De Lilas y Aguamarina

22. Plato del día: Petisús de cabello de ángel.

Lope lo había dicho con total sinceridad, le daba igual que sus empleados le tratarán de Don, no creyó nunca estar por encima, solo era el jefe y no le importaba que le trataran de usted, pues es algo que la cortesía ante alguien que manda. Pero algo había en ella, que era quien le había hecho expresarlo al fin.
—¿Acaso te incomodaba hacerlo? —Lope se sentía intrigado.
Libertad le miró a los ojos, ese marrón casi ambarino que no era capaz de descifrar, le escudriñaba como si fuera un enigma por resolver.
—Al menos, en eso sí que es políticamente incorrecto. —Ella sujetó su vaso de agua y se lo llevó a la boca para beber.
Le observó detenidamente la boca, sus labios, su hermoso cuello y cómo se movía al beber cada trago.
—Tendremos que llevar a los gatos a casa, don Lope. —Mauro le sacó del trance.
Se giró en el taburete hacia los gatitos, y vio de refilón que Libertad hacía lo mismo.
—¿Seguro que estarán más seguros conmigo? —Lope estaba algo reacio aún a quedarse con los animales.
—¿Los vas a envenenar? —Libertad mostraba obviedad en la cara, mientras que Lope negó con energía y algo de ofensa— ¿Y alguien que te quiera hacer daño, lo podría intentar?
Lope miró a Mauro con emergencia, y el guardaespaldas afirmó.
—¿No ha sido un envenenamiento ajeno por accidente?
—Vivo en un sexto, con la terraza abierta, y debajo de Neko había un trozo de pollo con restos metalizados. —Libertad sacó su móvil del bolsillo y buscó la foto—. Así estaba esta mañana al despertarme.
Lope cogió el teléfono de sus manos y miró detenidamente la foto.
—Parece mercurio, es peligroso en un humano, con el tamaño de un gato hará estragos. —Comentó Mauro al observar la foto.
—Libertad, si puedo ayudarte, me lo dices.
Ella se quedó en blanco, como si no esperara eso de Lope, pero sonrió con amabilidad y le quitó importancia.
—No hace falta entorpecer la labor policial, don Lope.
Ese Don en su voz le crispó, y se levantó del taburete para acercarse a los gatos.
Con el móvil de Libertad en la mano, salió de la aplicación de fotos para abrir la cámara.
Libertad se dió cuenta y se levantó hacia su jefe.
Lope hizo una instantánea de los gatos, y bloqueó el móvil justo a tiempo para dárselo a su dueña.
—¿Qué ha hecho?
—Una foto de Kuro y Shiro, para que no les olvides. —Lope alzó la mano, para que Libertad se acercara—. Y no me digas Don.
De un zarpazo, Libertad recuperó su teléfono, con la cara de Lope, a diez céntimetros de la suya.
—La podría hacer yo, no tiene que raptar mi móvil.
—¡Ni que hubiera pedido rescate!
—¿Sabe qué? —Libertad entornó los ojos—, será buena persona y todo lo que quiera, pero tiene usted unos arranques infantiles que rayan en lo inoportuno.
Alzó las cejas y sonrió, aun con los ojos entreabiertos. Mostraba un gesto de picardía infantil también.
Se creó una tensión extraña entre ambos que recordaría a un duelo del salvaje Oeste, donde el primero que apartara la vista del otro perdería.
—¡Oh, venga! ¿Enciendo unas velas? —Mauro rompió esa tensión con lo único que le venía a la mente.
Lope y Libertad; muy sorprendidos, bastante ofendidos y un poco sonrojados, giraron hacia Mauro y se apartaron entre ellos.
—¿Cómo dices? —Al unísono.
—Se apagaron las luces. —Mauro señaló el techo.
Los tres miraron la bombilla fundida del foco que había encima de la mesa con los tres platos.
—¡Qué asco de instalación eléctrica! —Lope se apartó primero y llamó al electricista del edificio.
Libertad se dispuso a recoger los platos de la mesa. Se le deslizó la vista por una décima de segundo hacia Lope, pero volvió enseguida a lo que estaba haciendo.
—Creo que aprovisionarnos de velas no nos vendría mal. —Le comentó con algo de ironía Mauro a Libertad.
—Un buen puñado de cirios, como en los funerales. —Respondió Libertad con su cara de desdén.
Mauro sonrió para sus adentros.
—¿Cómo que ha sido desde fuera, Karra? —Lope resopló— ¿Me estás diciendo que tenemos la caja de fusibles en el exterior del edificio?
—¿Fuera, los plomos están fuera? —Libertad le susurró a Mauro.
—Eso he entendido yo también. —Le contestó en el mismo tono.
Libertad siguió recogiendo la mesa de trabajo que había improvisado como mesa para comer, sin apartar el oído de la conversación de Lope. Mauro se levantó para ayudarla y entre los dos acabaron enseguida con la vajilla en el lavaplatos y se volvieron a sentar en sus asientos.
—Pues se contrata a alguna empresa, ya ves tú qué problema, para que meta la maldita placa dentro. —La faz de Lope se fue enrojeciendo— ¡Me da igual si retraso la inauguración, eso se tiene dentro!
—El electricista no parece muy competente. —Observó Libertad con un hilo de voz.
—Tengo entendido que le recomendó Don Dionisio. —Cotilleó Mauro.
—¡No, no, no, no! —Libertad se alarmó—, ¡Con lo de Teodoro, no pinta nada bien que al electricista también lo haya recomendado Dionisio.
Mauro se fijó en que Lope se paró en seco. El jefe se giró hacia Libertad, mirándola con asombro. Había determinación en su cara.
—Tienes razón —Lope miraba a Libertad, pero seguía con el teléfono a la oreja—, Es mejor que busque una segunda opinión, estás despedido, Karra.
Lope colgó la llamada.
Libertad y Mauro se miraron preocupados y luego miraron a su jefe, que tenía la vista clavada en la Chef.
—¿Qué ha pasado con el electricista? —Preguntó Libertad.
—Al parecer, tenemos la caja de fusibles en la pared exterior y alguien los ha manipulado para que no se puedan arreglar. ¿Tú crees que tu exnovio podía hacer algo así?
Blanca se puso Libertad, ante la insinuación de Lope.
—¿De qué ex me habla, Don Lope?
—De tu ex, ese que en su día le limpiaba los trapos sucios a mi padre y que llevaba años sin verle —La cara de Lope era de recelo, pero mostraba un poco de súplica en el tono—, y que ha venido arrastrándose para que vuelvas con él, Teodoro Janeiro.
—Teo es mi ex jefe, Don Lope, nada más.




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