De la tierra, se alzaron (un cuento oscuro, #0.1)

12

Brianna trató de escuchar su relato con el rostro impertérrito, pero no estuvo segura de conseguirlo. Sobre todo, cuando habló de su encuentro con el lord fae. No fueron sus palabras realmente lo que la inquietaron, aunque su atrevimiento a la hora de entrar en la residencia sí la sorprendió. Lo que hizo que el vello de Brianna se erizase fue la manera en la que lo contó. Mordacidad y diversión fueron lo que tiñeron las palabras de Awen mientras hablaba. Una sonrisilla bailaba en las comisuras de sus labios, curvándolos hacia arriba en los extremos. Sus ojos volvían a ser como una daga de ónice pulido. Brianna pensó que nunca antes la sidhe que había encontrado en el bosque le había parecido tan… feérica.

Luego de que Kellan y Drake terminaran de asearse, todo estaba listo para su partida. Aquello cogió a Awen desprevenida. En un principio se había acordado que ella y su familia pasarían un tiempo con las sealgair, para ultimar los detalles de su vida en el mundo mortal; detalles que no tenían nada que ver con el futuro bienestar de los sidhe, sino con el de aquellos humanos con los que compartieran espacio. La joven sidhe podía entender el recelo de las cazadoras, pero darle más vueltas a esos pormenores le parecía absurdo. Al final, todo se limitaba a mantenerse lo más lejos posible de los humanos, no interactuar con ellos bajo ningún concepto, o lo pagarían caro. Así de sencillo y directo.

En un primer momento surgieron dudas sobre si dejarlos marchar de noche, con los peligros que eso implicaba, pero las sealgair decidieron que lo que les aconteciese una vez rescatados no era asunto suyo. Permitirles lavarse en su campamento ya había sido un acto de misericordia excesivo, pensaban algunas. Era hora de que partiesen.

La Nighean Stiùiridh se encontraba explicando de nuevo las condiciones que los tres debían acatar si deseaban llevar una vida tranquila y sin tener problemas con las sealgair cuando Brianna se dio cuenta de la expresión de Awen. La sidhe miraba a su madre con una mezcla extraña, teniendo en cuenta la situación. Desinterés, fastidio… y determinación.

Su padre y su hermano aguardaban un paso detrás de ella, vestidos ahora con ropas más apropiadas para el fresco y húmedo clima otoñal de las tierras altas. Brianna no podía evitar apretar con fuerza los dientes ante esa visión; cómo aquel feérico adulto, por muy esclavo que hubiera sido, por mucho que hubieran maltratado su cuerpo, podía permitir que su hija, una chiquilla, cargase con la responsabilidad de lo que estaban haciendo. Negociar sus vidas, presentes y futuras, con las mujeres que habían jurado ante su diosa destruir a los seres que eran como ellos.

La Nighean Stiùiridh no parecía darse cuenta del semblante de la feérica. Awen aguardó a que terminase de hablar, paciente, más condescendiente que respetuosa incluso. Brianna la vio tomar aire antes de hablar. Un ligero temblor sacudió sus labios antes de volver a exhalar.

─Nos gustaría, a mi familia y a mí, no partir solos en este viaje. Queremos hacerlo acompañados de los nuestros, de los demás sidhe que permanecen prisioneros en Elter.

─Tienes que estar de broma.

Brianna no tuvo tiempo de sorprenderse ante su propio atrevimiento al haber intervenido, porque Awen le respondió enseguida con el mismo tono con el que acababa de hablar.

─ ¿Por qué iba a estarlo?

─Solo hablaste de tu familia.

─He cambiado de idea.

Su tono pausado irritaba a la sealgair. Dio un paso adelante antes de seguir replicando, pero su madre se adelantó a ella.

─La respuesta es no.

La sidhe giró la cabeza hacia la Nighean Stiùiridh con la velocidad característica de los feéricos, inhumana. Las sealgair que los rodeaban, con las armas ya listas, adoptaron la posición de combate conocida. Vibraron alrededor de los inmortales como un enjambre importunado, las flechas y las espadas listas como aguijones. La propia Brianna hizo que su ràsair sliasaid se desplegase. El silbido del metal despertó a la criatura primitiva en que corría en su sangre.

El pequeño Drake se pegó un poco más a su padre, que rodeó al niño con un brazo, mientras su cabeza giraba a un lado y otro, mirando a las cazadoras que los rodeaban. Solo con un breve vistazo, Brianna se dio cuenta de que no era miedo lo que había en sus ojos. Era la misma mirada que había presentado en los establos.

Awen echó mano de su daga, pero no la sacó. Sus dedos se cerraron entorno a la empuñadura enjoyada, apretándola con tanta fuerza que sus nudillos perdieron todo su color. La sidhe dio un paso al frente, pequeño y cauteloso. Pareció acordarse de que llevaba el cuchillo sujeto y lo soltó antes de hablar, mirando directamente a la Nighean Stiùiridh.

─Tú tienes que entenderme. Son mi familia, todos ellos. Mi clan, mi pueblo, los fae e incluso el resto de los feéricos…

─Te lo dije en su momento ─la cortó la Nighean Stiùiridh, alzando apenas la voz, pero endureciéndola hasta volverla dura como un pedernal─ y te lo vuelvo a repetir, chiquilla. No nos compares.

─Solo necesitamos más de esa poción ─replicó la feérica─. La suficiente para conseguir sacarlos a todos de manera segura…

─Y una vez que los hayas liberado a todos, ¿qué haréis? ─volvió a interrumpir la madre de Brianna─ ¿Piensas traerlos aquí?




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