De Hadas y Zapatos de Cristal

Ocho

Evander

Cuando tenía unos diez años creía ser mucho más valiente de lo que soy ahora. No tenía miedo de hacer enojar al rey, de alzarme cuando algo no me gustaba. Era inocente y quejumbroso, pero también anhelaba libertad.

Eso no ha cambiado demasiado desde entonces.

Aquella vez, mi padre me descubrió tratando de ensillar un caballo para salir a “patrullar” las cercanías del pueblo como si fuera un soldado. Pero yo no sabía cómo hacerlo, nunca había montado y —por supuesto— no tenía ni la menor idea de cómo ajustar las correas o siquiera de cómo subirme.

Él dijo que no podía darme el lujo de sufrir un accidente fatal y salir lastimado, que aunque fuera un niño, debía entender la responsabilidad de ser un príncipe heredero.

A mí me parecían puras patrañas, especialmente cuando me castigó y mandó que me encerraran en mi habitación. Como era lógico, me escapé.

Aunque mi ventana quedaba en un sitio alto del castillo, había muchos salientes en la pared que usé como si fueran escalones. A decir verdad, no fue un gran reto, fue más difícil escalar el muro del jardín, cuidando que los guardias no me vieran.

En ese momento se sentía como toda una hazaña heroica. Ahora sé que solo era un chiquillo tonto.

Salté hacia el otro lado sin problemas y sonreí victorioso. Esa fue mi primera escapada, mucho antes de que llegara a conocer a mi mejor amigo y cómplice.

Mi padre se dio cuenta rápido de que yo me esfumé del castillo, lo escuché gritar mi nombre en tono enfurecido. Parecía que su voz se escaparía más allá de los límites del reino y llegaría hasta los reinos vecinos.

Tenía que correr antes de que me encontrara y mi mejor opción era el gran bosque de Verdor. Decían que era un lugar peligroso, lleno de animales rabiosos, bandidos y otras cosas que los adultos no explicaban demasiado. Pero un niño rebelde como yo lo era en ese momento no piensa en las consecuencias de sus actos. Antes de darme cuenta, ya estaba corriendo a través del espeso camino cubierto de hojas y ramas que crujían con cada una de mis pisadas.

Aunque estaba muy oscuro y apenas unos pocos rayos de luz se colaban entre las frondosas copas de los árboles, a mí no me daba miedo. Me parecía un lugar increíble, como en las historias de magia que me contaba mamá para dormir.

—Creo que corrí demasiado… —murmuré cansado, respirando apenas lo justo.

Cuando me di la vuelta para ver por dónde había venido, no vi más que árboles y tierra. No parecía haber una entrada o salida hacia ningún lado. Ni siquiera había un sendero ya, todo se desdibujaba entre sombras.

Mi padre iba a matarme cuando volviera. Bueno, eso si lograba regresar.

El bosque delante de mí se tragaba los sonidos. Todo lo que escuchaba mi propia respiración agitada y el crujido constante de las hojas bajo mis botas. Empecé a sentir un nudo en el estómago. Tal vez había sido una mala idea después de todo.

Estaba sumido en mi arrepentimiento, casi a punto de llorar del miedo, pero entonces la vi.

Entre los árboles, medio escondida por las hojas, había una cabaña vieja y torcida, como si la hubiera construido alguien que odiaba las líneas rectas. Me acerqué con sigilo, más por curiosidad que por valentía. Y ahí, detrás de una ventana con un cerrojo de metal viejo, estaba ella.

Una niña.

Tenía el cabello del color de las flores que crecían en los jardines del palacio al atardecer: rosa intenso, casi irreal. Y sus ojos… sus ojos eran dorados. No amarillos ni miel, sino dorados de verdad, como monedas recién acuñadas bajo el sol. Estaba sentada en el suelo, abrazándose las rodillas y lloraba en silencio. Cada tanto se limpiaba la cara con la manga de un vestido sucio y demasiado grande para ella.

Me quedé mirándola fijamente. Nunca había visto a alguien como ella.

—¿Por qué lloras? —pregunté en voz baja, acercándome a la ventana.

La niña levantó la cabeza de golpe. Sus ojos dorados se abrieron mucho, sorprendidos de verme. Su cara redonda y bonita como la de una muñeca se deformó con el llanto, sorbiendo por la nariz.

—Los pixies me trajeron aquí —susurró entre sollozos—. Dijeron que era un juego, pero… la bruja no me deja ir. Por favor… ¿puedes ayudarme?

No tenía ni la menor idea de qué era un pixie, pero por el tono en que lo dijo, me dio mucho miedo.

No lo pensé dos veces. Ni siquiera me pregunté por qué una niña tenía el cabello rosa o por qué hablaba de pixies —lo que sea que fuera eso— y brujas como si fueran cosas normales, solo supe que no podía dejarla ahí.

—Espérame —dije, buscando algo con qué romper o abrir la ventana. Encontré una piedra grande y, con toda la fuerza de mis diez años, la estrellé contra el viejo cerrojo. El golpe resonó más fuerte de lo que esperaba, pero funcionó. La ventana se abrió con un chirrido oxidado.

—Vamos, sal —la urgí, extendiendo los brazos para ayudarla.

Ella dudó solo un segundo, luego trepó al alféizar. Cuando pasó una pierna por la ventana, vi algo que me dejó congelado.

Tenía alas. Eran pequeñas, translúcidas y brillaban débilmente con partículas doradas y rosadas que flotaban a su alrededor como diminutas estrellas. Por un instante pensé que estaba soñando, o que me había golpeado la cabeza al caer del muro del castillo.




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