De la tierra, se alzaron (un cuento oscuro, #0.1)

2

Apenas durmió en toda la noche. La encrucijada entre una rama y el tronco del que salía no era el lugar más cómodo para reclinarse e intentar dormir, pero no era demasiado distinto al suelo duro y frío al que estaba acostumbrada; solo tenía que estar más atenta a no perder el equilibrio y caer al suelo. Un suelo que, por cierto, no era capaz de ver desde la altura a la que se encontraba, aunque tampoco estaba segura de querer hacerlo.

Lo peor de pasar la noche en Tierra de Nadie no era tener que hacerlo subida a un árbol, no. Lo peor eran los ruidos. Correteos, pisadas, gruñidos. Respiraciones jadeantes, aleteos. Algún chillido o grito ocasional. La quietud de la oscuridad fue lo único que echó de menos de dormir en los túneles. Allí, en aquella tierra sin normas, la penumbra parecía una cosa viva, un animal más, que acechaba, se divertía y lanzaba sonidos repentinos que le ponían la piel de gallina, cubierta de lodo y suciedad todavía.

Con cada sonido, la joven apretaba más la daga entre sus manos. Con cada chasquido, les dedicaba unas palabras a sus dioses. Puede que se hubieran cansado de ella, sí, pero si la habían enviado allí para morir, tendrían que escuchar sus súplicas hasta el momento final.

Sin embargo, nadie la importunó. En más de una ocasión estuvo convencida de que algún inmortal se desplazaba por las ramas del árbol en el que se encontraba, creyó poder notar su presencia, su poder, pero ninguno se le acercó lo suficiente como para poder verlo. Ninguno le hizo daño.

Cuando la luz del sol empezó a asomar entre las ramas, la joven dejó escapar un suspiro aliviado. El bosque seguía siendo un lugar peligroso, pero ella sabía que las peores criaturas se movían al amparo de la oscuridad de la noche.

Se tomó su tiempo para desentumecerse el cuerpo y bajar con cuidado hasta el suelo, más lejano de lo que lo recordaba; lo último que necesitaba era romperse algún hueso. Entonces sí que estaría vendida.

Cuando sus pies tocaron tierra firme, se puso a pensar en lo siguiente que haría. Ella tenía un plan. Más o menos. Tenía una idea de un plan, para ser exactos, y comenzaba por salir de aquel lugar, de aquel mundo. Tenía que llegar a la montaña sagrada, la que contenía la entrada al mundo de arriba. Una vez allí… bueno, ahí terminaba la idea. No había tenido demasiado tiempo para concretar algo más elaborado; correr por un desierto, escapando asustada y débil, no era el mejor escenario para trazar un plan de verdad.

La chica sabía que si quería ayudar a su familia, o lo que quedaba de ella, tenía que recuperarse en un lugar seguro, y Elter no era ese sitio para una sidhe. Tampoco estaba segura de que el mundo mortal lo fuera, pero tenía que intentarlo; nunca había visto a ninguna de aquellas cazadoras de feéricos que tanto asco e incluso temor parecían suscitar en los fae y, precisamente por eso, porque nunca las había conocido, estaba dispuesta correr el riesgo de internarse en su mundo.

Pero primero tenía que llegar hasta él, y no tenía ni idea de dónde se encontraba esa montaña.

─ ¿Qué hace una chiquilla sidhe como tú, en un bosque cómo este?

Dio un salto en el sitio y comenzó a mirar frenética a su alrededor, buscando al dueño de aquella voz aguda y burlona. Pero no lo encontraba… Tal vez se lo había imaginado, quizás la falta de sueño…

Una risilla divertida rebotó contra la madera de los árboles.

─Aquí, aquí arriba.

La sidhe siguió la dirección en la que venía la voz y lo encontró por fin. Estaba encaramado a una rama, en el árbol enfrentado al que había usado ella para pasar la noche. No podía llevar allí mucho tiempo… O sí. Había bajado de espaldas, pero echando vistazos continuos por encima de su hombro, alerta, y aquella cosa… juraría que no había estado allí.

El feérico no era grande, pero eso no quería decir que no fuese peligroso. Con el cuerpo cubierto de pelo largo y liso, se parecía vagamente a un conejo, pero con las extremidades más largas, y las manos y los pies rematados en garras grandes y curvadas con las que se agarraba a la rama. Sus ojos ambarinos destacaban contra el pelaje negro, igual que sus orejas finas, que sobresalían de su cabeza, erguidas, atentas a todos los sonidos del bosque. Aquella era una de las muchas formas que podían adoptar los puccas.

La joven tragó saliva. Conocía la fama de seres de humor cambiante que tenían aquellas criaturas. Les gustaba gastar bromas, algunas más inocentes que otras, y también engañar, aunque en eso podría decirse que no eran diferentes a los demás inmortales.

Alzó la daga en su dirección y se irguió todo lo que pudo.

─ ¿Hacia dónde se encuentra la montaña sagrada?

Un pequeño ramalazo de orgullo la llenó de calor cuando se dio cuenta de que su voz había conseguido sonar firme y decidida. Si tenía que llegar hasta aquel lugar, era mejor preguntar antes que andar dando tumbos sin rumbo fijo. El problema era a quién le preguntaba. Sabía que cabía la posibilidad de que no le dijese la verdad aunque le contestase. Podía llevarla a la guarida de cualquier cosa. Pero tenía que intentarlo. Sus opciones eran demasiado escasas como para poder elegir de verdad. Ese pensamiento hizo que apretase los labios con fuerza.

El pucca ladeó la cabeza y agitó su larga cola detrás de él. La curiosidad en sus ojos brilló con más intensidad. Ella podía imaginarse lo que estaba pensando. ¿Qué hacía una esclava sidhe en Tierra de Nadie preguntando por la salida del mundo inmortal?




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