A veces, el silencio de mi mansión en La Cumbre de Mármol es tan denso que puedo escuchar los latidos de mi propio corazón, y me aterra. Me aterra porque ese sonido, rítmico y constante, es lo único que me recuerda que sigo vivo, que no soy un fantasma que se inventó esta fortuna para escapar de una pesadilla. Me llamo Marcelo Malaver, y hoy soy el hombre que todos quieren ser. Soy el dueño de una de las redes de contenido más grandes de la región, el hombre que convirtió la precariedad en un arte y el hambre en una estrategia de mercado. Pero, si soy honesto, cada vez que me miro en el espejo de este baño revestido en piedra volcánica, no veo al magnate. Veo al hombre que se bañaba en los caños de Ocreanza.
La gente cree que la fama es una luz que borra el pasado. Mentira. La fama es un reflector que solo hace que las sombras de lo que fuiste se vean más largas y oscuras. Hoy visto trajes que cuestan lo que una familia de mi pueblo ganaría en diez años. Camino sobre alfombras que amortiguan mis pasos, escondiendo el hecho de que mis pies todavía tienen las callosidades de haber caminado descalzo sobre el pavimento hirviente.
A menudo me preguntan en las entrevistas: "Marcelo, ¿cuál fue el momento exacto en que supiste que lo habías logrado?". Yo sonrío, doy una respuesta ensayada sobre métricas, algoritmos y visión de negocio. Pero la verdad es otra. Lo supe el día que dejé de sentir asco por el olor de la basura. El día que mi estómago dejó de protestar y aceptó que su combustible sería lo que otros despreciaban. Ese día, cuando perdí la dignidad, fue cuando gané la libertad necesaria para conquistar el mundo desde un callejón.
Este libro no es una guía de motivación. No esperen frases vacías sobre "querer es poder". Esta es la autopsia de mi vida. Es el relato de cómo un celular con la pantalla astillada, robando señales de internet tras las rejas de colegios públicos, se convirtió en mi única arma contra un sistema que me quería muerto y enterrado bajo un puente. Aquí voy a contarles cómo se siente que tus hermanos te den la espalda cuando tus padres mueren, cómo se siente que la policía te despierte a patadas en una estación de bus, y cómo, entre toda esa podredumbre, logré grabar el primer video que me sacó del barro.
Bienvenidos a Ocreanza. Bienvenidos a mi infierno, el mismo que pavimentó mi camino a este cielo de piedra blanca.