De Hadas y Zapatos de Cristal

Nueve

Rowen

La primera vez que vi al príncipe Evander yo tan solo tenía nueve años. El Rey de Kalendor hizo un viaje junto a su esposa e hijo hacia las tierras externas del reino, donde yo vivía con mi madre.

Que la realeza visitara nuestro hogar era considerado un hito festivo, así que todo el pueblo salió para recibirlos con regalos y ofrendas.

Yo me aferraba a la mano de mi madre, ambos rodeados por un mar de gente, mientras el rey saludaba a todo el mundo desde su corcel blanco. La reina iba dentro de su carruaje, junto a su hijo, el príncipe.

Recuerdo que en cuanto ese niño me devolvió la mirada con unos ojos iguales a los míos, me estremecí.

Se parecía tanto a mí que me dieron escalofríos, era como verme al espejo, solo que un poco más pequeño. Y estoy seguro de que él también se dio cuenta, por la expresión de sorpresa que puso.

No volví a verlo durante muchos años.

Como un chico de pueblo de los extremos, mi futuro era dedicarme al campo. Todo lo que cosechábamos iba directo a la capital, así que yo ganaba muy poco, pero no me quejaba, pues me alcanzaba para vestirme y comer.

Mi madre era remendadora. Arreglaba los vestidos de todas las viejas estiradas del pueblo, que no eran pocas a pesar de lo pequeño que era.

Ella nunca hablaba de mi padre.

Cada vez que preguntaba algo, aunque fuera de broma, su expresión cambiaba como si hubiera mencionado que me quería arrojar de un puente. Era como una puerta cerrándose en mi cara.

—No necesitas saber de hombres que ya no están —respondía siempre y luego me daba la espalda.

Y yo dejé de insistir.

Bueno, no en realidad. Nunca dejé de preguntarme quién era, solo dejé de hacerlo en voz alta.

A medida que crecí, los comentarios de la gente empezaron a molestarme. Las viejas del pueblo cuchicheaban cuando pasaba frente a ellas y algunos hombres se quedaban mirándome demasiado tiempo, como intentando resolver un acertijo.

“Esos ojos…”

“¿No crees que se ve demasiado bien para este pueblo miserable?”

“Qué desgracia.”

No entendía a qué se referían hasta que cumplí catorce años. Ese invierno fue especialmente duro. La nieve llegó antes de tiempo y las cosechas se echaron a perder en casi todos los campos de las tierras exteriores. Mi madre empezó a enfermar poco después. Primero fue solo tos, luego fiebre y, finalmente, esa debilidad horrible que le impedía levantarse de la cama.

Intenté trabajar más horas para pagar un médico, pero nadie quería venir a un pueblo olvidado como el nuestro sin cobrar una fortuna.

Y entonces llegó esa noche. La recuerdo perfectamente, como si hubiera sido apenas ayer.

La lluvia golpeaba el techo de madera y el viento se colaba por las rendijas de la casa. Yo estaba sentado junto a la cama, cambiando los paños húmedos sobre su frente cuando ella me tomó de la muñeca con fuerza a pesar de su frágil condición.

Nunca olvidaré lo fría que estaba su mano.

—Rowen… —murmuró con dificultad.

—No hables. Tienes que descansar.

Ella negó despacio.

—No me queda mucho tiempo —dijo.

Sentí algo amargo pasarme por la garganta.

—Escúchame, por favor.

El cuerpo se me heló. Me acerqué más al borde de su cama y vi lágrimas acumulándose en sus ojos cansados, casi sin vida.

—Tu padre… —susurró—. Él todavía está con vida.

Sentí que el pecho se me tensaba.

—¿Qué…?

Cerró los ojos un instante, como si el solo hecho de hablar la quemara por dentro.

—Nunca quise decirte. Yo… tenía miedo.

No entendía nada. Mi cabeza daba vueltas. Quería exigirle la verdad, pero al mismo tiempo me daba miedo escucharla.

Tragué saliva y por fin, después de reunir todas mis fuerzas, hablé.

—¿Quién es?

Ella me miró entonces, con sus ojos desorbitados ya. Pero, por primera vez en mi vida, vi la culpa en ellos. Una culpa que se la estaba comiendo.

—El rey.

Dejé de escuchar cualquier sonido. Ni la lluvia, ni el viento. Nada se comparaba con el ruido dentro de mi cabeza, el eco de las palabras de mi madre.

Recuerdo haberme quedado inmóvil, observándola como un idiota, esperando que dijera que todo esto era solo una broma cruel, que deliraba por la fiebre. Lo que sea.

Pero no lo hizo.

—No… —murmuré—. No. Esto no tiene sentido.

Entonces pensé en el príncipe. En sus ojos, en el parecido entre él y yo. En cómo la gente del pueblo murmuraba cada que me veía, diciendo que no encajaba con ellos, que parecía un “noble”.

Sentí náuseas.

—Lo siento tanto… —Mi madre empezó a llorar.

Retrocedí un paso. No sabía qué se suponía que debía sentir. ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Confusión? Todo se mezcló dentro de mí hasta volverse insoportable.




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