Habían pasado ya ocho meses desde que los puentes de Ocreanza se convirtieron en mi único cielo. Ocho meses donde mi cuerpo se había transformado en un mapa de supervivencia. El orgullo que me sacó de Zunán ya no era un fuego, era una brasa fría que apenas me mantenía despierto. A estas alturas, ya no recordaba cómo se sentía el peso de una sábana limpia o el calor de una ducha que no fuera el agua helada de la Quebrada Gris.
La calle te va matando por fuera, pero es por dentro donde comienza la verdadera putrefacción. Todo empezó con una pequeña herida en mi pantorrilla izquierda. Me la había hecho escapando de una patrulla de limpieza, al rozar con un hierro oxidado que sobresalía de un contenedor de basura. En ese momento, no le di importancia. En la calle, sangrar es tan común como respirar. Me limpié el rastro de sangre con un poco de agua de lluvia y seguí caminando, buscando algo que comer.
Pero el hierro de Ocreanza no solo corta, infecta.
A los tres días, la herida dejó de ser un rasguño para convertirse en una boca abierta que supuraba un líquido amarillento y espeso. El dolor empezó como un pinchazo constante, pero para el quinto día, mi pierna entera parecía estar envuelta en alambre de púas al rojo vivo. No podía caminar sin cojear, y cada paso era un grito que se quedaba atorado en mi garganta.
—Eso se ve mal, muchacho —me dijo Saúl "El Tuerto", mientras me veía tratar de lavar la infección con un trapo viejo en nuestro rincón bajo el puente—. Esa es la "fiebre del pantano". Si esa mancha roja sube hasta tu rodilla, date por muerto. La calle no perdona a los débiles, y menos a los que huelen a podrido por dentro.
Yo no quería creerle. Me convencía a mí mismo de que era solo una inflamación, que mi cuerpo de moreno fuerte, curtido en el campo de Zunán, podría con eso. Pero la bacteria que había entrado en mi torrente sanguíneo era una de esas cepas resistentes que nacen en los vertederos industriales de Ocreanza. Una bacteria que no conocía de piedad.
Al octavo mes exacto de mi estancia en la calle, la fiebre me alcanzó. No era una fiebre común; era un incendio interno que me hacía alucinar. Empecé a ver a mi madre cocinando en el aire gris del puente, escuchaba la voz de mi padre gritándome desde las vigas de concreto. El frío de la noche ya no me molestaba porque sentía que mi sangre estaba hirviendo.
Pasé tres días tirado sobre mis cartones, sin poder levantarme ni para buscar agua. El hambre desapareció, reemplazada por una náusea constante. Mi pierna se había hinchado tanto que el pantalón me apretaba hasta cortarme la circulación, y el color había pasado de un rojo violáceo a un negro azulado que me daba pavor mirar.
—¡Saúl... ayuda! —alcancé a susurrar una madrugada, cuando sentí que el corazón me latía con una arritmia violenta, como si quisiera salirse de mi pecho.
Los otros habitantes del puente, hombres y mujeres que eran sombras como yo, se acercaron. La solidaridad en la calle es extraña; no nace del amor, sino del reconocimiento del propio destino en el otro. Vieron mi estado y supieron que me quedaban pocas horas.
—Hay que llevarlo al Hospital Central —dijo una mujer llamada "La Flaca", que siempre cargaba un buey de bolsas plásticas—. Si se muere aquí, la policía va a venir a acosarnos a todos y a quemarnos los cartones. Es mejor que se muera allá.
Entre tres de ellos me levantaron. Yo pesaba poco, era solo huesos y fiebre, pero el dolor de ser movido me hizo perder el conocimiento por momentos. Me arrastraron por las calles de Ocreanza en medio de la neblina. Yo sentía cada bache del asfalto como si me estuvieran clavando cuchillos en la columna. Cruzamos la zona industrial, el sector del óxido, y entramos en las calles pavimentadas de la zona hospitalaria.
La imagen era dantesca: tres indigentes harapientos cargando a un cuarto que parecía un cadáver moreno, dejando un rastro de olor a infección por donde pasaban. Cuando llegamos a la entrada de Urgencias del Hospital Central, las luces blancas nos cegaron.
—¡Llévenselo de aquí! —gritó un guardia de seguridad desde la distancia, tapándose la nariz con una mano y desenfundando su tonfa con la otra—. ¡Aquí no recibimos mendigos! ¡Vayan al albergue de la zona sur!
—¡Se está muriendo, jefe! —gritó Saúl, tratando de mantenerme en pie—. ¡Mírele la pierna, eso ya es gangrena!
—¡Que se muera en otra parte! ¡Si se acercan más, los muelo a palos! —amenazó el guardia, mientras otros dos compañeros se acercaban con actitud violenta.
Mis "compañeros" de puente, intimidados por la autoridad y las armas, no tuvieron otra opción. El miedo a la cárcel o a una paliza era mayor que su lealtad hacia mí. Me soltaron de golpe. Caí contra el pavimento frío, justo en la acera de la entrada, fuera del alcance del techo del hospital.
—Lo sentimos, muchacho —susurró Saúl antes de salir corriendo con los demás hacia la oscuridad de la calle—. Hicimos lo que pudimos.
Me quedé allí, tirado como una bolsa de basura que alguien había dejado por error en la puerta de un palacio. La lluvia empezó a caer, una llovizna fina que se mezclaba con el sudor de mi fiebre. Durante las siguientes tres horas, viví mi propio calvario.
La gente pasaba a mi lado. Médicos con batas blancas impecables, enfermeras que salían de turno, familiares de pacientes con rostros preocupados. Todos me esquivaban. Algunos hacían un círculo amplio para no rozarme, otros simplemente miraban hacia otro lado, como si yo fuera una grieta en el piso que no valía la pena arreglar. Yo estaba en el suelo, revolcándome del dolor, con la pierna pulsando un dolor que me hacía morder mis propios dedos para no gritar.
—Ayuda... por favor... —decía con un hilo de voz, pero mis palabras se ahogaban en el ruido de las ambulancias y el tráfico.
Sentía que el frío del asfalto me estaba robando el último calor que me quedaba. La bacteria estaba ganando. Ya no sentía los dedos de los pies, y una neblina negra empezaba a cerrarse sobre mi vista. Pensé en Zunán. Pensé en mis hermanos y en cómo ellos tenían razón: me iba a morir solo, sin nombre, en la puerta de un lugar que se suponía que debía salvar vidas pero que me cerraba la entrada por mi olor.