Libertad se dió cuenta de que Mauro también estaba atento a lo que pudiera replicar Lope.
—Si fue solo tú jefe, ¿Porque le llamas Teo?
Libertad, de repente, se sintió acorralada, pero no tenía motivos para que Lope pensara eso.
—Como él me llamaba por un diminutivo, aún sabiendo que es algo que odio, yo le llamaba Teo en represalia. —Libertad se encogió de hombros— Si me llamas así, yo te llamo asá. Solo eso.
—Mucha confianza te tomabas. —Marcó Lope con desdén.
Libertad notó el tono y se enderezó con sarcasmo en su cara. Justo para que Mauro se diera cuenta y decidiera intervenir.
—Teodoro era el último jefe que tenías, ¿Cuándo fue el último evento, prima? —Mauro intentó desviar la conversación.
—¿Eh? —Libertad estaba desprevenida— En una boda doble hace dos semanas, ¿Por?
—¡Don Lope, estaba usted en lo cierto, era Libertad!
—¿Yo qué dije? —Lope no lo entendía.
—¿Que yo era qué? —Libertad tampoco.
—¿No había preguntado usted hace un rato, si fue Libertad la mujer a la que defendió aquel día?
Lope se asombró bastante ante el recordatorio de Mauro. Libertad dejó el sarcasmo a un lado, y miró a Lope.
—Muy bien, pues seré consecuente y le daré las gracias por haberme prestado la chaqueta morada aquella noche —Libertad se mostró diligente y sonrió levemente—, pero el puñetazo a Teodoro se lo iba a dar yo de todas maneras, no me gusta que me defiendan si me sé defender sola.
Mauro se llevó la mano a la boca, por sorpresa y por sujetar una carcajada que iba a quedar bastante inoportuna.
—¿El cocinero del catering de la boda de Evan era Teodoro Janeiro?
—Sí. —Libertad se mostró condescendiente.
—Y no le reconocí, caray.
—Mi madre siempre me dijo que de noche todos los gatos son pardos. Y el catering se alargó hasta la cena.
—Pero no has aclarado lo que dijo él antes, Libertad, ¿Por qué te ha pedido que huyas con él si no tenéis nada?
—Porque su catering no tenía clientes si dependía de lo que él cocinara. —Libertad estaba segura de ello.
Lope dió un paso atrás, con algo de reticencia.
—Parecía que insinuaba otra cosa. —Él se quejó, cruzándose de brazos.
—Lo que pase por su cabeza me da igual, puedo presumir de tener la conciencia tranquila.
—¿Eso lo dices por Teodoro Janeiro, o por mí? —Lope parecía haberse sentido ofendido.
—Siempre he defendido mis valores por encima de todo.
—Eso no lo exime —Lope la miró con intensidad—, ¿te da igual lo que yo opine?
—¿Debería? —Libertad levantó un poco una ceja— La opinión que me importa de usted es si le gusta mi trabajo —acabó por levantar las dos—, y sabiendo que apostó por mí, creo que ya la sé.
Libertad se dispuso a darle la espalda, en dirección al fregadero, para limpiar los platos sucios; Lope se adelantó y la sujetó de frenar la conversación.
—¿Tan buena te crees?
—No seré la mejor del mundo, pero sé que soy una apuesta segura. —Apartó su brazo del agarre—. Y ahora, si me disculpa, don Lope, voy a fregar porque no funciona el lavavajillas.
Lope se sorprendió de cómo estaba intentando llamar su atención y retrocedió, volviendo a ser el jefe perfecto que piensa en todo y no se equivoca.
—Visto que los recomendados por mi padre, no sólo le rinden pleitesía, si no que me boicotean para ganarse créditos con él… ¿conoces algún electricista que pueda reparar la caja de fusibles?
Libertad cerró el grifo y puso a escurrir el último plato, para secarse las manos con un paño de cocina.
—No sé qué tipo de cosas le habrán hecho al panel, pero si sirve para que un arquitecto planifique la reinstalación, bienvenido sea.
—¡Un arquitecto, claro! —Lope giró, dándole la espalda a Libertad y empezó a teclear como un loco en su teléfono—. Tengo varios en la agenda.
Libertad suspiró y negó con la cabeza, como si pensara que él es un caso perdido. Miró su reloj y se dispuso a recoger sus cosas para marcharse.
—¿Qué hacemos con los alimentos de las cámaras frigoríficas?
Lope volvió a mirar a Libertad y se acercó a una de las puertas pero no pudo abrirla. Libertad lo vio y lo intentó ella también; tampoco pudo. En un último intento, se lo pidieron a Mauro y le fue imposible.
—La puerta se hermetizará con los cortes de luz, eso es bueno, ¿Verdad?
—Lo mejor. —Respondió Libertad.
—Gracias, eso fue idea mía. —Lope se irguió.
Libertad abrió mucho los ojos, tomó su bolso, su chaqueta y el pequeño atillo con sus cuchillos.
—Mándeme una lista con los grupos de alimentación que quiera tener en cuenta para los platos y la cantidad de platos que quiera que tenga cada tipo de comida. Yo me voy a mi casa.
—Libertad, espera, que te llevamos. —Se ofreció Lope, aún con el teléfono en la cara.
—No se preocupe, sé llegar a casa, jefe. —Andaba para atrás en dirección a la puerta.
—Nos vamos ya, no es ninguna molestia, ¿Verdad, Mauro?
El hombre afirmó y cogió la caja de cartón.
El Mercedes negro de alta gama estaba aparcado al pie de la salida de emergencia del hotel, Libertad se sorprendió de su respuesta y fue consecuente con ello, montándose en el coche.
Lope se sentó de copiloto, mientras ella se sentó atrás con los gatitos.
La primera parada sería el barrio humilde en el que vivía Libertad, y después Lope ya seguiría con sus cosas de dirección de hotel.
Se oyó un revolcón dentro de la caja de cartón, y Libertad se asomó.
—Hey, Shiro, para, muchacho. —su tono era más cariñoso con los animales; y sonaba natural, distinto a sus intentos de dulcificación cuando era consciente de hacerlo—. Con lo tranquilo que está Kuro, vas a hacer que se rebele.
Lope se giró, Libertad le pareció distinta, una cara de tremendo desconcierto lo volvió a colocar en su posición inicial y se llevó la mano a la nuca, para rascarse con incredulidad.
Mauro también se había sorprendido del cambio en Libertad, pero el cambio en Lope ante el descubrimiento de una Libertad dulce y cariñosa, no tenía precio para el guardaespaldas.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 06.02.2026