De Lilas y Aguamarina

21. Plato del día: Entrecot con patatas suflé.

Mauro sujetaba la puerta para que pasara Lope, pero era Libertad la desconcertada.
—¿Esto qué es?
—Dos gatos. —Lope parecía un párvulo con su respuesta.
Mauro abrió los ojos con expectación mientras Libertad levantaba una ceja e intentaba explicarse mejor.
—Eso ya lo sé, ¿Qué significa que haya dos gatitos en una caja en la cocina del restaurante de un hotel de lujo?
La respuesta determinaría al autor de la idea. Lope levantó la mano y le dió una palmada a Mauro en el hombro.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Mauro se sorprendió, e incluso se encogió un poco del susto.
—Yo no lo tengo por qué saber, Don Lope —se quejó Mauro—, mi labor es protegerle físicamente, no tengo que corregir sus errores.
—¡No es higiénico, joder! —Puntualizó Libertad.
—¡Ya, ya, ha sido mala idea, lo sé! —Lope se defendió como pudo—, solo quería pedirte perdón por mi grosería de ayer.
Libertad, sorprendida, se puso recta de la impresión.
—¿Comprando un gato?
—Libertad, son dos. —Puntualizó Mauro.
—¡Da igual! —Libertad se dió una palmada en la frente, bastante irritada— conseguir, no uno, sino dos gatos, por pedir perdón a una persona, es no valorar la vida de los pobres animales.
Libertad se contuvo mucho con sus palabras y, aun con el enfado que iba cuesta abajo y sin frenos, mostró su punto de vista sin perder los papeles.
—Me dijo Mauro que había muerto tu gato. —Se excusó Lope, señalando a su guardaespaldas.
—Disculpe mi manera de expresarme, pero es como regalar un ramo de flores a quien se le ha muerto el geranio, coño. —Libertad se cruzó de brazos, con cara de obviedad.
—¿No los quieres? —Lope se mostró algo derrotado.
—¿Y arriesgarme a que también los envenenen? ¡No, gracias!
Lope miró a los gatos de la caja, estaba seguro de que Libertad estaría encantada con ese regalo y por eso se quedó con los animales.
Pero lo que la propia Libertad le había dicho respecto a los pobres gatitos, comparándolos con una planta, le hizo darse cuenta de que se había excedido con el gesto.
Los animalitos no tenían la culpa de su arrebato, tan impropio de él. ¿Qué pasaría con ellos ahora?
—Ahora son su responsabilidad, Don Lope. —Libertad estiró la cara, entrecerrando los ojos, con algo de condescendencia.
Algo se encendió en Lope, que sonrió.
—Vale, ¿te puedo pedir que les bautices?
Libertad se detuvo un momento, esa pregunta le había descolocado. Alternó la vista entre Lope y los gatos, que se habían puesto en pie y empezaban a maullar de nuevo.
—¿Y por qué yo?
—Yo no sabría cómo llamarles, y al fin y al cabo, eran un regalo para tí; cómo les voy a cuidar yo, ¡Al menos, ponles nombre!
Libertad miró a Mauro. El guardaespaldas mostraba cariño y una leve sonrisa de orgullo. No podía ser tan malo, si el grandullón no se sentía incómodo.
—Mi gato se llamaba Neko, que es gato en japonés —Libertad desvío la mirada y torció la boca, con las mejillas algo sonrojadas—, negro se dice Kuro y blanco se dice Shiro, y si se usa como adjetivo, debe terminar en la letra i.
—Gracias, pienso cuidarlos con mimo y esmero. —Una sonrisa sincera de gratitud llenó la cara de Lope.
—¿Le importa llevar a los gatos, lejos de la cocina? Es por los pelos de animal. —Libertad sacó su lado más profesional para protegerse.
—Son las dos de la tarde, prometo no sacarlos de la caja, pero tengo hambre.
Libertad suspiró con resignación y aceptó.
Se arremangó y se puso el delantal.
—¿Hay algún alimento que no le guste? —preguntó Libertad al ponerse la redecilla en el pelo.
Lope miró a Mauro con sorpresa, y este le respondió encogiéndose de hombros. Cuando miró de nuevo a Libertad, solo quería verla cocinar.
—Me gustan los platos que saben a hogar; los platos que ostentan valor, solo por llevar ingredientes caros, no me agradan. ¡Aunque yo como de todo!
Media sonrisa de incredulidad apareció en la cara de Libertad y abrió el armario refrigerador.
Escogió una pieza roja muy apreciada de ternera, y una patata grande.
—Voy a hacer un plato simple —Libertad sacó un cuchillo muy grande y lo afiló—, que le va a mostrar que no tiene que ser algo ostentoso para que los ingredientes merezcan el precio que tienen.
—¿Te refieres a la carne o a la patata? —Lope cogió una banqueta y se sentó cerca, indicando a Mauro que también hiciera lo mismo.
Libertad peló la patata, la moldeó como un prisma rectangular y la loncheó muy fino y con soltura.
Con dos pequeñas sartenes a distintas temperaturas, echó los finos rectángulos de patata en el aceite tibio y con la espumadera, lo llevó una a una al aceite hirviendo.
La mayoría de las patatas se inflaron.
De la pieza de ternera, loncheó tres filetes del grosor de un dedo y preparó la plancha para cocinarlos.
Sirvió tres platos preparados de manera sutil y austera, adornándolos con un hilo dibujado de caldo concentrado de cocinar los filetes.
El olor de la cocina había despertado el apetito de los gatitos, y Libertad le dió a Lope un pequeño platito, con un poquito de carne cruda, muy picada, envuelta en un poco del jugo de los filetes.
Alzó las cejas y movió la cabeza, señalando la caja. Lope lo entendió al momento y les llevó la comida a los animales mientras ella le daba la cubertería y vasos a Mauro para que repartiera.
Cuando Lope se volvió a sentar, Libertad inclinó la cabeza, como si le afirmara por algo bueno.
—Entrecot con patatas suflé, para tres. —Libertad tenía las manos extendidas, mostrando el plato.
—Tiene muy buena pinta. —Opinó Mauro.
Lope, con adiestrado protocolo, se cortó un trozo de filete y se lo llevó a la boca.
Cuando tragó, dijo:
—Tan sencillo y tan valioso, está muy bueno. —Se limpió la boca con la servilleta— Si haces esto sin meditarlo mucho, será impresionante lo que presentes cuando pienses un menú de platos elaborados.
—Esto es lo que soy, pura cocina, Don Lope.
—Libertad, no me importa que me hables de usted, porque, al final, no dejo de ser tu jefe; pero te puedes ahorrar lo de Don.
Mauro se sorprendió; y Libertad, frente a ese intento de equidad por parte de Lope, desvío la mirada y echó la cabeza un poco hacia atrás.
—Más fácil para mí.




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