabeza, dispuesto a marcharme, pero entonces la otra hermana se me quedó mirando fijamente, con intriga, y luego habló:

—¿No es usted muy similar al príncipe?

Me puse tenso. No podía ser, nadie cercano a mí se había dado cuenta del cambio, ¿y esta chica sí? Debía tener muy buen ojo.

—Ay, no digas idioteces, Anastasia. Este tipejo no se parece en nada al apuesto príncipe. Solo es un sirviente.

Hice una mueca.

—Así es, no soy más que un sirviente —dije antes de irme casi corriendo hacia otro sector. No podía permitir que esa tal Anastasia me delatara.

Cuando por fin me alejé lo suficiente de ese trío de... excéntricas mujeres, volteé de nueva cuenta hacia el altar donde estaban los reyes y "el príncipe".

Mi pobre amigo estaba de pie junto al asiento de mi padre, intentando imitar mi porte, mi sonrisa y mi inclinación de cabeza, luchando por no decir nada que lo delatara. Era casi idéntico a mí, pero yo conocía cada gesto suyo: el pulgar frotando el borde de la maga; el leve temblor en la boca cada vez que una doncella se le acercaba.

Estaba tan tenso que parecía a punto de desmayarse.

Me apoyé en una columna y traté de no reírme en su cara, aunque me estaba costando más trabajo del que pensé. Jamás imaginé que verlo ocupando mi lugar podía ser tan entretenido.

—Alteza... esta es lady Helena de Bravern... —dijo el maestro de ceremonias.

Rowen inclinó la cabeza con tanta torpeza que casi se le cae la máscara, y yo me tuve que cubrir la boca para no soltar una carcajada.

La joven doncella hizo su reverencia obligada y sonrió antes de perderse entre los invitados. Al menos ella tenía un nombre diferente al resto, aunque no era tan llamativa.

Y de repente, la atmósfera de toda la sala cambió, literalmente. La música seguía sonando con el mismo volumen, pero el aire estaba pesado y cada nota se volvió mucho más aguda que antes. Una agudeza que me hacía doler los oídos.

Entonces, todas las miradas se giraron hacia las puertas que se abrieron de par en par. Hacia ella.

Una joven vestida de azul y blanco brillante bajaba por las escaleras de la entrada, dando pasos precisos con sus zapatos de cristal que resplandecían con las luces del salón. Un mechón de cabello dorado le caía encima de la máscara que le cubría el rostro y el resto estaba tomado en un rodete.

Absolutamente todos se quedaron sin aliento. Yo incluido.

Llamar hermosa a esa chica era poco en comparación con la fuerza que tenía esa palabra. Pero había algo en ella... algo que no me terminaba de cerrar. Algo que me erizaba la piel.

«¿Qué es esto...?». Cerré los ojos un momento y me llevé una mano a la cabeza, que estaba a punto de estallarme.

La chica siguió avanzando a través de los invitados, que se hicieron a un lado como si fuera un pecado ocupar el mismo espacio que ella.




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