De Lilas y Aguamarina

7. Plato del día: Emperador al pimentón.

Mauro movió las manos, invitándola a participar. Libertad, en cambio, tenía la sensación de haberse puesto ella sola la zancadilla.
—¡No sé bailar, joder!
—¿Entonces por qué se lo sugieres, leche? —Mauro no sabía si reír, llorar o inmiscuirse— ¡Ahora bailas!
Libertad se acercó a Lope con algo de resignación. Alzó las manos como sabía que se hacía por los programas de televisión, dispuesta a llevar de una manera tan burda a Lope hasta la puerta del local; cuando antes de llegar al medio metro de distancia, Lope cambió su postura y se colocó en versión femenina.
Mauro se sorprendió, pero Libertad se desconcertó.
—¿Ahora el pijo quiere hacer de la mujer?
Mauro se encogió de hombros como respuesta.
—Mandar me gusta, supongo que estaré más cómoda mandando —Libertad también se cogió de hombros—, aunque no sepa bailar.
A Mauro se le escapó una risa atropellada, algo que desquició a Lope.
—¡En guardia, bufón! —Lope descompuso la postura para atacar a Mauro— ¡Por Dios, que defenderé el honor de la princesa Lilith de cualquiera que ose mancillar su honor!
—¡No jodas, Lope! —Libertad pataleó como una niña pequeña—, ¿Tú también me llamas Lili?
Mauro abrió mucho los ojos, eso no era nada normal. Aunque el comportamiento de Lope ebrio nunca lo fuera.
—¡Será la memoria residual de la semana pasada, yo que sé! —Se excusó Mauro tras algo que no era del todo descabellado.
—¡Odio ese apodo, joder!
—¡Libertad, que me agrede! —Se quejó Mauro, con Lope literalmente intentando darle un puñetazo a duras penas.
Libertad se enderezó y con solo tocarle el hombro, Lope se tranquilizó.
—¿Sir Lope? —probó—, ¿Agredís al bufón de la corte que os acoge; queréis mi mano o provocar una guerra?
—¿Tú también me llamas bufón? —replicó Mauro entre dientes.
—¡Ha sido idea suya! —Contestó Libertad al guardaespaldas, se giró a Lope a continuación y se forzó a sonreír— ¿Por dónde íbamos?
—Princesa Lilith, ¿Ya no os agrado? —Lope se había vuelto algo más perspicaz con tanto alcohol encima, pues no le había pasado desapercibido que ella forzara una sonrisa.
—Desde luego, como me sigas llamando Lili, es como va a acabar la cosa. —Libertad dejó de fingir el medievo.
—¡Quiero bailar! —Lope se echó directamente encima de Libertad, con los brazos en su cuello.
—¿Podemos llevarle ya al coche, o voy a tener que bailar al final?
—¡Sí, sí! —Mauro agitó la cabeza— ¡Disculpa, me dió un deja-vù!
—¡Mira, Mauro, cachondeos los justos!
—No era sobre tí —Se excusó—, o eso quiero creer.
—¿Te importa explicarte mejor luego? —Libertad se detuvo un momento a descansar—, porque aquí, el galán de película histórica, me está empezando a pesar.
—Le llevaría en brazos si no fuera porque daría muy mala imagen —Mauro cogió la cazadora y el bolso de Libertad, y la cartera y móvil de Lope—, sobre todo, que el dueño de la discoteca salga en brazos de su guardaespaldas como un saco de harina.
Salieron de la sala VIP. Libertad apenas se movía con Lope sobre ella y lograron salir por la puerta trasera, al pie del Mercedes negro de Lope.
—Vale, ya está aquí; ahora a casita a dormir, rodeado de papá y mamá, que te adoran. ¿Vale?
—No quiero ir, Lilith, ellos no me quieren, solo me quieres tú.
—¡Y dale con Lili, me llamo Libertad, joder!
—Li… ¡No me dejes solo! —Se abrazó a ella con fuerza y acabó quedándose dormido en décimas de segundo— ¡Tú no!
Mauro intentó meter las manos entre Lope y Libertad, pero temía tocar alguna parte indecorosa y le fue imposible.
—¡Mauro, joder, llévatelo! —Libertad no se podía apenas mover más que para respirar con Lope Estuardo dormido sobre su hombro—. ¿Cómo pretendes que le saque de aquí, si apenas me deja hablar? —Sintió la mano de él aferrarse a su hombro—. ¡Mauro, por tu padre!
—Libertad, ya estamos fuera. —Intentó trasmitir una calma que no tenía.
—¡Habla por ti!
—Ya estamos en la calle, Libertad. —Mauro no mentía.
—Ja, ja, ja. ¡Me parto contigo, tío! ¿Y como salgo yo de este armatoste que tenemos por jefe?
—Se me ocurre una cosa, pero creo que no te va a gustar. —Mauro sonrió con algo de disculpa y mucha condescendencia.
—Sorpréndeme.
—Creo que le calmas más cuando eres tú misma.
—¡De eso ya me he dado cuenta, yo solita, hace un momento, muchas gracias!
—Así que si me acompañas a su casa…
—¡¿Qué?! —Libertad se giró hacia Mauro, pese a tener a Lope dormitando sobre su hombro— ¡A ti se te va la olla, Mauro!
—Libertad, piénsalo —Y la mole de dos metros que es Mauro, juntó las manos como en una plegaria—, ¡Te juro que luego te llevo a casa, te lo juro!
Libertad lo pensó con detenimiento, así se ahorraba el taxi o VTC, que eran un mínimo de veinte euros a esas alturas de la noche. Se acordó de la prima.
—Aún no me has pagado lo de hoy, por cierto.
—Hoy te ha salido más rentable a tí que a mí la noche.
—¡Un trato es un trato, grandullón! —Libertad sonrió a lo que pudo ver del guardaespaldas por encima de la cabeza de Lope.
Mauro sacó de un bolsillo interior un fajo de billetes, sujetos con una goma.
—Lo prometido: tres mil euros, te puedes fiar de mí.
—¿Y las consumiciones?
—Joder, Libertad, ¿No las has cargado a la cuenta del jefe?
—Pues lo cierto es que he procurado ser previsora y he intentado no meterte a tí en un lío —Marta suspiró como pudo, aun cargando con Lope dormido—, pero visto lo visto, para la próxima vez lo hago.
Mauro abrió la puerta de atrás del coche, Libertad consiguió entrar en la parte trasera sin molestar el sueño de Lope y se puso el cinturón de seguridad a duras penas.
—¿Qué has bebido?
—Licores sin alcohol, no me gustan sus efectos —Comentó Libertad mientras intentaba zafarse de Lope por enésima vez y abrocharle el cinturón de seguridad—, pero esta vez te lo perdono porque eres el único que me llama por mi nombre.
—¿Libertad? —Mauro se sentó al volante y se puso el cinturón del asiento también.
—Me harta y me cansa tanta Lili por todos los francos, mi nombre no es nada feo y lo preferí siempre antes que ese ridículo diminutivo. Libertad y punto.
Lope se dejó caer por el cinturón y se volcó, terminando de acomodar su cabeza en el regazo de Libertad.
Ella se asustó un poco.
—Te pega Libertad, la emoción de poder decir lo que quieras, no como yo. —Soltó Lope desde su fase REM— Te quiero siempre a mi lado.
Mauro sonrió para sus adentros, pues cuanto más los veía interactuar, más seguro estaba de que Lope necesitaba de Libertad para sanar sus heridas y recuperar la cordura que perdió con once años.
Pero Libertad, sorprendida y con la guardia baja, se sonrojó, cruzó los brazos y con el ceño fruncido, no quiso apartar la mirada del exterior del coche en todo el camino.




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