De Lilas y Aguamarina

5. Plato del día: Trampantojo de temaki sushi.

Libertad buscó un vestido sugerente, pero poco llamativo; que implicara baile, pero no desenfreno; que dijera que es bonita, y que no es accesible.
Escogió un vestido de corte lapicero y escote barco; de un color chocolate oscuro con reflejos metalizados.
Ojos ahumados, cabello tirante recogido en una coleta alta y alisada. Unos estiletos, el bolso y la cazadora de cuero; todo de color negro.
Al mirarse al espejo, se guiñó a sí misma un ojo.
Oyó un maullido muy condescendiente desde el suelo. Se agachó a acariciarle la barbilla a su gato.
—Me voy a cuidar de un niño, Neko. —Se puso el carmín burdeos ante el espejo del zaguán y salió de casa— ¡Quién me iba a decir que dieciocho años más tarde, volvería a cuidar de críos mimados!
Recibió la dirección al momento de llegar al portal y se quiso permitir un taxi.
Llegó tan rápido al local que aún no habían abierto y para no fastidiar su nuevo empleo, oteó la calle buscando algún Food truck o similar para meter algo al estómago. Y un local regentado por un oriental le tuvo que bastar para comprarse un sándwich envasado.
Un bocado de lechuga y atún. Prefería la lechuga de mar o alga nori, o el atún en sashimi en vez de en conserva. Pero se tendría que conformar con el gusto común del resto de mortales.
Se apoyó en la columna que enmarcaba el estrecho local, y desde la cual se veía perfectamente la entrada al local nocturno.
Abrieron la discoteca a las diez de la noche en punto y Libertad se jactó de que alguien con esa apariencia de caprichoso, no llegara puntual, era hasta lógico.
Pero estuvo esperando veinte minutos y no le pareció que ningún pijo mimado se pareciera al gato empalagoso de la boda del fin de semana anterior.
Se esperó hasta la media hora de rigor y llamó a Mauro.
—Oye, grandullón, ¿a Lope se le tragó el fregadero o qué pasa?
Un ritmo machacante de fondo y una coreografía de voces femeninas le dieron el peor de los presagios, y Mauro tampoco ayudó.
—Libertad, don Lope y yo llevamos en el local desde que abrió.
—¡Joder, yo he visto abrir el local y no os he visto! —Rodó la vista, no era plan de pedir explicaciones— ¡Me pongo a la cola y entro! Como en quince minutos estaré dentro.
—Eres concienzuda, para no estar en tu elemento, cocinera. —Bromeó Mauro, sonando paternalista—. Pero no nos has visto porque hemos entrado por la puerta trasera; es lo que tiene ser el dueño del local; hablo del señor Lope, obviamente.
—Ah, podías habérmelo dicho; he perdido media hora de baile por tu culpa, guardaespaldas. —Bromeó ella también.
Libertad se colocaba en la cola mientras colgaba la llamada.
—¿Libertad? —Se oyó al guarda de la puerta preguntar por el nombre.
Una chica que iba con dos amigas, levantó la mano. Libertad también.
—¡Yo me llamo Libertad! —se adelantó la chica, que estaba a la mitad de la fila y sus amigas la siguieron.
Cuatro chicas acudieron a la llamada y el portero las miró con recelo, incluyendo a Libertad.
Se veía de lejos que no tenían la misma edad. Y el hombre debió de recibir alguna indicación por el pinganillo.
—¿Me enseñáis el DNI? —Sonrió.
La supuesta otra Libertad dió un paso atrás.
—No lo llevo encima. —La chica le miró con reticencia.
Libertad dió un paso adelante y mostró el suyo.
—Ese sí es mi nombre, niña. —La miró con superioridad.
El portero la miró con admiración y la dejó pasar. Cuando pasó a su lado, le comentó:
—Si no te gusta el jefe, puedes probar un poco de mi mercancía, seguro que te encantará.
Libertad sonrió con suspicacia y se acercó a su oído.
—Si la humanidad dependiese de que yo pruebe tu mercancía —se apartó un poco y tras un vistazo a su entrepierna volvió a terminar con lo que había empezado—, nos extinguiríamos seguro. Porque no me acostaría contigo ni muerta, pero es que con eso no me llegas ni a los zapatos, bocazas.
—¿Y si no te dejo pasar? —el segurata se cruzó de brazos— ¡por borde!
—¿Llamo a Mauro o lo haces tú? —Respondió Libertad con chulería.
El portero la dejó pasar, rendido y humillado. Y en la puerta le esperaba Mauro, cruzado de brazos y con una sonrisa, más de satisfacción que de expectación.
—Me acerqué a ayudarte, pero ya veo que te vales sola, pequeña.
—No soy una mujer bajita —Libertad le imitó cruzándose de brazos—; aunque claro, comparada con un baloncestista halterófilo, como pareces tú —le palmeó el brazo—, todos somos unos enanos.
—Me caes bien, Libertad. —Mauro extendió la mano, pidiéndole su cazadora de cuero—. Espera en la barra del bar y te traigo el contrato.
El guardaespaldas se fue a una sala privada y regresó en menos de cinco minutos con los papeles. Libertad notó que el musculoso brazo de Mauro la rodeaba para poner la mano al otro lado de la barra.
—Oye —Libertad se sintió desubicada—, ¿Qué haces?
—Protegiéndote, como a don Lope.
Ella se giró levemente para mirar hacia la mano de Mauro y se fijó en que tres pagafantas se alejaban.
—Gracias —le sonrió ligeramente—, pero les hubiera espantado con espontaneidad; soy buena en eso, y mucho.
—No lo niego; a Nicolás, el de la puerta, le has dejado blanco. —Levantó el símbolo de la victoria al camarero de la barra para que le pusiera dos unidades de algo—. Pero este contrato —Mauro puso su manaza en los papeles—, lo firmas conmigo; aunque esté el nombre de don Lope en él, él no debe saber que esto existe.
—No es la primera vez que trabajo de niñera, me pagué la escuela de cocina cuidando niños. —Libertad se encogió de hombros mientras firmaba el contrato por duplicado.
Mauro ojeó el DNI de Libertad y se lo dió para que lo guardara. Una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro y soltó la protección que le estaba poniendo a ella por la espalda.
Cogió ambos vasos de ginebra con hielo y miró a Libertad desde su hombro.
—Pues al final sí que va a estar obsesionado con ella.
Y Mauro volvió junto a Lope, mientras Libertad guardaba sus cosas en el bolso y se pedía un licor de melocotón sin alcohol con gaseosa.




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