De Lilas y Aguamarina

12. Plato del día: Carrilleras con pimientos.

Mauro llegó y aparcó en el mismo sitio que el día anterior.
Esta vez, Mauro pudo sacar a Lope del coche sin más problemas que el peso muerto de una persona dormida.
—Eres una borde, pero tienes un corazón que no te cabe en el pecho, Libertad. —Comentó mientras cargaba a Lope a la espalda.
—No es incompatible —dijo—, pero te dejas sarcástica y niñofóbica.
Libertad salió del coche y acudió, veloz, a ponerle la mano en la espalda a un Lope que empezaba a patalear sobre Mauro.
—Ni salir del coche te deja, oye. —Bromeó Mauro.
—Será que dejo huella en los hombres —entonó.
—En él, desde luego. —Susurró Mauro.
—¿Qué has dicho?
—Lope era un niño muy querido en la casa, pero algo no cuadraba.
Mauro se detuvo, Libertad también.
—¿Me vas a poner en antecedentes? —Preguntó Libertad.
—Solo los de Lope, porque los del apellido los conoces, ya que él mismo lo ha dicho.
—Soy curiosa por naturaleza; si me lo cuentas, no tendrá la gracia de averiguarlo por mí misma. Aunque no soy chismosa, sé guardar secretos.
—Paca, la cocinera, y Amador, el jardinero, fueron los que llevan más tiempo en la casa.
—Vale.
—Yo soy el guardaespaldas de Lope desde que tenía nueve años.
—Veinte años, son muchos años, Mauro.
—Recuerdo que don Dionisio aparentaba ser un padre protector y amoroso con Lope, pero era distante y frío con sus gestos de cariño.
—¡Hombre, sabiendo lo que sé ahora, no me extraña! —Libertad torció la boca un poco.
—¿Te pones de parte de don Dionisio? —Mauro la inquirió con el tono.
—¡Para nada!
—Pues prosigo. —Mauro echó la vista detrás de él y empezó a caminar hacia la casita de servicio—. Justo cuando me hicieron un contrato fijo y Lope cumplió once años, fue su quiebre.
—¿Quiebre?
Mauro le dió las llaves y Libertad abrió la puerta.
—Ese día, tanto Lope como su primo Mario, se quedaron con una niñera nueva que se llamaba Lilith.
—¡Espera, coño! —Libertad estaba muy sorprendida— ¡Lope no me llama Lili, sino Lilith!
Lope afirmó en silencio y prosiguió.
—Cuando la señora Margarita, don Dionisio, don Fernando y doña Aurora regresaron junto con la señora Marcela y el señor Manuel; todo lo que creía Lope se desmoronó.
—Mucho nombre, Mauro, me lío y no sé de quién hablas. —Libertad estiró la cara con condescendencia.
—Perdona —rio—, Marcela es la hermana de doña Margarita, y Manuel es su marido.
—¿Y Aurora, quién es?
—La madre de don Dionisio.
—Vale, era una reunión familiar sin críos, esas son... jugosas. —Libertad sonrió.
—Marcela y Manuel se llevaron a Mario y no les volvimos a ver.
—Sospecho, que de ese secreto de linaje cruzado, los cuñados del jefe no sabrían nada. —Intuyó Libertad.
—Doña Margarita prefirió guardar el secreto y eso a su hermana le sentó fatal.
—¿Tan mal le sentó a Lope, no volver a ver a su primo?
—El pobre Mario, solo fue un daño colateral.
—¿Entonces? —Libertad estaba más seria de lo que se solía permitir y escuchaba con atención.
—La discusión entre Dionisio y Manuel llegó a las manos. Solo Lilith, con su carácter, se preocupó genuinamente de los niños.
—¿Qué hizo? —Se interesó Libertad.
—Pegar un grito por encima de los adultos.
—¡Qué crack, soy fan!
—Le sentó muy mal a don Dionisio y Lilith no volvió.
—Pero hay algo que no entiendo, ¿yo me parezco a Lilith? —Libertad intentó ayudar a Mauro con Lope—, Porque es como me llama, ¿cierto?
—La recuerdo con el pelo corto y unas facciones redondas —Mauro dejó a Lope tumbado en el sofá de la salita—; pero aparte de tener el pelo lleno de mechas de colores, solo podría decir que tenía el pelo oscuro.
—Yo tengo la cara ovalada.
—¿Qué quieres decir?
—Después de que me dejaras en casa, me sembraste la duda. —Libertad se sinceró.
—¿De qué eres Lilith? Yo también lo he pensado.
—Yo me quedaría escuchando el salseo de los Estuardo encantada, pero tengo que darle la cena a alguien.
—¿Quién?
—Neko, mi gato.
—¿Me dejas que intente imitarte?
Libertad levantó una ceja, escéptica, e hizo con la mano el ademán de permitir.
Mauro intentó despertar a Lope mientras le cogía de un brazo para pasárselo por los hombros. Y cuando ya lo tenía en pie, pero vencido, intentó imitar el tono de Libertad.
—Pijo, hay que dormir en la cama.
—Ha sonado a burla, Mauro, yo no hablo así ni de coña. —Libertad se cruzó de brazos—. De todas maneras; y ya sé que estoy tirando piedras sobre mi tejado; pero Lope no debería beber.
—Se lo hemos dicho por activa y por pasiva, pero es su vía de escape.
—Le pedimos a Paca que nos abra la puerta y le llevamos a su habitación, como ayer. —Sugirió Libertad—. Pero con la baza de que eres mi primo, quizás ya no te agreda, piénsalo.
Con cada acompañante a un lado, Lope entró en casa por la puerta de la cocina, como el día anterior.
Paca se volvió a quejar de que Libertad tuviera que cargar con Lope, aunque como era a medias, no insistió.
Volvieron a subir las escaleras, esta vez mucho era mucho más fácil, y también se cruzaron con doña Margarita.
Libertad la miró con una mezcla de desagrado y lástima que la descolocó.
Cuando llegaron a la puerta de la habitación y la abrieron, se sorprendieron de que estuviera cerrada.
—Ya decía yo, que me sonaba tu cara.
Una voz profunda y masculina hizo que a Libertad se le erizaran los pelos como escarpias.
Cuando le vio, Libertad adivinó que era Dionisio.
—¿Nos conocemos? —Libertad se extrañó, pero no dejó que el miedo aflorara.
—La única persona que me ha humillado en la vida.
Mauro se puso en guardia, sabía a quién se refería su jefe.
—¿Que yo qué? —Libertad mantuvo su rigidez, aún sostenía a Lope desde la derecha y no pensaba soltarlo.
—Ya le dije a tu padre que le ayudaría si te alejaba de mi familia para siempre. —Dionisio se acercó peligrosamente a Libertad—. Si no te largas tú, te largaré yo, niñata estúpida.
Dionisio levantó la mano, dispuesto a darle un bofetón con ganas a Libertad; pero Mauro frenó el golpe, evitándolo.
—Señor, es amiga de Lope; no arriesgue la empresa por una venganza. —Mauro miró con determinación a su jefe, pero aun así, le dió por desviar la vista medio segundo a Libertad— ¿Quiere que se lo diga a Don Fernando?
—No la quiero volver a ver en la vida —Dionisio apartó la mano, con asco y rendido—; si hace falta, la mandas a la Patagonia, pero la quiero lejos de cualquier Estuardo, incluso de Lope.
Cuando se fue, los tres entraron en la habitación y tumbaron a Lope sobre su cama.
Libertad se agarró del pecho y empezó a hiperventilar.
—Solo he tenido tanto miedo en mi vida una vez —hablaba jadeando, le costaba mantener la vista fija y la voz serena—, con casi diecisiete años, cuando mi padre me tiró al suelo y me dió una patada en las costillas, sin previo aviso, con tanta fuerza que me fracturó tres.




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