Cuando Libertad se despertó, se encontraba cansada, y tener un gato durmiendo sobre el cuerpo, no ayudaba.
—Oye, que no eres un lagarto para que tengas que dormir sobre algo calentito.
Neko se bajó hasta ponerse al lado y Maulló con cariño.
—Claro, ahora me haces la pelota para que te dé el desayuno, ¡Eres un zalamero!
Neko afirmó, como si la hubiese entendido y se bajó definitivamente de la cama, en dirección a la cocina.
Libertad miró el reloj de la mesita de noche, vio que eran las ocho y media de la mañana y bufó como lo hubiera hecho su gato.
—¡Joder, que hoy es sábado!
Se levantó de mala gana y cumplió con la rutina de darle al animal su ración vespertina de pienso y agua, para prepararse religiosamente una tostada con mantequilla y un café con leche.
Se sentó en el sofá para buscar alguna emisora de radio y Neko se subió junto a ella.
—¡Qué rollo, pongo la de siempre!
Libertad sintonizó la emisora y los comentaristas anunciaron un par de canciones y estás empezaron a sonar.
Conectó la aspiradora, algo que no le agradaba al gato, y empezó a pasarlo por la alfombra del salón.
En la emisora de radio empezó a sonar una canción que Libertad siempre apreció porque la abstraía de su vida.
—¡Yo lo que quiero, uoh oh! —Cantaba mientras cambiaba el accesorio de la aspiradora— ¡Es verte sonreír!
Libertad se dispuso a pasar la máquina por el sofá.
—¡Yo lo que quiero, uoh oh oh! —Entonó más alto— ¡Es que tú bailes junto a mí! ¡Y te sueltes el pelo! —se quitó la goma que le sujetaba el pelo y empezó a girar la cabeza, como si estuviera poseída—, ¡y luego, si quieres, el sujetador!
Se llevó la mano a la espalda, y le dió un pinchazo en las costillas.
—¡Mierda!
Se sentó en el sofá y apagó tanto la aspiradora como la televisión. Hombres G dejó de sonar.
Se levantó levemente la camiseta oversize que usaba de pijama y no vio nada.
Fue a su habitación y ante el espejo hizo el mismo proceso, mirarse las costillas que le dolían. Nada.
Recordó como le apretó Lope al amarrarse a ella de esa manera tan suplicante.
¿Por qué ese pijo caprichoso se aferraba a ella en cuanto la notaba cerca?
El hecho de que un desconocido le tuviera tanto apego, no le agradaba en absoluto. Había conseguido sobrevivir a más de doce empresas de catering como cocinera, y todas con jefes abusivos que ofrecían grandes sueldos a cambio de obedecer como esclavos.
Se volvió a mirar las costillas, ese niño mimado realmente tenía fuerza.
En su mente apareció la cara de Lope, con los ojos entornados, el aliento a un batiburrillo de bebidas espirituosas, un corte de pelo impecable, la cara enrojecida, sus profundos ojos negros y su torpeza infantil con el alcohol.
—Ese chico no está bien. —Suspiró.
Alzó la vista y se miró la cara; ¿se había… sonrojado, aunque fuera un poco?
«No quiero que me dejes» con la voz de Lope, revivió en su mente.
—¡Ah, no, me niego! —Se dijo a sí misma— ¡No voy a dejar que un pijo malcriado me afecte de esa manera, ni de coña!
Su actitud resolutiva la llevó a la cocina. Iba a practicar alguna receta fácil y resultona para presentar al seleccionador de los cocineros para esa entrevista de trabajo.
¿Un plato autóctono? No le convencía hacer un cocido porque hay que tener las legumbres en remojo desde la víspera.
¿Algo oriental? Con el riesgo de que no a todo el mundo le gusta.
¿Alguna reinterpretación de un clásico? Esa podía funcionar.
Sacó del armario los dos libros de cocina que tenía cogiendo polvo. Los abrió por una página al azar, y observó ambos.
El libro de platos regionales españoles mostraba unas lentejas a la riojana; y el libro de gastronomía alrededor del mundo hablaba del tataki japonés de atún.
El atún le llevó a infinidad de platos con ese ingrediente principal.
En el otro libro buscó platos con atún y le apareció el marmitaco vasco.
Era principalmente un guiso de atún con patatas; sabroso, fácil de replicar y con productos que se pueden conseguir fácilmente en un restaurante de categoría.
No le costó mucho aprenderse la receta.
Cuando abrió la nevera, se dió cuenta de que tenía media docena de huevos, un compango sin usar y mucha variedad de verduras.
Se puso una sudadera y el pantalón del chándal que tanto adoraba su gato.
—Voy a ir a la pescadería a por atún y algo más —le comentó a Neko—, no te metas en líos.
El gato maulló con una pregunta, como si le extrañara el comentario de Libertad. Ella le sacó la lengua, y con el móvil, las llaves y una bolsa salió de casa.
Se cruzó en el portal con la vecina del bajo, que tiene dos chihuahuas, que les había dado su paseo mañanero.
—¡Buenos días, Berta!
Libertad le respondió con un cordial gruñido, se había cansado de discutir con todos los vecinos por un estúpido mote. Al menos, era más un acortamiento de su nombre, que ya era mejor que algo que todos daban por sentado que le gustaría.
Antes de entrar en la pescadería, ya le dió tiempo para idear algún retoque de la receta original. En parte, por lo que había en su nevera, y en parte, por la influencia del personaje de Berta en la serie de los vecinos.
Regresó a casa con medio kilo de atún en trozos y medio kilo de gambas arroceras.
Al volver a casa y guardar todo en la nevera, recibió una llamada al teléfono de un número que no quiso contestar.
La insistencia hizo mella y descolgó.
—¿Ha quedado algo pendiente?
—Ha surgido una fiesta en el hotel de su padre.
—Al menos no habrá moscones alrededor suyo ¿Me equivoco?
—Los gorrones no son un problema, Libertad —Mauro suspiró al otro lado del teléfono—, su familia sí.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 16.01.2026