De Lilas y Aguamarina

6. Plato del día: Cheesecake infusionado con café.

Mauro entró en la sala VIP metiéndose un papel doblado en el bolsillo del interior de la chaqueta.
—¿Y ese papel que te guardas, Mauro?
—Una lista de contactos para investigar que me dió el jefe del local, nada que le interese, Don Lope.
Lope alzó una ceja, no terminaba de creérselo del todo.
—¿Pero no te lo da al día siguiente?
—La semana pasada fuimos a la boda de su amigo Evan Osborne, señor. —Mauro se mostró entero y sin fisuras—. Es la lista de la semana pasada.
Lope se quedó conforme y se bebió una copa de sidra de un trago.
Mauro negaba con la cabeza mientras dos hombres aleatorios que presumían de ser amigos de Lope le invitaban a seguir bebiendo.
Siempre era igual, Lope cantaba a la legua de ser un millonario algo tonto al escoger amistades. Y algún que otro interesado siempre se le acercaba para beber gratis, algo que normalmente no les era accesible.
Esta vez le tocó el turno a un tal Carlos y un tal Daniel.
Lo malo de esas alimañas, es que luego son las primeras en sufrir los estragos violentos de Lope cuando ya está tan ebrio que no recuerda nada después.
A las dos de la madrugada, Lope ya empezaba a mover sus manos con demasiada ligereza de culpa.
—¿Crees que podrías presentarme a alguna famosa macizorra para tenerla en el móvil? —Preguntó Daniel con algo de chispa también.
—El hotel de mi padre mantiene el anonimato de los clientes, chaval. —Contestó Lope poniéndose en pie.
—Don Lope, tranquilo. —Le avisó Mauro.
—¡Yo quiero saber si han hospedado a Christina Aguilera! —Intervino Carlos, con más morro que espalda—. Me gustan las bajitas.
—¡Qué no voy a decir nada! —Lope se cruzó los brazos como un niño pequeño.
—¿Y otra ronda de tequila? —Pidió Carlos.
—¡Sin limón, a palo seco! —Daniel metió baza.
—Esta vez invitáis vosotros, cabrones. —Lope intentaba mantenerse sereno, pero ya no lo estaba del todo.
—¿A quién llamas cabrón? —Daniel se puso en pie a duras penas— ¡Eso lo serás tú, gilipuertas!
Mauro se palmeó la frente.
Daniel se cayó sobre Lope, que estaba sentado, y le tiró los hielos encima.
—¡Hala, tío, todo el whisky! —Se alarmó Carlos.
Mauro miró su reloj, pensando que era relativamente pronto, y, quizás, podría dormir más de cuatro horas en fin de semana.
—¡Largo de mi discoteca, gorrones de mierda! —Lope intentó levantarse—. ¡Mauro, échales!
—¡Sí, señor!
Se alegró genuinamente de que esta vez, su jefe se diera cuenta a tiempo.
Lope sacó fuerzas de donde no las tenía y se levantó para darle una patada en el trasero a Carlos, que iba detrás. Atinó, pero la inercia hizo que cayera de espaldas.
—¡Me has tirado al suelo, cabrón! —Lope no era capaz de levantarse del suelo.
—¡Te has caído tú, idiota! —Le gritó Carlos justo antes de salir por la puerta y cerrarla tras de sí.
—¡Al final, voy, y le arreo!
—¡Don Lope, el chaval ya se fue, déjelo!
—¡Que no, que se ha ganado un ojo morado, el gorrón de mierda!
Lope le dió un pisotón a Mauro cuando le intentó ayudar a levantarse.
—¡Don Lope!
—¡Ayúdame, so memo!
—¡Joder, jefe, pero no me deje cojo, que no le cojo!
—¡Anda, un juego de palabras! —Una voz femenina provenía de la puerta abierta.
—¡Mi princesa!
—Huy, he ganado categoría, ahora soy princesa. —Ironizó Libertad mientras se acercaba al borracho del suelo.
—Me parece a mí, que tú eres una guasona de mucho cuidado. —Le comentó Mauro, agradeciéndole entre líneas.
—Guasona o seria, me llamó la atención una mano en el cristal y subí a cotillear. —Informó ella.
—Pues hoy ha sido pronto, lo mismo puedo descansar y todo. —Bromeó Mauro.
—He oído a los niñatos que han salido de aquí que le han sacado un Bourbon, un DYC y no sé qué más; pero que ninguna chati.
—¡Ah, sí, los de hoy le querían sacar información de alguna inquilina habitual del hotel para contactar por teléfono!
Libertad se agachó con soltura pese a llevar ese vestido y le tomó a Lope de las axilas.
—Lope, agárrate de mis hombros, que tienes que hacer fuerza conmigo. —Libertad le indicó una maniobra fácil para levantar a un paciente en un hospital—. Contaré tres y tiras de mí, mientras yo, tiro de tí.
Libertad hizo un gesto a Mauro para que se ubicara lo más detrás de Lope posible y poder levantarlo.
—Una, dos, y tres. —Contaron los tres a la vez.
La inercia del esfuerzo tiró a Libertad al suelo, con Lope encima y Mauro de pie con los brazos extendidos hacia la pareja.
—¡Perdón, tengo mucha fuerza! —Se excusó el guardaespaldas.
—¡Anda, no me digas! —Resopló Libertad.
—¡Princesa, lucharé contra ogros y dragones para pedirle al rey vuestra mano! —Lope estaba acomodándose sobre ella.
—¡Joder, la edad media! —Libertad intentó zafarse y le llamó la atención a Mauro— ¡Fortachón, energía contraria!
—¿Dos personas? No sé yo…
—Mauro, joder; Lope me puede coger como si fuera una pluma, y tú a él como un saco de patatas. ¿Acaso me estás llamando gorda?
—¡Que no es eso, Libertad, joder, que no os abarco a los dos!
—Pues intenta quitármelo de encima, que como va a tirar de mí, creo que yo podré moverme sola, aunque él intente agarrarme.
Mauro empezó a tirar de Lope, mientras Libertad intentaba incorporarse un poco desde su posición.
—¡Yo quiero yacer con mi princesa, déjanos en paz! —Lope le intentó dar una coz.
—¡Jefe!
Libertad intentaba comprender la lógica del borracho y decidió improvisar alguna treta que recordaba de sus años de instituto.
—Mi… gentil caballero, vos sabéis que me tenéis prendado el corazón. Mas si no le mostráis al rey vuestras artes en la danza, no sabrá si sois digno de engendrar a sus nietos. —Libertad no sabía hacia donde mirar, y ella misma se había dado cuenta de que se estaba ruborizando.
—Como vos deseéis, princesa. —Lope parecía el Capitán Rodgers frente a Buttercup.
Lope se puso en pie con torpeza y extendió los brazos como la figura masculina del vals.
Con una enorme sorpresa, Mauro y Libertad se miraron entre ellos.
—¡La leche! ¿Y ahora qué, tengo que bailar? —Preguntó alarmada Libertad, negando levemente con la cabeza.
Mauro se encogió de hombros, pues era la primera vez que Lope obedecía tan ciegamente a alguien.




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