Se sentía extrañamente más protector con ella que con cualquier otro empleado a su cargo, y eso le irritaba tanto como su carácter seco, arisco y rebelde.
Llegaron a su portal.
—¿Me dirás de qué huyes?
—¡No! —No lo dudó ni por un momento—, ya le he dicho, don Lope, que no me gusta que me juzguen sin conocerme, al igual que no me gusta que me protejan cuando ya lo sé hacer yo solita.
Él se giró levemente hacia Mauro, que esperaba apoyado en el coche. Y se volvió hacia Libertad.
—Quisiera… a ver cómo lo digo sin parecer pretencioso; quisiera que pudieras confiar en nosotros para ayudarte a dejar de huir de quien sea.
Libertad dio un paso atrás, subiendo el escalón del portal.
—No creo que usted sea el más indicado —levantó la vista por encima de Lope y supuso que estaría mirando a Mauro—, y ni siquiera con ese armario empotrado que tiene de guardaespaldas podría protegerme. —Volvió a mirar por encima de él—. ¡Perdona si te he ofendido, Mauro, solo he dicho una verdad como un templo de grande!
—¡Descuida, prima, que no eres la primera persona que me lo dice!
Ella alzó las cejas y, con una sonrisa de suspicacia, inclinó levemente la cabeza en señal de gratitud y se dispuso a entrar en su portal.
Al verla inclinar así la cabeza, Lope sintió que el corazón le oprimía algo en el pecho y su propio cuerpo respondió queriendo dar un paso hacia ella para seguir hablando.
No le gustaba esta nueva sensación de dependencia que se había dado cuenta de que estaba empezando a sentir hacia su chef. Al recordar los gestos desmesurados que ya había mostrado hacia Libertad, se acordó de Kuro y Shiro.
—¡No te has despedido de los gatitos!
Ella se volteó, con una cara que mezclaba sorpresa y burla con algo de soberbia también.
—¡No solo los bauticé, sino que ahora me debo despedir de ellos como si fuera su madre! ¡No, gracias!
Mientras ella buscaba las llaves en su bolso, Lope se giró hacia Mauro para pedirle ayuda mientras se cuestionaba a sí mismo por qué estaba haciendo eso.
—¡Libertad! —la llamó Mauro, con la caja de cartón entre las manos.
Entrecerró los ojos, frunció el ceño y sonrió, todo a la vez, para acabar negándolo.
—¡No me quiero arriesgar a encariñarme con esas bolas de pelo!
—¡Arriésgate! —Su propio gesto de espontaneidad sorprendió a todos, sobre todo a sí mismo—. Es decir… a ver, ya no sé ni lo que digo —dudó—, no pasará nada, ¿verdad?
Ella se cruzó de brazos y volvió a inclinarse como despedida.
—¡Hasta mañana, jefe! —levantó la mano aún dándole la espalda—, ¡hasta mañana, Mauro!
La puerta se estaba cerrando, y con Libertad caminando en dirección opuesta, cuando Lope evitó que candara el pestillo y asomó la cabeza.
—¿Estás segura de que no los quieres volver a ver?
Al pie del ascensor, se volteó para mirarle.
—A los gatos de los videos de internet no hay que darles de comer ni llevarlos al veterinario.
Ella entró en el ascensor y, con sonrisa perversamente burlona, se despidió con un movimiento de abanico con la mano mientras se cerraba la puerta del elevador.
Lope se enderezó y dejó que el portal cerrara. No entendía qué era lo que le había poseído. ¡Él no actuaba así de clemente con nadie!
Retornó sobre sus pasos y regresó al coche.
Mauro, que aún tenía la caja en las manos, sonreía con satisfacción.
—¿Qué pasa? —Lope le acusó con la mirada.
—¡Nada, jefe! —le tendió la caja—. ¿Qué hacemos con el ying yang?
—¿Cómo les has llamado? —se asomó.
Los mininos se habían acurrucado entre ellos y parecían el símbolo oriental.
—¿Prefiere llamarles Shiro y Kuro como ha dicho Libertad, o los llamamos blanco y negro, en el español de toda la vida?
—¿Tú qué crees? —Se sentía frustrado por algo que no llegaba a entender de sí mismo.
—A mí me gustaría no parecer muy desagradecido, sobre todo cuando se ha molestado en darles un nombre a los pobres animalitos.
—No me apetece volver al hotel, ¿vamos a casa?
Mauro respondió encogiéndose de hombros.
Por primera vez en mucho tiempo, Mauro se sentó solo en la parte de delante, ya que Lope se quedó en la parte de atrás, con una mano dentro de la caja de los gatos.
No tardaron mucho en llegar y aparcaron donde siempre.
Al sacar la mano de la caja, Kuro se puso a maullar como si no hubiera un mañana.
—¿Cómo sé si pides comida, atención o sueño?
—¿Le está preguntando a la pobre criatura?
Lope no se entendía. Estaba intrigado, y sobre todo molesto con su propio comportamiento; pretendía ser un jefe justo y ecuánime, pero su juicio parecía desaparecer en algunas situaciones. ¿Qué le estaba pasando?
—Don Lope —Mauro le sacó del ensimismamiento—, si tiene dudas, le puede preguntar a Paca; ella es madre.
—Gracias.
Ambos acudieron a la casa del servicio, donde les esperaba una cocinera algo más habladora que de costumbre.
—Paca, hay dos bocas más en plantilla. —ironizó Mauro, enseñándole la caja.
—¿Pero qué habéis hecho, desgraciados? ¡Don Dionisio odia a los gatos!
—¿Es alérgico? —Mauro se asomó de nuevo a la caja donde dormitaban— ¡La primera noticia que tengo!
—¡Qué va! —Lope hizo un ademán con la mano para quitarle importancia—. Odia todo lo que no le siga a ciegas y ya oíste a Libertad, ¡con estos bichos no hay medias tintas!
—¿Libertad? —acertó a preguntar la cocinera, con una ilusión que no ocultaba y que replegó al ver la cara de alarma del guardaespaldas—. ¿Por fin una chica, don Lope?
—¡No, la chef del nuevo hotel se llama así! —respondió demasiado deprisa—, ¡improvisa muy rápido cualquier plato! —Intentó excusar su rápida devoción por esa mujer.
Paca desvió la mirada hacia Mauro, con un tono muy obvio que Lope ignoró por voluntad propia.
—¿Tan buena es?
—Ya la viste el día de la selección, y hoy preparó unos bisteques con patatas, de esas que se fríen inflándose. ¡Estaba espectacular! —se dio cuenta de que había hablado de más y se giró hacia su protector—, y tú no le digas nada de lo que acabo de comentar o se subirá a mi espalda, ¿de acuerdo? ¡Me impresionó que no le temblaran las manos al hacerlo solo para nosotros tres!
—¡Sí, jefe! —Mauro aceptó con la confianza de quien observaba a un niño en proceso de autoengaño—. ¿Y qué hago con los gatos?
Los tres se volvieron a asomar a la caja donde ya ronroneaban las bolas de pelo blanco y pelo negro.
—¡Pero si están dormidos, y son muy pequeños!
—Paca era realmente obvia, cuando no callaba.
—Resulta que Libertad tenía un gato, al que envenenaron; y al jefe se le ocurre la brillante idea de intentar consolarla, regalándole dos cachorros.
—¿Cachorros?
Mauro, con los ojos en blanco, intentó esconder una sonrisa.
—Y Libertad ya le ha dicho que no se los iba a quedar, para que no corran la misma suerte. Así que el señorito tiene que hacerse cargo de dos vidas; aparte del nuevo hotel, claro está.
—Creo que os estáis riendo a mi costa. —Lope se cruzó de brazos—. Pero que conste que haré oídos sordos por Shiro y Kuro.
—¿Qué nombres son esos?
—Blanco y negro en japonés, Paca, ¿A qué es original? —Volvía a desmentir sus propios movimientos.
—Los llamó así Libertad. —Mauro lo entonó con algo de sorna—. El otro se llamaba Neko, o Gato en el nuestro.
La faz de Paca mutó a cariño y admiración. Y su significado ofendió al joven.
—¡Creo que me voy a llevar a los pequeños conmigo! —le arrebató la caja de las manos a su guardaespaldas— ¡Porque no quiero que os escuchen soltar improperios sobre mi persona!
Lope se acercó a la puerta e intentó abrirla, pero al tener ambas manos ocupadas, tuvo que hacerlo un sonriente Mauro.
Y fue justo antes de que la puerta se cerrara del todo, cuando lo acertó a escuchar.
—El padre se ha quedado con la custodia completa.
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Editado: 23.03.2026