De Lilas y Aguamarina

18. Plato del día: Flan de caramelo salado.

Era raro que Lope se sentara delante en su propio coche, pero Dionisio le enseñó que el servicio siempre era de categoría inferior.
Como muestra de silenciosa rebeldía, Lope prefirió aparcar a partir de su advertencia en la zona cimentada entre el casoplón de los Estuardo y la casa de los empleados que había al otro lado del jardín.
Lope siempre se sintió más querido por los empleados que por su padre, hasta los once años, que escuchó a su tía Marcela replicarle a Margarita, algo que le costó asimilar tras escucharlo. Que Dionisio dio permiso a Fernando para dejar embarazada a Margarita, y que daba igual si ella se negaba.
—Todo queda en familia —Lope entonó en un hilo de voz al recordar la cara de condescendencia de Dionisio cuando lo admitió—, una familia que no es nada más que un póster en la pared, puesto ahí para cubrir un boquete.
—Don Lope, ¿Está bien?
—¿Eh? —Lope levantó la mano para llevarse la mano a la nuca—, sí, genial. Siempre preferí trabajar a quedarme en casa, pero siempre habrá un mañana al que volver.
—¡Qué bonita frase para poner en una taza, Don Lope! —Paca opinó desde atrás—. Pero Mauro podía haberme llevado a mí sola y luego volver a por usted.
—Son las seis de la tarde y ya no había nada que hacer en el hotel hasta mañana. —Lope le intentó quitar importancia a su propia opinión.
—Se podía quedar hablando con la nueva Chef, se la ve muy vivaz. —Paca entonó una súplica divertida.
Mauro no pudo evitar sonreír desde el puesto de piloto, pero Lope se dió cuenta de lo que ambos insinuaban.
—No voy a olvidar a Lilith por muy bonita que sea la mujer que me pongáis delante.
—¡Yo no he dicho nada! —Mauro se encogió de hombros y estiró un poco los dedos, en señal de escurrir la culpa; aunque se le notaba alegre con la insinuación—, aunque ha dicho que Libertad es bonita.
Lope se sonrojó porque le pillaron en una renuncia.
—Es un comienzo, señorito.
—¡Yo amo a Lilith, Paca!
—¡Pues búsquela, Don Lope! —Paca ya saltó con el hándicap eterno de Lope.
—Dionisio puede haberla puesto unos zapatos de cemento y no la encontraría nunca. —Lope se asomó por la ventana, viendo el paisaje moverse con velocidad.
—No es por defender a Libertad —Mauro se mostraba serio—, pero usted se ha ofendido con lo de los sobornos, y ahora dice usted lo de tirar gente al agua. ¿Quién está acusando a los Estuardo de mafiosos ahora?
—Yo puedo hacerlo porque para mi desgracia, formo parte de ella. —Lope se justificó.
—Ella le comparó con los políticos independentistas y su compra de votos ante aquel referéndum fallido de hace años, señor —Mauro no apartó la vista de la carretera, pese a solo narrar la opinión que le transmitió Libertad—. Ella misma me lo dijo.
La cara de Lope pasó a ser de sorpresa, y luego una vergüenza que le volvió a sacar los colores.
—Mañana le pediré disculpas, ¿alguna sugerencia?
Mauro miró a Paca por el espejo retrovisor, ella a él también. Se extrañaron de la pregunta.
—¿Por qué me pregunta a mí, señor? —Mauro levantó la ceja que Lope, desde su posición, no le veía.
—Porque eres su primo, ¿No?
—¿Cómo cree que voy a saber qué cosas le gustan a una prima que no veo desde hace años? —Mintió Mauro.
—Cierto. —Lope mostró un atisbo de resignación y volvió a mirar por la ventana.
—De todas maneras, señor —puntualizó Paca—, no se la ve que sea de esas mujeres a las que les gusten los bombones o las flores.
—Libertad no me interesa en ese aspecto. —Lope intentó sonar despreocupado, pero había algo distinto en su tono—. Quizás sea curiosidad; ninguna persona había reaccionado ante mí tan desconcertada.
—Un gesto genuino de equidad —sugirió Mauro—, ¿Verdad?
—Eso es cierto. —Paca afirmaba con comprensión.
Concluyeron el viaje y al llegar a la casa, se dispusieron cada uno a sus quehaceres.
Tras Lope, y antes de cerrar la puerta, apareció Fernando ante él.
—No acudirían muchas personas, ¿A qué sí?
—Acudió la persona adecuada, no hacía falta más.
—¿Y era el amigo de tu padre? —Fernando parecía genuinamente interesado—, ¿O has escogido a otra persona?
—¿Te refieres a Teodoro Janeiro? —Lope alzó una ceja con reticencia—, porque era el peor aspirante con mucha diferencia.
Lope intentó cerrar, pero Fernando lo evitó con su bastón.
—Dirigir uno de todos, es la última oportunidad que se te da para que te centres en la familia.
—Hago mi trabajo, Fernando; ni tú ni tu hijo, vais a dirigir mi manera de pensar. —Lope mostraba una férrea seriedad.
—Soy tu abuelo, Lope, un poco de respeto.
—¡No digas gilipolleces, Fernando! —Lope le dió una patada al bastón que sujetaba la puerta—, genéticamente eres mi padre, pero en casa no hace falta fingir que sentimos un mínimo de aprecio. —Alzó las cejas en señal de obviedad—. Ahora voy a gestionar algunos asuntos sobre la nueva sucursal de la firma, si no te importa.
Cerró la puerta tras él y se sentó en el escritorio que tenía en su habitación. Repartió sobre el mueble los currículums que sacó de su maletín.
Tomó el de Teodoro Janeiro y leyó las credenciales.
—¿Alta capacidad de inventiva? Déjame que lo dude. —Seguía con el dedo todas las aptitudes escritas en el papel— Mira, qué curioso, STUARD.INN, nuestra empresa. —Sonrió con sorna—. Espera, esta empresa me suena.
Lope guardó el resto de currículum, menos el de Libertad, pues era el único que tenía importancia.
Se acercó el ordenador portátil y abrió la búsqueda.
—No sé de qué, pero GRACE.INC me suena, y mucho.
Tecleó el nombre de la empresa y leyendo en su página web, no recordó nada relevante hasta que se topó con una foto del dueño de la empresa. Leyó el nombre en el pie de página.
—Damián Nogales —Lope entrecerró los ojos— ¿Qué tienes con Dionisio Estuardo?




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