De Lilas y Aguamarina

1. Plato del día: Canapés maridados en alcohol.

Una vez más, su orgullo la había dejado fuera del nombramiento del menú.
La boda doble era preciosa, decorada con motivos verde manzana y verde turquesa mezclados con delicadeza y sin ostentación.
Los invitados acudían a la mesa para degustar los famosos canapés borrachos del chef Janeiro; aunque, en realidad, eran idea de Libertad.
Varios niños se acercaban a la mesa para degustar los canapés, y, sin embargo, a ellos se les ofrecía una versión realizada sin alcohol que no desmerecía respecto a la original.
Teodoro Janeiro la molestaba cuando sabía que Libertad lo hacía bien, manipulándola con una discusión para que renunciara a la autoría de cada receta. Así ha sido desde que empezó a trabajar en su empresa de catering, hace un año.
Pero habían sido tantas empresas con la misma metodología que Libertad había perdido la cuenta. La Seguridad Social lo sabe, ella no.
Se permitió sentarse un poco tras una de las mesas y una niña de menos de diez años se le acercó.
—Si está cansada, debería pedirle a su jefe algún compañero para repartir el trabajo. —Los ojitos azules de la niña irradiaban inocencia y comprensión.
—¿No te enseñaron tus padres que no debes hablar con desconocidos? —Libertad observó su cabello negro, como el suyo; con desdén lo solucionó—. Solo quiero fumar, ¿Quieres que te vapee encima?
La niña, con cara de horror, negó con la cabeza y huyó llamando a su madre.
Libertad sonrió por primera vez en el día.
—La infancia, qué insípida. Un poco de ironía nunca falla.
—Libertad, una niña sigue siendo cliente, y no una mosca de la fruta. —Un hombre ajado, pero con uniforme impecable, estaba inclinado hacia ella.
—Pues la atiendes tú, que para eso me ha sugerido que te pida otro compañero —Libertad se enderezó, poniéndose de cara a cara—. Y de paso se lo explicas. —Sonrió con superioridad.
A diez centímetros de Libertad, Teodoro Janeiro gruñó como un perro y acabó amenazándola:
—Estoy a esto —le mostró la mano con la posición de pellizco—, solo una pizca, para echarte.
—Adelante —le retó—, desde que yo estoy en tu estúpida empresa, tienes el triple de contratos.
—Te estás jugando el puesto, Lili. —Le advirtió.
—Y tú te estás jugando a los clientes, Teo. —Libertad sabía lo que valía.
Teodoro le señalaba, a punto de tocarle la nariz.
—¡No me tientes, Lili, no me tientes!
Teodoro huyó para no alzar más la voz y comprometer su trabajo.
Libertad estuvo tentada de perseguirle porque nunca le gustó quedarse con la palabra en la boca, pero la niña de antes se interpuso.
—Fumar es malo. —Según llegó por un lado, soltó la frase y se fue por el otro.
Libertad chasqueó la lengua, pero al levantar la vista, Teodoro había desaparecido.
Organizó los canapés sin alcohol en la parte más baja y los borrachos en lo alto de la estantería, por si alguien con hambre quería cogerlo directamente de la mesa de servir; así nadie comería nada indebido para su edad.
Ya entonces, y solo entonces, pudo buscar a Teodoro Janeiro. Le asqueó verle sin una bandeja en la mano, pero no le extrañó en absoluto. Estaba hablando con un invitado de la boda doble.
—Estaría dispuesto a ofrecerle un generoso contrato como chef principal del restaurante. —Sugirió el interlocutor.
—No me interesa vender mis recetas para ponerlas en un menú, gracias. —Teodoro sonó muy sobrado de ego.
Ese hombre no tenía ni idea de que los canapés eran idea de Libertad, se había creído la patraña que Teodoro le soltó desde el principio.
Pues Libertad estaba dispuesta a vender la receta; al fin y al cabo, ella era la creadora.
Se asomó un poco para verle la cara. Era un hombre joven, de cabello claro y ojos grandes, rasgados y de un profundo negro.
Un traje azul tormenta y camisa y corbata entre el azul y el verde. Era muy atractivo, aunque emanaba desde lejos ese aire de "niño mimado por papá y mamá" que tanto detesta Libertad.
Libertad volvió a su puesto y mientras atendía a todos los invitados a la boda, pensó en la manera de venderse como la creadora que era. Ninguna le convencía.
Se fijó en que el empresario se acercó a la mesa varias veces a picotear algunos canapés, y siempre acechaba los que eran creación suya; los canapés de Teodoro no le llamaban la atención. Eso le hacía sentirse valorada, aunque fuera por un pijo mimado.
Teodoro también se debió fijar, ya que tras la cuarta visita del hombre a la mesa, le empezó a interceptar con una bandeja, justo antes de llegar, de cualquier sabor de canapé.
Libertad le observaba tomar la especialidad del evento, uno tras otro. Al pijo realmente le gustaba el canapé borracho.
Una novia se acercó a Libertad, pelirroja y con detalles turquesa en el vestido.
—Los borrachos son todo un éxito —Señalaba los canapés—. Pero hay algún invitado con el punto subido.
Libertad se encogió de hombros.
—Cada persona debe conocer sus límites. —La sonrisa de suficiencia de Libertad hablaba por sí misma—. Si no pueden beber, que no los coman.
—¿Tanto alcohol tienen?
—Bizcocho salado bañado en Chacolí con lascas de atún; aunque esté flameado por encima, sigue teniendo alcohol.
—¡Caray! ¿Y el de los niños?
—Ese tiene un mosto amargo y está sin flamear, pero el pescado es el mismo.
—Pues he probado los dos y están geniales.
La novia se fue. En dos minutos apareció la otra novia, de raza negra, con el cabello hacia atrás y expresión vivaz.
—Los canapés son exquisitos. Y me dijo Janeiro que los creasteis juntos. Muchas gracias.
El jefe era realmente un hipócrita, se agenció la autoría de todo. Libertad no lo iba a dejar así.
—Cierto es que la mitad son míos y la mitad suyos, pero a medias no hemos hecho nada.
La novia ladeó la cabeza y señaló unas tartaletas con caviar sobre mousse de queso crema. Libertad se puso la mano en el pecho y lo negó.
Señaló unas tostas con ensalada de col con cebollino y Libertad también lo negó. Cuando señaló el único canapé borracho que quedaba en la bandeja, Libertad afirmó, al igual que hizo, tras señalar los tres canapés que quedaban de cecina toscana sobre espuma de parmesano en cucharas de pan de orégano.
—Los tuyos gustan más a la gente. —Comentó la novia de detalles verde manzana, con toda la inocencia del mundo.
—Lo sé. —Su cara de superioridad se vislumbró un poco.
Teodoro se interpuso.
—¿Puedo hablar con mi empleada?
La novia se fue por donde vino; no sin antes pillar los últimos canapés que quedaban en las bandejas casi vacías.
—Teo, ¿Dónde has dejado al pijo ese, que no querías que se acercara a la mesa?
—Llamar pijo a Lope es denigrarle.
—Claro, y que sepas a quién me refiero, eso no le denigra, ¿Verdad? —Libertad se cruzó de brazos, sonriendo con soberbia.
Teodoro abrió la boca con la intención de replicar, sin embargo, una mano sobre su hombro le sobresaltó.
—Una oferta más jugosa, le duplico la oferta. —Al tal Lope se le empezaba a ver algo entonado.
—¡Hala, chaval, te has pasado de canapés! —Soltó Libertad, filtrando su opinión para no parecer excesivamente grosera.
—¡Quiero más, quiero saber los ingredientes para robarte la receta y ponerla en el restaurante! —Lope le agredió con el puño en el brazo a Teodoro Janeiro.
—¡Las manos quietas, Lope, no me toques! —Teo apartó el puño de su brazo como pudo—. No estoy en venta.
—¡Pero yo si te puedo vender las recetas de mis canapés! —se interpuso Libertad con oportunismo.
Lope se giró hacia Libertad, la miró de arriba a abajo y soltó a Teodoro.
—Interesante oferta, bombón. —Lope empezó a retorcerse de manera grotesca, que seguramente él creía sexy.
Libertad mostraba orgullo, pero daba un paso atrás.
—¡Lili, estás despedida! —Gritó Teodoro Janeiro por encima del bullicio, llamando la atención.
—¡Gracias a Dios, ya era hora! —Ella empezó a desabrocharse los botones de la chaquetilla de chef— ¡No te aguanto más, gorrón!
Lope empezó a acercarse a Libertad como si estuviera hipnotizado.
—¿Qué vas a hacer, desnudarte? —se revolvió Teodoro.
—¡Vestiría mejor desnuda, que con la chaqueta corrupta de tu empresa de mierda!
Le tiró la chaqueta a los pies de Teodoro. Ella llevaba una camiseta de tirantes, mostrando su bonito cuello.
Un Teodoro enfadado cogió la prenda del suelo.
—¡No esperes indemnización ni nada semejante, arpía!
—¡La has despedido, Señor Janeiro! —Dijo el novio rubio, que lucía una gardenia de color verde manzana en la solapa—. ¡Todos lo hemos oído!
Unas cálidas manos le cubrieron los hombros con una chaqueta morada que olía a lavanda. Eran las de Lope.
—¿Qué estás haciendo, principito? —Le recriminó en tono despectivo, apartando las manos de Lope, pero sin quitarse su chaqueta.
—Defiendo a mi damisela en apuros, bella doncella. —Le contestó Lope al oído.
—¡Te voy a demandar por incumplimiento de contrato, Lili! —Teodoro seguía amenazándola.
—¡Llámame Libertad, gorrón de pacotilla! —Mientras recriminaba a Teodoro, le intentaba dar un pisotón a Lope, que la había sonrojado levemente—. ¡Te has apropiado de todos mis logros, cabrón!
Lope soltó a Libertad, para ponerse entre ella y Teodoro.
—¡No la toques!
Y le asestó un puñetazo.
Una exclamación inundó la fiesta.
—¡Don Lope! —Apareció un hombre alto y corpulento, evitando que Lope se liara a golpes con Teodoro, que había caído al suelo—. ¡Eso no se hace!
—¡Mauro, suéltame, que aún no le he dejado el ojo morado! —Lope movía los brazos con energía aleatoriamente, comprendiendo una amenaza para todo aquel que invadía su espacio.
Mauro le cogió en volandas y como si un saco de patatas se tratase, subió a Lope al hombro y lo sacó de la multitud.
—¡Mi chaqueta, Mauro, quiero mi chaqueta! —Lope pataleaba en brazos del grandullón—. ¡Se lo dejé a la doncella en apuros!
—¡Tiene muchas chaquetas iguales, jefe, es una de tantas!
Mauro no había avanzado ni cinco metros con Lope en brazos, cuando volteó sobre sus pies y agarró a Libertad de la muñeca, tirando de ella y llevándola consigo.
—¡Suéltame, gorila! —Libertad aporreaba el brazo de Mauro con su mano libre.
—¡Suéltala, gorila! —Lope seguía pataleando, aunque cambió la cantinela.
En el exterior, Mauro dejó a Lope en el suelo con soltura para después aflojar la muñeca de Libertad.




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