De Lilas y Aguamarina

2. Plato del día: Tentempié de tartar de cabrito.

Según la aflojó Mauro, lo hizo tan rápido que Libertad cayó de culo.
—¡Mi doncella! —Lope se abalanzó para abrazar a Libertad, levantándola con ligereza, abrazarla, ronroneándole en el hombro.
—¡Esto es surrealista! —Se quejó Libertad.
—Libertad, ¿Podrías ayudarme a llevarle al coche?
—¿Que yo te ayude? —Se irritó.
—Parece ser que contigo se tranquiliza.
—No quiero ayudar, quiero quitármelo de encima. —Aleteaba los brazos extendidos—. Literalmente.
—Pues ayúdame, y luego podrás irte.
—De acuerdo. —Libertad resopló.
—Lope Estuardo, despierta. —Libertad intentó susurrarle su nombre de manera dulce, pero sonó como si estuviera apretando.
—Doncella mía, no digas mi nombre como si estuvieras defecando. —Lope le acariciaba las costillas con su cara.
—¡No puedo con este malcriado, lo juro!
Lo soltó en el asiento de atrás de un coche negro, tirándose encima por la inercia. Cuando se levantó, Mauro estaba plantado detrás de ella.
—Tres mil euros al mes.
—¿Disculpa?
—Por acudir a los mismos locales que don Lope.
—¡Ni de coña! —Se quitó la chaqueta y se la tiró de mala gana a Lope, tumbado—. Además, ¿tú quién eres, su niñera?
—Soy su guardaespaldas. El puesto de niñera te lo ofrezco a ti.
—¡Estáis locos, los dos!
—Seis mil euros.
Libertad quería salir de esa situación.
—¿Por qué debería aceptar el trabajo? ¡No te consiento a ti, y mucho menos a él, que me uséis como un juguete!
—Tres por semana.
Libertad se paró en seco. Mauro lo decía en serio. Teodoro la había despedido. ¿Qué podría perder?
—Tres mil euros por salida, consumiciones aparte. —Extendió la mano.
Mauro sacó una tarjeta de su bolsillo y con ella en la mano, se la estrechó a Libertad.
—Bienvenida a la plantilla, Libertad.
Mauro se dirigió al coche, y arrancó, desapareciendo en el crepúsculo.
Libertad se dispuso a volver para recoger sus cosas y regresar a casa con su gato Neko.
Apenas tuvo que coger su maletín de cocina y su bolso, cuando ambos novios; el rubio con detalles verdes y el negro con detalles turquesa, le pidieron disculpas.
No se enteró muy bien si era un VTC o un invitado quien le llevó a casa, pero la estuvo alabando todos los gestos en los arrebatos contra Teodoro.
Cuando entró en casa, una bola de pelo naranja acudió a recibirla, frotando sus tobillos.
—Neko, deberías estar dormido. —Le regañó con el cariño que no había demostrado en todo el día—. ¿Sabías que he cambiado de empleo?
Neko se sentó entre sus piernas cruzadas cuando las subió al sentarse en el sofá viejo, rasgado y gris. Maulló ladeando la cabeza.
—Esta vez me acabó echando Teo; al menos no he dimitido yo.
—Meaaaou. —Se le entendió una pregunta.
Libertad abrió su lata de energizante, y Neko pareció fruncir el ceño.
—¡Oh, venga, Neko! —Tomó un sorbo— Vamos a hacer un maratón del dorama de anteayer, tranquilo.
El gato miró la lata y bufó un poco.
—Al menos voy a poder beber cuanto quiera en mi nuevo trabajo —Libertad levantó la mano para que Neko no alcanzara la lata—, porque me van a pagar por ir de discotecas con un desconocido.
El gato se puso de pie y se bajó de Libertad, como si se hubiera ofendido.
—¡Neko, no te enfades ahora! —Le reprochó.
Libertad se vio solo un capítulo, y, al ver que su gato no volvía, se fue a dormir.
A las ocho de la mañana un sonido ensordecedor proveniente del teléfono la despertó.
—¿Quién me despierta tan temprano en domingo? —Parpadeó y bostezó antes de mirar la pantalla del móvil. —¿Qué querrá ahora éste? —Descolgó—, ¿Para qué me llamas, Teodoro?
—Lili —empezaba mal si la llamaba así—, estoy dispuesto a olvidar la discusión de ayer si te disculpas de manera sincera.
Libertad volvió a bostezar. Tenía ganar de hacer chistes el hombre, pues se iba a reír.
—¿Tienes otro evento o fiesta y no abarcas tú solo?
—¿Qué? —Simuló ofenderse—, ¡Eso no tiene nada que ver!
—O sea, que sí.
—Lili, te perdono. —El orgullo de Teodoro le impedía admitir la derrota.
—No voy a volver, Teo; no gastes energías que te harán falta para enfrentar el catering de quince platos para cincuenta personas que pretendías hacer hoy.
Estaba segura de que Teodoro Janeiro no sabía nada de que ella estudiaba todos los eventos previamente.
—¿No puedes ceder, aunque sea un poquito?
—¿Más?
—¿En qué has cedido, Lili?
Neko intuyó por el tono de Libertad que iba a explotar y se acercó a su cama, saltando encima.
Suspiró profundo y en vez de calmarse, se irritó.
—¿Sabes qué? Tienes razón. Como no he cedido ninguna receta y todos nuestros clientes han creído que eran obra tuya; es hora de reclamar la autoría de todas esas recetas que has vendido a mis espaldas durante los últimos ocho meses.
Teodoro estaba muy seguro de su postura.
—No tienes pruebas de ello, Lili. Se pueden haber copiado, simplemente.
—Y por eso están adjudicados en la oficina de patentes bajo mi autoría, y no la tuya. —Libertad mostró su carta maestra, era un jaque mate.
—No puedes hacerme esto, Lili. —Teodoro empezó a suplicar.
—¡Oh, claro que puedo! —Estaba orgullosa de su jugada y pensaba usarlo a su favor—. ¡Y deja de llamarme Lili, coño!
—Libertad, por favor…
Ella soltó una risotada escandalosa que seguramente a él le desconcertó, pero que a Neko lo asustó.
—Fíjate si seré buena persona, que pretendía perdonarte.
—¿Tú a mí?
Libertad levantó una ceja, aún podía mandar a la mierda a su anterior jefe y ganas no le faltaban. Aún creía tener la razón y por eso ella marcó territorio como si fuera el capo.
—Pero me acabo de acordar de que tengo trabajo.
Eso le desconcertó.
—¿Tan pronto?
—Así ya puedes ir planeando ese menú, a ver cómo solucionas ese “tartar de cabrito” si ya está inscrito bajo mi autoría. —La satisfacción en su rostro era impagable.
—¡Pero serás hija de p…!
Libertad cortó la llamada antes de que Teodoro acabara la última palabra, llena de orgullo.
Una buena discusión siempre le abría el apetito y se preparó unas sencillas tostadas al estilo francés para desayunar y le abrió una latita de mousse de salmón a Neko.
—¿Quieres que veamos hoy los episodios que nos quedan o no? —Se sintió como si le lanzara la pregunta al aire, pues el gato no le respondió.
Tras desayunar, con el moño descolgado y el rímel corrido por toda la cara con un restregón, se miró al espejo y esbozó una sonrisa.
—Nuevo trabajo y no sé como se me va a dar.
Se acercó al lugar donde dejó el bolso al llegar, y buscó la tarjeta con el contacto de Mauro para mandarle un mensaje.
Todos salían como rechazados. La opción era llamarle y así lo hizo. Quería estar segura de su nuevo empleo, sobre todo porque parecía estar hecho bajo mano y no tenía pinta de ser muy legal.
—Buenos días, soy Libertad, me diste ayer una tarjeta con tu nombre —Leyó el nombre—, porque eres Mauro, ¿Verdad? El segurata del pijo.
—Si eres tan ofensiva, quizás no debería haberte sugerido el trabajo. —Mauro se puso serio.
—Fuiste tú quien me lo ofreció, grandullón. —Tiró de ironía; eso también se le daba bien.
—Lo sé —Pareció que se pensaba lo que decirle—, pero preferiría que obviaras ofender con tus palabras.
—¿Por decir verdades como puños?
—Por ser ofensiva.
—Mira —Libertad siempre estuvo segura de lo que pensaban los demás de ella—, si tu jefe no sabe beber es tu problema, y si se da de ostias con alguien, será por qué tú no haces tu trabajo.
—Eres difícil de roer. ¿Por qué llamabas?
—Quiero saber la rutina del puesto de trabajo y su legalidad. —Libertad fue directa al grano.
—Será legal, no te preocupes por eso. —Se tranquilizó bastante al oírlo—. El contrato consiste en figurante de eventos remunerada por disposición, y lo de las consumiciones aparte consta como servicios extras.
—Suena como si fuera una escort. —Libertad se rió.
—A esas se las paga por sexo, tu sitio solo es acompañar, y si es de lejos mejor.
—¡Eso es nuevo! —Se sorprendió.
—Estarás ahí cuando Lope empiece a violentarse para que deje de hacerlo. Pero hasta entonces, has de ser una persona entre la gente, ¿De acuerdo?
—¡Cristalino!
Libertad colgó y miró a su gato.
—Una Escort sin la obligación del sexo; va a ser un contrato curioso, sí, señor.




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