De la tierra, se alzaron (un cuento oscuro, #0.1)

11

Awen había llegado hasta su dormitorio después de haberse paseado tranquilamente entre los faes que habitaban la mansión, a su lado, cruzándose delante de sus pies, haciéndolos tropezar y dejándolos desconcertados y preguntándose si habían sido tan torpes como para enredarse en sus propios pies. Había estado tentada, incluso, a descubrir cómo reaccionaban si a alguno de ellos le aparecía un corte de improvisto en la mejilla.

Finalmente había desechado esos pensamientos y se había dirigido a los aposentos del noble. Conocía el camino con precisión, demasiada tal vez. Volver a recorrerlo sin guardias que la sujetasen de los brazos y sabiendo que lo que ocurriría una vez cruzase la pesada puerta de madera adornada con el escudo de la familia del Hijo Predilecto, un escorpión rodeando con su cola un ramillete de malvaviscos en tonos rojo escarlata y blanco hueso, estaba totalmente en su mano era… placentero. Una sensación que se hizo más grande cuando vio al fae en sus aposentos.

Repasando unos papeles en el escritorio, este había seguido con su tarea aun cuando la puerta se cerró con un leve chasquido detrás de la sidhe. Awen dio vueltas a su alrededor, tocando la mesa con la daga que le había quitado del cinturón cuando había tratado de abusar de ella por última vez, más de un mes atrás. Y el fae, lord Aedan, parecía… parecía notar algo cuando la punta del arma tocaba la mesa, produciendo un sonido afilado. Se removía en la silla, lanzaba miradas furtivas a un lado y a otro, sus ojos pasando muchas veces por encima de donde Awen se encontraba, pero sin detenerse demasiado.

Ella había reído por lo bajo y, al final, se había inclinado por detrás de Aedan, el filo de la daga a escasas pulgadas del cuello de este. Podía notar su respiración sobre su piel igual que él, probablemente, estuviera percibiendo la suya. Awen se estremeció ante aquella imagen y ante las ideas que se le pasaron por la mente, raudas, excitantes. Así era como se debían de sentir los animales cuando cazaban, había pensado. Aquello que estaba experimentando en su interior mientras daba vueltas alrededor del fae, con su vida pendiendo en de sus manos, de la punta de su daga, era lo que debían de sentir los dioses cuando tenían las vidas de sus hijos en sus manos. O los gobernantes cuando mandaban a sus súbditos a una guerra.

Habría sido tan fácil pasar el filo sobre la piel, cortando carne y vasos sanguíneos principales… La habría llenado de tanto placer verse las manos manchadas con la sangre roja de aquel fae de nuevo, derramándose entre sus dedos y sobre la ropa blanca que el noble llevaba puesta... Esta vez, estaría segura de lo había matado. Tan sencillo y tan dulce…

Pero si lo hacía, tenía que ser rápida y debía ser silenciosa, y Awen no quería eso con él. Igual que Aedan no lo era con ella cuando se encontraba a su merced.

La sidhe se pasó la lengua por los labios una última vez, soltando un suspiro que removió el cabello oscuro del fae, y retiró la daga.

Continuó con el plan previsto, bajar a los túneles en los que residían los sidhe cuando no estaban trabajando y rescatar a su familia. Las entradas a los pasadizos estaban custodiadas por guardias fae, pero no tuvo ningún problema para colarse entre ellos. El descenso hasta al interior de la tierra fue íntimamente familiar. Caminar por aquellos corredores apenas iluminados que olían a desgracia y a dolor, en las condiciones en las que lo estaba haciendo, con la (casi) seguridad  de que volvería a salir de ellos no para trabajar ni para complacer a ningún fae en la cama, sino para iniciar una nueva vida con su familia, la hicieron pisar con fuerza y agarrar la daga con más firmeza. Su cabeza, alta y orgullosa. Sus hombros, cuadrados. Sin vacilación. Sin miedo. Una reina bajo tierra.

Se dirigió directamente a las celdas donde dormía su familia, tratando de no mirar demasiado al resto de sidhe con los que se cruzaba por el camino, pero le resultó imposible. No pudo evitar pararse a mirar entre los barrotes que atravesaban el túnel, desde techo hasta el suelo, tratando de discernir los rasgos de aquellos con quienes había compartido largas jornadas de interminable trabajo y comidas escasas. Los fae solían agrupar a los sidhe siempre en las mismas celdas, para tenerlos más controlados y poder contabilizar mejor cuantos morían al final del mes. Para saber cuántos iban a necesitar comprar. El estómago se le encogió al percatarse de cuantos faltaban y de la cantidad de caras nuevas que no reconocía. Muchos. Demasiados.

Apuró más el paso hasta llegar al calabozo que había ocupado ella no mucho tiempo atrás. Con la llave maestra que había robado al entrar, abrió la puerta y se escurrió dentro de la celda con rapidez, cerrando de nuevo tras ella con un chasquido silencioso. Pero no lo suficiente como para evitar que Drake, con su sueño ligero, no se despertase.

Su hermano se incorporó sobre las mantas raídas que usaba para dormir, mirando a su alrededor con el ceño fruncido. Awen se agazapó delante de él y los ojos oscuros de su hermano siguieron el movimiento, aunque ella sabía que no podía verla del todo. La silueta de su cuerpo comenzaba a ser visible; había pasado bastante tiempo desde que se había tomado el último sorbo del brebaje de invisibilidad. Por eso Aedan había podido escuchar el tintineo lejano de la daga y había sido vagamente consciente de su presencia.

Su hermano retrocedió hasta la pared de tierra que tenía tras él, tratando de alejarse de aquella especie de sombra viva.

─Drake, soy yo ─murmuró Awen, consciente de que ahora su voz era audible─. Soy Awen.




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