De la tierra, se alzaron (un cuento oscuro, #0.1)

4

Awen no sabía a qué le llamaban las sealgair cerca, pero estaba bastante segura de que entre sus respectivas especies el concepto era diferente. Tal vez si su cuerpo se encontrase en mejores condiciones la caminata hasta el claro en el que se encontraba el campamento le hubiera resultado menos penosa.

Brianna había ido a su altura durante todo el trayecto, extendido la mano hacia ella cada vez que la sidhe tropezaba con algo o sus pies perdían el equilibrio, pero nunca llegó a tocarla. Caile iba detrás, a su espalda, con una flecha preparada. Cada vez que Awen trastabillaba, oía como la cuerda del arco gemía quedamente.

A pesar de las circunstancias, el verse rodeada por las que en condiciones normales serían sus enemigas, a parte de aquellos que habían sido sus dueños desde que había nacido, Awen se sentía… complacida con el trato que estaba recibiendo ahora por parte de las sealgair. No esperaba menos siendo lo que era. Toda su vida la habían tratado como poco menos que una mierdecilla. Nunca había visto que nadie la mirase con miedo hasta que había sacado la daga del cinturón del señor fae que había intentado tocarla por última vez.

Cuando llegaron a un claro amplio y de cierto aspecto bucólico, Awen pensó que la habían engañado. En aquel lugar no había nada, estaba incluso pelado de árboles. La luz incidía sobre el claro con intensidad, haciendo que la sidhe entrecerrase los ojos para poder ver. Sin embargo, había algo flotando en el aire, entremezclándose con este de una manera pesada, casi palpable.

Magia. Podía sentirla, distinta a la que ella estaba acostumbrada, pero magia de todos modos. Tenía un regusto repugnante, demasiado dulzón y amargo al mismo tiempo, como azúcar quemado, mezclado con el de una planta cuyo nombre no era capaz de recordar.

─Camina.

Dio un respingo al notar una punta afilada entre sus omóplatos, pero obedeció. Estaba a punto de protestar cuando notó que el aire ondulaba delante de ella, como si se hubiese convertido en una sustancia líquida.

Un estremecimiento cálido recorrió su cuerpo y entonces, todo a su alrededor cambió. Seguía encontrándose en el claro, pero ya no estaba rodeada de árboles. Ahora, se encontraba en el interior de una fortificación, rodeada de estacas de madera de más de dos metros, finas y de color claro, superpuestas para que formasen un muro de varios metros de alto y de espesor. Serbal de cazadores, se dio cuenta al notar cómo se le revolvía el estómago y se le erizaba el vello de la piel. La herida de su pierna, la que le habían hecho con la flecha y que todavía no había cicatrizado, escoció con más intensidad.

Encontrarse cercada por aquella madera que era mortal para ella no fue lo que más la inquietó. Verse rodeada de varias decenas de sealgair armadas hasta los dientes, algunas vestidas con el mismo traje negro que Brianna y Caile, otras con ropas más sencillas, era todavía más inquietante. Todas con la atención fija en ella.

Awen recorrió con la mirada el círculo de mujeres de diferentes edades, estaturas y colores de cabello, pero todas con complexión fuerte, tensas y preparadas para la lucha. Una escena que le habría resultado más legendaria y menos inquietante si ella no su objetivo principal.

─ ¿Qué es esto?

Awen se giró hacia la dirección de la que provenía aquella voz imperiosa. Se topó con una mujer alta, sin traje de batalla, pero no por ello menos intimidante. Sus ojos castaños estaban clavados en ella, inquisitivos, mirándola de una manera que la sidhe conocía muy bien; asco y desprecio. Sin embargo, esos sentimientos estaban mezclados con algo nuevo que comenzaba a serle gratamente familiar. Desconfianza.

─Una sidhe ─respondió Brianna a su derecha.

Awen sonrió lo justo como para que se le vieran los caninos alargados y rematados en puntas afiladas. La tensión a su alrededor se incrementó y pudo notar como los músculos de las cazadoras se contraían ante la visión de sus dientes. Sus labios se curvaron un poco más ante aquella reacción.

La mujer que tenía delante y que destacaba entre todas las demás, la Nighean Stiùiridh, supuso, enarcó una ceja oscura. No parecía demasiado impresionada, o por lo menos, no lo dejó entrever.

─ ¿Por qué está aquí? Viva ─puntualizó.

─Porque es una sidhe ─replicó Brianna con suavidad─. ¿Cuánto hacía que no nos topábamos con uno de su especie?  Nadie lo recuerda.

─Esa no es razón suficiente para haber traído hasta aquí, a nuestro poblado, a una… ─hizo una pausa breve en la que le dedicó a Awen un vistazo de arriba abajo muy rápido, demasiado incluso para que la feérica pudiese leer algo nuevo en su mirada─ inmortal. Con vida. Podíais habernos mostrado vuestro hallazgo trayendo simplemente su cabeza ─dijo, su voz ahora más suave y melosa que hace un instante. Las comisuras de sus labios, incluso, se habían curvado un poco hacia arriba mirando a la sidhe a los ojos.

─No ha sido idea mía ─se apresuró a decir Caile, que seguía detrás de Awen─. Todo fue cosa de Brianna, ella insistió.

La sidhe vio como la sealgair interpelada miraba a su compañera por encima del hombro, apretando los labios. Una mirada intensa que desprendía fuego de color esmeralda. La joven resopló en dirección a la arquera antes de volver a girarse hacia la Nighean Stiùiridh y decir:




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