De la tierra, se alzaron (un cuento oscuro, #0.1)

10

Awen regresó con lo que quedaba de su familia la tarde del sexto día.

Brianna había permanecido por las inmediaciones de la montaña desde media mañana hasta que comenzaba a anochecer cada jornada, nunca más allá del crepúsculo. Los inmortales pululaban por aquella zona durante todo el día, pero las noches… las noches eran diferentes. No sabía si era como la influencia que la luna tenía en las mareas o porque el amparo de la oscuridad los alentaba a actuar de una manera todavía más salvaje, pero la noche era el momento en el que los feéricos más bestiales salían a dar rienda suelta sus deseos, y el resto los acompañaba.

Caile a veces se quedaba con ella durante unas horas. Aunque Brianna se sentía agradecida por la compañía y la seguridad que le brindaba, apenas hablaban en esos ratos. Con el dolor que eso le producía, ella casi habría preferido que su fiel compañera permaneciese en el poblado. La sealgair con predilección por el uso del arco no pertenecía al mismo clan que Brianna; el suyo, por nacimiento, era el del Espino Negro, pero el campamento en el que se había criado durante sus primeros años de vida quedó arrasado. Por fae.

Estos no solían meterse directamente con las sealgair porque las temían. Lo suyo era, como el resto de inmortales, entretenerse con los humanos hasta convertirlos en juguetes rotos. Luego, esperaban pacientes las represalias de las cazadoras. Cuando eran ellas las que iban a buscarlos directamente, la cosa cambiaba.

No era raro que las hijas o familiares directas de las Nighean Stiùiridh llevasen a cabo su ritual de iniciación, su primera muerte feérica, cazando a un fae. Su estatus, pensaban muchas, lo requería. Entonces era cuando ellos las buscaban. Eso fue lo que aconteció en el antiguo campamente de Caile; una familia fae buscando venganza por la muerte de dos de los suyos durante su flùr le fuil y el de su hermana gemela había desatados los acontecimientos que llevaron a la sealgair a vivir en el poblado de Brianna. No había sido un caso aislado en aquel momento y todavía era algo que seguía aconteciendo. Nadie se había planteado nunca la posibilidad de cambiar esa tradición, aun sabiendo las consecuencias que podía traer; un contraataque, o la muerte de la joven sealgiar que estuviese realizando su ritual. Era una manera efectiva de averiguar quiénes de ellas estaban realmente cualificadas para llevar a cabo la tarea que Morrigan les había encomendado. Las muertes eran daños colaterales que podían tener lugar y que alimentaban el odio cazadoras y las razones de su causa. Así era como ellas lo veían.

Hacía un rato que su amiga, si es que aun podía llamarla así, se había marchado cuando notó que la esencia a su alrededor cambiaba. Beinn Nibheis estaba cargada con magia que hacía que la sangre de su cuerpo hormiguease de una forma molesta aunque conocida, casi como una alergia primaveral, pero pudo reconocer el poder de un feérico mayor destacando entre todo lo demás.

Supo que las cosas no habían marchado bien en el momento en el que los vio aparecer. Awen había hablado de su familia refiriéndose a un padre, una madre y un hermano pequeño. Cuando los sidhe quedaron a la vista, Awen solo venía acompañada de un hombre y un niño.

Los desconocidos se detuvieron en seco cuando avistaron a la cazadora, pero Awen les dedicó un gesto tranquilizador con la mano.

Brianna les dedicó una mirada profunda y analítica. No pretendía ser intimidatoria pero, entre la intensidad de sus ojos verdes y la ràsair sliasaid desenvainada en su mano, probablemente tuviera el efecto contrario.

Se podía apreciar, incluso con la capa de suciedad que cubría sus rostros, que ambos sidhe eran padre e hijo, y que estaban emparentados con Awen. A pesar de que su cabello, rubio muy claro, era totalmente diferente a la tonalidad morena cobriza de Awen, los tres compartían los ojos oscuros, casi negros, y rasgos como la forma de la boca, bien delineada y de labios finos, o la nariz, recta y fuerte. La mujer sidhe de la que Awen podría haber heredado los atributos que Brianna no encontró ni en el hombre ni en el niño no estaba allí.

La cazadora y la feérica intercambiaron una mirada. Brianna no pidió explicaciones de dónde estaba o que había ocurrido con la mujer sidhe que faltaba, y Awen no se las dio.

El recibimiento en el campamento fue exactamente como se esperaba. No hubo miramientos, ni palabras de consuelo. El trato fue igual que el que Awen había recibido, solo que esta vez, más cazadoras estuvieron presentes mientras los sidhe se acicalaban.

Brianna se preguntó si sus compañeras allí presentes sentían lo mismo que ella al ver el cuerpo de un niño marcado en la espalda con trazos rectos que se cruzaban aquí y allá. Si se estremecieron al ver las costillas marcadas bajo la piel. Si se sorprendieron al ver el cambio que se produjo luego de que la gruesa capa de suciedad, polvo y fango en su mayoría, se quedase en el agua y de ella saliese un joven sidhe hermoso hasta casi hacer daño a la vista, con el rostro más triste que nunca hubieran visto. Si también se les revolvió el estómago al darse cuenta de que le faltaban la primera falange del dedo meñique y del anular en una de sus pequeñas manos.

La única vez que Awen se dirigió a su familia mientras se aseaban, una de las cazadoras le llamó la atención; si iba a hablar con ellos, tenía que hacerlo en una lengua que las cazadoras entendiesen, no en aquella variante antigua que comenzaba a quedar olvidada en tierras mortales.

Awen no volvió a decir nada. Centró su atención en su hermano pequeño que, a pesar de que era evidente que trataba de mantener su miedo a raya, no dejaba de temblar ante cada movimiento de las sealgair; cada vez que una cambiaba el peso de un pie a otro, o cuando el acero de sus armas proyectaba un haz de luz, el niño se estremecía como un animal herido. Drake, pensó Brianna, había escuchado a Awen referirse a él de esa manera. Las sonrisas silenciosas que esta le lanzaba a su hermano eran las más dulces y las más dolorosas que la joven cazadora le había visto nunca.




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