De Lilas y Aguamarina

24. Plato del día: Sopa de maíz con pimientos amarillos.

Mauro debió de creer que podía divertirse un poco de Lope a costa de Libertad.
—Oye, prima, ¿Tratabas a Neko igual que al blanco que tienes en las manos?
Libertad levantó la vista y dejó a Shiro, no sin acariciar también a Kuro.
—Con los gatos no hay medias tintas, ni intereses escondidos; o les caes bien, o les caes mal. —Libertad miraba por la ventana al decirlo—. Mi padre tenía una mecha muy corta y nunca demostró afecto genuino, solo me mantenía.
—Hay gente que no sabe querer, y encima pretenden que aprendas a tratar a la gente con cordialidad. —Lope hablaba desde su dolor hacia Dionisio, mirando por la ventana.
—Una noche que volví a casa con diecisiete años, mi padre me agarró de la muñeca, me tiró al suelo sin motivo, e inmediatamente me pateó las costillas con tanta fuerza que me partió tres.
—¿Tres costillas? —Lope se giró para mirarla a la cara.
—Huí de casa, dejé de ser niñera y empecé a trabajar de camarera. —Libertad se encogió de hombros, restándole importancia—. Y era un puesto muy accesible para trabajar en cocinas.
Se detuvieron en un semáforo.
—Libertad, ¿Era de eso de lo que huías? —Mauro la observaba desde el espejo retrovisor.
—Mi padre está demasiado ocupado timando a estadounidenses con sus gestiones de alto rendimiento, que no mira hacia Madrid desde hace mucho. —Se le escapó una sonrisa irónica.
—¿De quién huyes? —Quiso saber Lope, observándola con comprensión.
—¡Yo no huyo, por dios! —Libertad jugó la baza de la ofensa, que le quedó bastante creíble.
No podía decirle a Lope que el hombre de quien en verdad huía era de Dionisio Estuardo y sus contactos, ya que alguien tan poderoso y vengativo, podía convencer a Damián Nogales de rebelarse contra su familia, podía manipular a su secuaz para que persiguiera a una niña sin motivos, y podía meter un trozo de pollo con mercurio en una terraza de un sexto piso.
—Las personas que hablan como tú le has hablado al gato, no se resguardan bajo capas de ironía, sarcasmo, y mordazas, si no están huyendo. —Lope lo comentó como un halago, como un reflejo de su vida.
Libertad se sintió atacada, herida, pero sobre todo diagnosticada.
—Yo me bajo aquí. —Sentenció.
—¿De qué hablas? —Lope se extrañó.
—¿Qué?, ¡Libertad, no! —Mauro se alarmó.
—Vivo a dos manzanas, repito, me bajo aquí. —Libertad se desabrochó el cinturón de seguridad, aun con el coche en marcha, pese a ir callejeando a velocidad de crucero.
—¡Lo sabía, Libertad, es que lo sabía! —Se quejó Mauro— ¡No puedes bajarte de un coche en marcha, joder! Espera a que aparque, al menos.
—No pienso tolerar que me juzguen sin conocerme, así que me bajo, punto.
Lope, viendo que peligraba su hotel, se giró para poder mirar a Libertad a la cara y consiguió tocarle el brazo, aunque ella abrió la puerta del coche de todas maneras.
—Esa salida de garaje —Lope señaló una rampa que vio diez metros más adelante—, me bajo con ella, Mauro.
—¿Jefe? —Mauro se sorprendió por la maniobra que quería hacer Lope.
—¡Eso raya el acoso, Don Lope! —Se defendió Libertad.
—Eso me importa menos que el hecho de que quieras bajar de un coche en marcha, la verdad. —Contestó Lope—. ¿Tu vida te importa poco o qué?
Libertad iba a replicar, pero se dió cuenta de que Lope, al menos en eso, estaba en lo cierto. Aunque no estaba acostumbrada a ceder.
—¿Y a usted que más le da? —Preguntó con un tono entre ironía y curiosidad— Aún estoy en periodo de prueba.
—No creo que fuera un buen jefe si mi primera empleada quiere bajarse de un coche en marcha a veinte kilómetros por hora, por haberla ofendido.
—Vale, perdón por mi reacción —Libertad se llevó la mano a la nariz para forzarse el ceño—; pero no hable como si me conociera, porque no me gusta que me juzguen.
Libertad se mostró severa, pero algo en su interior le decía que estaba siendo injusta; sobre todo sabiendo lo que el propio Lope le había dicho en estado de embriaguez.
—Tú también me has prejuzgado y has dado por hecho que soy un déspota. ¿O me equivoco?
Libertad respondió solo con su cara. Levantó una ceja y elevó una comisura de la boca.
—Entonces, yo, ¿sigo aquí aparcado, o desocupo la salida? —Interrumpió un incómodo Mauro por tener el coche mal estacionado.
—Libertad, ¿Respondes?
—Vale, conduce.
Libertad se cruzó de brazos y se asomó por la ventana. Cuando por el rabillo del ojo, esperaba ver a un Lope sonriente y presuntuoso, lo que observó fue que en realidad suspiró aliviado y tranquilo.
Desde luego, Lope era completamente distinto a Dionisio, mientras el joven se preocupaba, el otro no tenía reparos en desvivir animales como advertencia.
—¿Tu gato Neko era muy confiado?
—Solo conmigo, no le caía bien ningún vecino, y la única vecina que tiene animales, vive en el bajo. —Libertad se detuvo un momento a pensar, y decidió compartir un poco de su vida, pero solo un poco, con Lope—. Mi terraza es de las que están abiertas, que no tienen ventanas, y vivo en un sexto piso, y por la noche dejaba que el gato saliera a la terraza.
—¿Tú crees que le envenenaron a distancia?
Tras la pregunta de Lope, llegaron al mismísimo portal de Libertad.
—Estoy segura, pero vamos, que ya no tendré distracciones para crear el menú. —Se mostró pragmática.
—Yo estaría dolido. —Lope frunció el ceño, mirando sin punto fijo.
—No lo dudo, jefe —Libertad se encogió de hombros—, pero llorarle no me lo va a devolver.
—Si quieres que tu primo te venga a buscar mañana, aún estás a tiempo para decírselo. —Lope mostraba una sonrisa amable.
—¿Mi primo? —Libertad cayó en la cuenta de la mentira y corrigió el tono—. No voy a molestar a Mauro con trayectos innecesarios, pero gracias por ofrecerse, jefe.
Libertad intentó ser burocracia pura, pero no podía negar que a cada paso que daba hacia su ansiada meta, más se estrechaba su círculo hacia los Estuardo y ese heredero que era un enorme puzzle de colores desparejos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.