De Lilas y Aguamarina

8. Plato del día: Agrio cóctel de marisco fresco.

Mauro echó un vistazo por el espejo retrovisor.
—¿Te sorprendió lo que dijo?
—Estoy incómoda, eso es todo. —Libertad resopló sin apartar la cara de la ventana.
—Estamos a punto de llegar a la mansión de los Estuardo.
—Vale.
No tardaron ni cinco minutos en llegar. Mauro no quiso ocupar el estacionamiento y se paró en la parte del jardín que daba a las dos viviendas, la de la familia y la del servicio.
—¿Le puedes quitar el cinturón?
Libertad estaba ausente. La pregunta le pilló desprevenida y se sonrojó medio segundo. Pero enseguida supo a lo que se refería Mauro.
—Creo que podré hacerlo si consigo hacer que separe la cabeza de mi vientre y la acercara a mis rodillas. —Puso media sonrisa y se encogió de hombros.
Dicho y hecho; Lope se acomodó, tal cual había sugerido teóricamente Libertad.
—Madre mía, Libertad, pareces su ama.
—Lo dices como si fuera algo bueno.
—Si le conocieras la mitad de lo que le conozco yo, verías que eso es bueno para todos, incluso para él.
Libertad pulsó ambos cinturones y el suyo golpeó a Lope ligeramente en la frente.
—Ups, perdón. —A Libertad se le escapó al ver el golpe en la sien del hombre en su regazo.
Una pequeña sonrisa en el rostro de Mauro apareció al abrir la puerta al pie del asiento de Libertad.
—No eres tan ruda como quieres aparentar, Libertad —Mauro consiguió poner una mano entre la cabeza de Lope y las rodillas de Libertad—. Ya te puedes quitar.
Intentó deslizarse hacia la puerta para quitarse literalmente de debajo de Lope.
El hombre sorprendió a los demás girándose, y acabó boca arriba. Dejando atrás la mano de Mauro que le sostenía la cabeza.
—¿Disculpa? —Se ofendió Libertad, pero recordó los roles de esa noche— ¿Podremos salir del carruaje, Sir Lope?
Lope extendió el brazo y lo metió tras las lumbares de Libertad.
—La libertad que siempre aspiré a tener —Lope giró la cabeza y hundió la nariz en el vientre de Libertad—. La libertad tiene olor a lilas.
Mauro no pudo contener una carcajada tras ver la cara de desconcierto de Libertad.
—Sir Lope, levántese. —Libertad tomó aire y quiso hinchar el abdomen para que el otro se moviese; pero le fue en vano—. ¡Sir Lope!
—Princesa… —Ronroneó Lope desde su posición, haciéndole unas cosquillas algo inoportunas.
—¡El dragón, Lope, el dragón! —Chilló Libertad, aguantándose estoicamente una risotada por las cosquillas.
Lope se enderezó y abrazó a Libertad, cubriéndola por completo como pudo.
Cuando Mauro se sosegó, al ver la nueva situación, dijo:
—Al menos ahora podéis pasar por una pareja.
—No digas gilipolleces, le saco… no sé, ¿diez años o más?
—¡Qué bien te conservas, para tener casi cuarenta tacos!
Libertad tiró de Lope y consiguió salir del coche, aun con el pijo a cuestas.
—¿Qué edad tiene el principito Lope? Si se puede saber, claro.
—Veintinueve años. ¿Acaso él tiene la misma edad que tú?
Libertad entrecerró los ojos, sabía que era un chascarrillo, pero no le gustaron nunca los halagos gratuitos.
—Tengo treinta y cinco años, y he vivido a costa de aguantar a tipos que se creen mejor que cualquier mujer a la que se enfrenten.
—Yo no pienso eso, Libertad.
—Ya me he dado cuenta.
—Y Don Lope tampoco.
—Eso habrá que verlo, Mauro.
—Tú no le conoces como yo.
—Por eso lo digo.
Ya estaban ante la puerta trasera de la casa principal. Libertad estiró el brazo y llamó a la puerta.
Una mujer, con un hombre dormido y abrazado a sus costillas. Con un hombre alto y corpulento, a modo de guardia real británica, justo detrás. Hacían una postal bastante dispar y aleatoria.
Les abrió la cocinera.
—Huy, hola. —Reparó en Lope—. ¡El señorito Lope! —miró a Mauro con severidad— ¿No te da vergüenza hacer que la pobre chica cargue con el señorito?
La mujer intentó despertar a Lope y este le respondió dándole un manotazo.
—¡Quiero estar con mi princesa! —Le gritó Lope.
—A mí me da patadas si me lo cargo encima, así que no le provoques, Paca.
—Huele bien, ¿Es algún guiso casero lo que huelo? —Libertad, siempre pensando en nuevos sabores para sus platos.
—La novia del señorito tiene muy buen olfato. —Sonrió Paca con dulzura.
—No soy la novia de nadie, solo soy su carabina. —contestó Libertad con desdén.
Caminó con soltura hacia delante, hacia la escalera que daba a las habitaciones.
—¡Mauro! —le llamó— ¡Necesito ayuda para subir las escaleras!
El guardaespaldas sonrió con satisfacción. Paca le retuvo.
—¿La carabina del señorito, como sabe la distribución de la casa?
—Se llama Libertad, pero sospecho que también es Lilith.
—¿La única niñera que no espantó Don Lope cuando era pequeño?
—¡Mauro! —Libertad le volvió a llamar—. Lope no es precisamente una pluma, ¿sabes?
Mauro asintió y se fue a ayudar a Libertad para subir a Lope.
—¿Qué te ha preguntado la cocinera, Mauro? —Preguntó Libertad desde tres escalones por encima de Mauro, que empujaba desde abajo.
—Quería saber el motivo de que no preguntarás por donde se iba a los sitios.
—Todas las casas millonarias son prácticamente iguales, varían poco. —Libertad alcanzó la planta de las habitaciones.
Un atisbo de decepción se coló en el ánimo de Mauro.
—Supongo que será cierto.
Una puerta al fondo del pasillo, delante de ellos, se abrió y apareció doña Margarita. La señora, a oscuras, se acercó al grupo y reparó en Libertad.
—¡Muchacha!, ¿Cómo es que eres tú la que carga con mi hijo y no su guardaespaldas? —se giró hacia Mauro—¡No haces tu trabajo como es debido!
Le dió una palmadita cariñosa en el brazo y prosiguió su camino, directa a la cocina. Mauro suspiró.
Libertad había observado toda la escena y sintió algo de lástima por el guardaespaldas.
—¡Venga, que estamos a tres metros de la puerta y no debemos demorarnos! —Libertad le apremió para quitarse a Lope de encima.
Mauro calló y apenas emitió algún monosílabo que otro mientras soltaron a Lope sobre su cama; acudieron al coche y Mauro la llevó a su casa.
Cuando Mauro paró el Mercedes negro para que se bajara Libertad, rompió su mutismo.
—Francisca tiene razón, tú has estado en esa casa antes.
—Las casas de todos los ricos se parecen, no le des más vueltas, Mauro —Libertad le restó importancia—. ¡Hasta la semana que viene!
Libertad sonrió sin mucho afán y contempló como el automóvil se alejaba.
Entró al portal y en cuanto cerró la puerta de su casa y vio a Neko en su cama del salón, se derrumbó en el sofá.
El gato, curioso, saltó al pie de Libertad y le frotó el brazo, pidiendo mimos.
—¿Lope será alguno de todos esos niños a los que cuidé cuando era joven?




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