Evander
La chica desapareció frente a mis ojos.
En un segundo estaba ahí, frente a mí, con el vestido brillando bajo la luz de los faroles del patio y esos ojos imposibles mirándome fijamente, y al siguiente ya no había nada.
Me quedé inmóvil al pie de la escalera, mientras el eco de los pasos apresurados de esa muchacha todavía resonaba dentro de mi cabeza.
El viento nocturno atravesó el patio, ondeando ligeramente las banderas de Kalendor. A lo lejos todavía podía escuchar la música del baile, amortiguada por los enormes muros de piedra del palacio.
El corazón todavía me golpeaba con fuerza las costillas y la imagen de esas alas brillantes no salía de mi cabeza.
¿Qué era ella?
Bajé la mirada, mientras los guardias actuaban confundidos, como si alguien les hubiera dado un golpe en la cabeza.
Sobre el último escalón había quedado un delicado zapato de cristal, tan transparente que reflejaba la luz de la luna como si estuviera hecho de agua congelada.
Me incliné con cuidado para recogerlo. Estaba frío y no pesaba casi nada, era tan ligero como una pluma.
No entendía cómo podía existir algo tan frágil y tan hermoso al mismo tiempo. Y tampoco entendía por qué sentía aquel vacío absurdo en el pecho solo porque esa desconocida acababa de escapar.
Entonces escuché otro ruido.
Alcé la vista justo a tiempo para ver a otra joven que corría alejándose apresurada del salón del baile. Pasó corriendo frente a mí, sujetando su vestido celeste entre las manos, ese vestido que parecía estar hilado con trozos de estrella.
Era ella, la chica del baile, la que por un segundo me había encandilado sin una explicación.
Fruncí el ceño.
¿Por qué ambas estaban huyendo de esa forma?
Y entonces, como si alguien hubiera chasqueado los dedos frente a mí, lo recordé.
¡Rowen!
—Carajo… —maldije por lo bajo. Me había olvidado por completo de que lo dejé ocupando mi lugar en el baile y seguramente la estaba pasando terrible con el miedo de ser descubierto.
Escondí el zapato dentro de mi chaqueta —que en realidad era de Rowen— y regresé al interior del palacio antes de que Rowen decidiera estrangularme frente a toda la nobleza.
Y, siendo honesto, sabía que esta vez me lo tenía bien merecido.
❀
—¡Te juro que te voy a matar! —gritó una vez que nos quedamos solos en mi habitación, cuando todo el ajetreo del baile se terminó.
Rowen se soltó los botones del cuello y arrojó el pequeño corbatín al suelo sin importarle que la tela se fuera a estropear. A mí tampoco me importaba.
—Vamos, no fue para tanto —reí con diversión, alzando las dos manos frente a mi rostro—. Nadie se dio cuenta y lograste pasar como príncipe por una hora.
—¡Eran veinte minutos!
Me encogí de hombros.
—Pero bueno, ¿quién se fija en el tiempo?
—¡Yo! —Se apuntó a sí mismo con el dedo índice.
Estaba demasiado alterado, hasta se le marcaba una venita en la sien debido a la rabia. Pobre de mi amigo.
A veces me daba lástima hacerlo pasar por todo eso, hasta que me acordaba que él en realidad disfrutaba hacer travesuras, aunque actuara como si no.
—¿Podrías dejar de gritar? —Me senté en el pequeño sillón aterciopelado que estaba en la salita de mi habitación—. Me duele la cabeza. Ese baile fue un horror.
Arqueó una ceja.
—¿Con qué cara lo dices tú? —cuestionó—. Me dejaste solo prácticamente todo el baile, el único que sufrió ese horror fui yo.
—¿Sí? Pues no te vi quejarte tanto mientras esa doncella del vestido celeste te saludaba.
La cara se le puso roja y abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a salir. Nunca había visto a Rowen con esa expresión antes.
Fruncí el ceño.
—No me vayas a decir que te enamoraste, Rowen.
Miró en otra dirección y carraspeó la garganta.
—Por supuesto que no —dijo con la voz ligeramente temblorosa—. ¿Qué sentido tendría? Además, ella es una noble y yo… —cortó la frase a la mitad y qué bueno que lo hizo, porque yo tampoco quería oírla.
No me gustaba cuando se menospreciaba. Aunque conocía bien los prejuicios y los protocolos de la alta sociedad, para mí, Rowen era mucho más valeroso y noble que cualquier otra persona con título.
Era incluso mil veces mejor que yo.
—Oye… —lo llamé, poniéndome de pie. Me acerqué a él y apoyé una mano sobre su hombro—. Solo estaba bromeando, ¿vale? Y gracias por reemplazarme en el baile, te debo una enorme. Te juro que me habría sofocado de no ser por ti.
Volteó a mirarme por fin. Sus ojos siempre me daban escalofríos, porque eran tan iguales a los míos que era como mirarme al espejo.
—Te juro que no volveré a cambiarme contigo, Evander.