De Hadas y Zapatos de Cristal

Diez

Elira

Este era mi fin.

No hipotético, sino literal.

Estaba totalmente acabada. No tenía nada, absolutamente nada conmigo más que la ropa que traía puesta. El vestido rosa ya ni siquiera brillaba, era como si se hubiera marchitado junto conmigo y mi magia.

Hacía frío en ese bosque y era de noche. Podía escuchar a los grillos cantar y al viento susurrando mientras se deslizaba entre las ramas de los árboles.

Me puse a caminar mientras me aferraba a mis propios brazos para tratar de darme algo de calor.

—¿Qué voy a hacer ahora? —sollozaba.

Tenía la cara llena de lágrimas y la nariz me moqueaba. Si Córax me hubiera visto en ese momento, se estaría burlando de mí a todo pulmón.

Pero ya no tenía a Córax a mi lado. Me lo arrebataron, igual que todo lo que me hacía ser yo.

Dijeron que debía arreglar el desastre que provoqué, pero ¿qué era exactamente lo que debía arreglar? ¿Ashara? ¿El príncipe?

¿Tenía que hacer que se amaran para recomponerlo todo?

Estornudé cuando el frío me atravesó la piel sin piedad.

Caminé por varias horas, casi toda la noche, pero no lograba ver nada más que árboles y barro, y algunos animaluchos del bosque que se escondían de mí como si yo fuera la peste en persona.

Me dolía la espalda sin mis alas. Sentía que me faltaba lo más preciado e importante. Me sentía mutilada.

—¿Qué me diría Córax ahora?

Me detuve junto a un árbol de tronco muy grueso y carraspeé la garganta.

—“Deja de llorar, pareces una trucha apuñalada”. —Traté de imitar su voz, pero no me salía tan bien.

A Córax no le gustaban los peces, por eso siempre se burlaba de mí comparándome con ballenas, truchas o merluzas. Aunque decía que jamás diría que me parezco a un delfín porque ellos sí son inteligentes.

Ave del demonio.

Cuánto lo extrañaba…

Volví a caminar después de limpiarme bien el rostro y llegué hasta un claro donde un pequeño lago reflejaba la media luna del cielo. El agua era tan clara y limpia que podía ver el fondo, aun siendo de noche.

Me acerqué a la orilla para poder mirar mi reflejo y me horroricé como nunca en la vida.

—¡¿Qué les hicieron a mis orejas?!

Ya no tenía las orejas puntiagudas, sino redondas, como las de un humano.

Ay no… ¡qué asco!

—¡No, no, no!

Empecé a dar vueltas como loca sobre mi propio eje. Podía tolerar que me quitaran mi magia, me arrebataran la varita y que me cortaran las alas. ¡Pero mis orejitas no!

—Ahora sí parezco humana, esto es horrendo.

Me dejé caer derrotada junto al lago y volví a ponerme a llorar como cuando era niña y esos pixies me llevaron consigo. Aunque los recuerdos de esa noche eran un poco vagos, todavía tenía en la mente las palabras que me dijo esa bruja fea:

«Te voy a comer y me quedaré con todo tu maravilloso poder»

Ja, bruja idiota. ¿Cuál maravilloso? Si yo no era más que un desastre andante.

Uno que ya ni siquiera tenía alas y que tenía orejas de humano, Ugh.

Al menos me habían dejado el cabello intacto. Menos mal.

Cuando abrí los ojos ya era de día. No me di cuenta en qué momento me había quedado dormida junto a ese lago y estaba un poco desorientada cuando la luz del sol me dio en la cara.

Quería pensar que todo había sido un sueño. Que todavía tenía mi magia y que Córax seguía a mi lado, pero me di cuenta rápido de que nada era producto de mi mente.

Cuando me volví a mirar reflejada en el lago, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, tuve que pellizcarme el brazo para dejar de alimentar la esperanza de que esto fuera una ilusión.

Me dolió.

—Córax… dime qué hago, a dónde voy…

Tenía ganas de volver a ponerme a llorar, pero no iba a solucionar nada si solo me desparramaba como una hoja de otoño sobre el suelo, así que me contuve y me levanté.

Si iba a salir de ese estúpido y maloliente bosque, tenía que aprovechar la luz del día.

Pero ¿dónde estaba con exactitud?

Apenas conocía el mundo humano y ubicarme ahí no iba a ser tarea sencilla. Solo sabía que tenía que encontrar a Ashara y a ese príncipe… ¿cómo era que se llamaba?

Los soldados e invitados de la fiesta habían dicho su nombre varias veces cuando pasé a su lado.

¿Evamer? ¿Evadiel?

¡Ah, sí! Era Evander.

Encontrar a Ashara iba a ser un poco complicado, porque no sabía cómo llegar a su casa ni a quién preguntarle, pero llegar hasta el príncipe sería más fácil.

Solo tenía que ir hasta el castillo, ¿no?

Tenía que encontrar al príncipe Evander de Kalendor para arreglar todo este entuerto y recuperar mi vida y a Córax.




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