De Hadas y Zapatos de Cristal

Siete

Elira

Durante mi tiempo de estudio en la academia Benevolens yo siempre fui una estudiante destacada en cuanto a conocimientos se refería. Podía ser pésima en la práctica, pero la teoría se me daba genial.

Todavía me acordaba de aquella clase en la cual lady Rubellia, la maestra de Historia y Preservación de la Teoría del Deseo (una materia con un nombre tan largo y tedioso como sus exámenes) nos preguntó cuál era considerada la magia más poderosa en nuestro mundo.

Yo levanté la mano sin dudar.

—¡El amor! —exclamé. Estaba emocionada por hacerme notar ante un hada que admiraba tanto: lady Rubellia era famosa por tener uno de los mayores registros de deseos cumplidos.

Ella me dedicó una sonrisa satisfecha y escuché cómo Sylvestra bufaba detrás de mí.

Siempre tan odiosa. De seguro que traía esa cara de estar oliendo popó hasta cuando dormía.

—Correcto, señorita…

—Elira Petalvyne.

—Elira Petalvyne —repitió mi nombre y a mí me tembló todo el cuerpo—. Lo recordaré.

No sé si de verdad lo recordó después de eso, solo sé que después nos explicó cuál era el mayor pecado de un hada madrina. Si el amor era la magia más sagrada y poderosa… entonces lo más grave que podía hacer un hada era interrumpir, modificar o destruir una historia de amor verdadero.

—Es una historia de amor en curso —dijo Córax, sacándome de mis pensamientos. Mi varita —roja como las llamas— todavía yacía en el suelo cuando lo escuché hablar.

—Si el deseo era tan importante, ¿entonces por qué primero era verde?

¿Acaso el destino me estaba jugando una mala pasada? ¿Era yo la única que no entendía cómo funcionaba esto? El Registro de Deseos… ¿podía cambiar de opinión y nadie me lo dijo?

Me temblaban las piernas y las manos me sudaban. Esto era malo, era mil veces peor que reprobar el examen. ¡Ahora sí que me iban a encerrar dentro de una bellota! O peor… ¡dentro de una castaña! Odiaba las castañas, eran duras, feas y olían a madera vieja, como la oficina de lady Mavara.

—Algunas veces, cuando un deseo apenas es registrado por el libro, se clasifica como verde porque parece fácil e inofensivo, pero mientras más tiempo pasa en el libro sin ser atendido, mayor es la posibilidad de que el humano empiece a desear más.

¿Cuánto tiempo había estado el deseo ahí? ¿Durante cuánto tiempo Ashara había sido ignorada por quienes se supone debíamos estar ahí para ella?

—Esto es horrible. Me van a colgar de las alas en la plaza pública. Y lo peor es que de seguro Sylvestra tendrá un asiento en primera fila.

Córax graznó y en ese momento me percaté de algo que antes había pasado por alto en mi estupor.

—Un segundo… —Fruncí el ceño—. ¿Desde cuándo eres un experto en el registro mágico? Ahora que lo pienso, no es la primera vez que dices algo como eso…

El cuervo movió las alas y se elevó por el aire, como si tratara de evadir mi curiosidad.

—No hay tiempo para eso, ¿no te das cuenta? No solo tus tontas alas y tu magia corren peligro ¡también mis hermosas y brillantes plumas!

—¿Y qué quieres que haga? —Me dejé caer de rodillas al suelo, como si dramatizar fuese a hacer que el destino cambiara de opinión. Mis alas se reclinaron en mi espalda y algunos granitos de tierra se me pegaron en las puntas del cabello—. Es un caso perdido, ya cumplí el deseo y es rojo… eso significa que saldrá mal. Lo arruiné, Córax.

Mi familiar no parecía sorprendido por mi acto pesimista, a fin de cuentas, estaba acostumbrado, pero yo sí me sorprendí de que no me llamara tonta, o chillona, o cualquiera de los insultos que siempre decía.

Eso sí me dio miedo.

—No te preocupes, tengo un plan.

Eso nunca parecía una frase tranquilizadora viniendo de él.

Levanté la cabeza para mirarlo con seriedad. No parecía estar bromeando y yo sabía bien que no podíamos dejar las cosas así. Si la academia se daba cuenta de lo que había hecho, no solo me expulsarían… me iban a dejar sin nada. Incluso podrían quitarme a Córax.

¿Por qué había sido tan tonta para creer que robarme un deseo era buena idea? Ni siquiera tenía cómo justificar ese robo. Solo pensé… solo pensé que si de verdad lo lograba ellos lo pasarían por alto.

—Dime cuál es el plan. —Me limpié con el dorso de la mano las lágrimas que empezaban a brotarme de los ojos y me levanté. Tenía las rodillas un poco raspadas, pero la magia me curó enseguida apenas tomé mi varita.

—Primero ponte algo más acorde —dijo Córax, con voz divertida—. Iremos a un baile.

El castillo de los reyes de Kalendor era mucho más grande de lo que pensé. Ni la academia Benevolens era tan enorme y eso que era el edificio más majestuoso del mundo fae. Y a nosotros nos encantaba presumir de ello.

Córax y yo estábamos vigilando la entrada desde una esquina. Usando magia, logramos llegar antes que Ashara. La vi cuando se bajó del carruaje y las ratitas transformadas en humanos la escoltaron hasta la entrada.

Los guardias quedaron embobados apenas ella se les acercó. Ni siquiera le pidieron alguna invitación o le preguntaron su nombre, simplemente le abrieron el paso como si fuera el mar partiéndose en dos.

—¿Es el hechizo? Creo que la hice irresistible.

Ups.

Córax estaba sobre el suelo, a mi lado.

—Es el hechizo, sí —asintió.

Aferré mi mano con fuerza a mi varita mágica. Cada vez que la miraba sentía que se ponía más roja, más intensa. Más acusadora.

—Todo lo que hay que hacer es vigilar que no haga nada raro. Si acaso algo así sucediera, la detienes.

Asentí con la cabeza a las palabras de Córax y salí de mi escondite. Mis pasos se acercaron a la entrada, donde los guardias seguían con la mirada perdida, pero en cuanto aparecí frente a ellos volvieron a la normalidad.

—¿Su invitación? —dijo uno de ellos.

Tragué saliva y me mordí el labio inferior. Córax estaba volando por encima de nosotros y habló:




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