Con el teléfono en la mano, Libertad fue a su habitación y frente al espejo, se volvió a subir la camiseta para revisar sus costillas.
—El pijo de tu jefe tiene mucha fuerza para lo flacucho que está.
—¿Pero tú le has visto bien, Libertad? —se rió Mauro.
—Mauro, me estás recordando a la borracha de mi madre con sus insinuaciones de casamentera barata.
—¡Qué contraste tan explícito! —Detrás de la sorpresa genuina de Mauro, Libertad escuchaba voces, entre las que distinguió a Lope.
—Dime hora y condiciones. —Dijo con resignación.
—Libertad… no empieces.
—Lo diré de otra manera, graciosillo, ¿Algo que deba saber acerca de esa reunión? —Libertad levantó una ceja, escéptica.
—La situación familiar de Lope es controversial, como poco. Pero como no viene al caso, solo he de advertirte que Lope sale muy quemado de esas reuniones con su padre.
—A los que dicen que la familia te protege, yo siempre les digo que la familia se te impone al nacer.
—Amén.
Libertad sonrió y soltó una pequeña risa amarga.
—Está bien saber que no está tan malcriado como aparenta, aunque me sigue pareciendo un pijo mimado.
Mauro soltó una carcajada al otro lado del teléfono.
—Tú ponte cómoda dentro de tu línea —intentó aconsejarla—, porque la falda de anoche apenas te dejaba moverte.
—¿Me recomiendas unos pantalones? ¡Perfecto! —Intentó parecer irónica, pero su mente ya estaba planeando la vestimenta con esa parte inferior.
—Será a las seis de la tarde. En el hotel Estuardo de La Castellana. Acude a la barra del bar que hay por fuera del restaurante y esperas allí. —Mauro fue muy concreto en sus indicaciones.
Colgó la llamada. Tenía, francamente, muy pocas ganas de volver a recibir los achuchones de don Lope en sus costillas; pero otro puñadito de euros en su bolsillo, no le vendrían nada mal.
Libertad abrió uno de los armarios altos de la cocina y estiró el brazo para alcanzar una piruleta morada.
—Las violetas siempre me suben el ánimo. —Comentó mientras la desenvolvía y se la metía en la boca.
Se acercó al televisor para volver a conectar la radio y se quiso sentar en el sofá. Casi se sienta encima de la aspiradora.
Su cabeza pasó de la aspiradora al gesto de tocarse la espalda, y de ahí al pinchazo otra vez.
Volvía a pensar en Lope.
La curiosidad le hizo buscar en el internet del móvil a la cadena hotelera Estuardo y su Cúpula de poder.
Lo que leyó tampoco le aclaró mucho más que el hecho de que en esa familia eran monofiliales y de descendencia masculina.
Abrió una foto de su página web y había tres hombres muy parecidos entre sí, y supuso que serían Lope con su padre y su abuelo rodeados de más personas.
Neko se subió junto a ella en el sofá y miró la pantalla del teléfono como si entendiera algo.
El gato extendió su zarpa, la puso en la muñeca que sostenía el móvil y maulló una pregunta.
Libertad le enseñó la foto que estaba mirando en el teléfono.
—¿Sabías que el estudio de la genética dice que si te pareces a tus abuelos es porque no fuiste el primer hijo?
Neko la miró a la cara, esperando una respuesta.
—La madre de Lope habrá sufrido un aborto para que Lope se parezca tanto a… —Buscó en el pie de foto los nombres— Fernando Estuardo, porque a Dionisio no se parece.
Libertad le enseñó las caras según les nombraba, y Neko los bufó. A Fernando más que a Dionisio.
—¿Te caen mal? —Libertad le acarició la cabeza— A mí tampoco me agradan.
Curiosa, Libertad, le enseñó la cara de Lope; para ver su reacción. Y Neko, en vez de bufar a la cara de Lope, la ignoró y se fue del sofá.
—¡Anda! ¿Y eso?
El gato la ignoró el resto del día. Ni siquiera cuando le puso una lata de guiso para comer y se la puso cerca de ella.
Comió con el cocinero vasco haciendo un plato con caldo de pescado como base. El hijo del cocinero se incorporó para hacer un pan casero con semillas de amapola.
—Neko, si hiciéramos esferificaciones con ese fumet… ¿Te apetecerían o pasarías de ellas?
No le hizo ni caso.
Se puso una camisa estampada con los símbolos del póquer, apenas podía parecer una maraña de estampados aleatorios rojos y negros; pero era su primera camisa pagada con su sueldo de cocinera tras comprarse la casa. Significaba que podía sobrevivir por encima de pagar las facturas y la hipoteca con el sueldo del trabajo que siempre deseó.
La última adquisición era un pantalón de vestir negro, pero de marca deportiva.
Se miró en el espejo y se maquilló con detalles rojos. Repitió con el peinado, la cazadora, los zapatos y el bolso negro.
Antes de salir, guardó el dinero en una caja al pie del televisor.
—¡Protege la casa en mi ausencia!
Neko se levantó, dió una vuelta en su cama y se volvió a acurrucar. Marcaba un “te he oído de sobra, pero no me tomes por tonto” por todos los idiomas.
Las indicaciones de Mauro eran claras y las siguió al pie de la letra cuando llegó a las cinco y media al hotel.
Se sentó a la barra y pidió un mosto dulce.
—¿Con whisky, con ron? —Le preguntó el barman.
—Solo.
—Pues no te puedo poner, monada.
—¿Disculpa? —Libertad estaba estupefacta.
—aquí cobramos por las bebidas con alcohol y lo que has pedido solo se pone para acompañar.
—¿Me estás diciendo que no servís ni un mísero licor sin alcohol?
—No, lo siento. —el barman se encogió de hombros y se puso a limpiar con su bayeta una encimera impoluta.
Sacó su móvil y se dió cuenta de que aún tenía la búsqueda abierta cuando se lo enseñó al gato.
¡Ups!
Levantó la vista y les vio, a todos los hombres de la foto, solo faltaban la madre y la abuela del pijo.
Al observarles con detenimiento, se dió cuenta de que el propio Lope estaba incómodo en su propia familia y le dejó de ver tan mimado como creyó en un principio.
Se giró hacia la barra y con los codos clavados, movió la pantalla del móvil de forma abstraída.
—En todas las casas se cuecen habas. —Parafraseó.
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Editado: 16.01.2026