Libertad cadereaba al son de los alaridos que soltaba delante de su encimera.
—¡Caaaaa... ramelo! —soltó mientras cortaba el calabacín por la mitad—, ¡dame, de tu boca, su sabor!
Lo fileteó con soltura para añadirlo a las patatas y la otra mitad fue derecha al frigorífico.
Seguía cantando mientras cortaba la cebolla y un manojo de cebollino. Calculó seis huevos para una tortilla con tanto ingrediente.
—Un caprichito me voy a dar, con semejante manjar. —Seguía cantando, cambiando el repertorio a su manera.
Fue incorporando los ingredientes con cuidado en la sartén y lo cocinó a fuego suave mientras recogía la cocina.
Según cocinaba, echó en falta un sonido al que ya se había acostumbrado: maullidos.
No había recargado el comedero de Neko y ya no lo iba a hacer.
La mirada se desvió momentáneamente al fuego, pues seguían cocinando despacio, y buscó en su despensa alguna bolsa de rafia para meter las cosas del otro y dárselas a los nuevos.
Libertad no estaba triste; hacía ya tiempo que se grabó a fuego el mantra de que si sucede, conviene. Y el envenenamiento de Neko había sido algo que le recordó que no debe confiarse demasiado si quiere sobrevivir.
Buscó el móvil y grabó un mensaje de voz para Mauro.
—Tengo un saco casi lleno de pienso, aparte de juguetes y cosas de Neko que os pueden servir para esos dos. —Fue guardando los cacharros de Neko con avidez—. ¿Lo queréis o lo tiro?
"¿Le pregunto al padre o prefieres hacerlo tú?"
Esa pregunta por parte de Mauro la irritó bastante, pero nunca admitiría que también la sonrojó.
"Olvídalo", escribió.
"No hace falta enfadarse por una broma, le pregunto y te doy su respuesta", recibió como respuesta.
Con el móvil apartado, pero en la cocina, y la bolsa llena de cosas para gatos, Libertad volvió a controlar la comida de la sartén.
Esta vez no cadereaba. Esta vez no cantaba. Ahora tenía activado el modo asertivo.
Aunque era un arma de doble filo, pues su mente era acribillada por imágenes de su gato fallecido.
No lloró en absoluto, ninguna escena le provocó esa desazón para siquiera sonrojarle las córneas.
"Llorar solo sirve para que tu enemigo te ataque" era un mantra que su padre le grabó a fuego desde pequeña. Pero ella solo lloró cuando Yolanda Olmos, en una de sus tantas borracheras, admitió que no era su madre y que la auténtica falleció por darla a luz.
Al recordar aquella escena con ocho años, ya no sentía dolor tampoco. Cierto era que Damián Nogales la había engendrado con la mujer que falleció, pero la perspectiva del tiempo le demostró que la genética no tenía por qué asegurar el cariño de los padres biológicos, ya que el afecto más genuino lo recibió de la mujer que bebía desde que se vio obligada a criarla. Yolanda.
Aquellos recuerdos no impedían que su inercia al cocinar le marcara un profundo olor a socarrat procedente de la sartén.
Escurrió el aceite de las verduras y las añadió al huevo batido para llevarlo de nuevo a la sartén a fuego medio.
—Una tortilla de seis huevos, ¡con esto tengo para tres días! —entonó.
Durante la espera, su teléfono se encendió por un momento para mostrar un mensaje.
"Tienes mi número de teléfono, ¿por qué le mandas el mensaje a Mauro? ¿No confías en que puedo cuidar a los gatos y has dado por hecho que los tiene tu primo?"
Tras asomarse a la pantalla y leer el mensaje, dio un paso atrás, mirando con recelo el móvil por el rabillo del ojo según le daba la vuelta a la tortilla.
Pensó en dar la vuelta también a la situación y barajó varias opciones. Podía excusarse con la lógica, ya que él creía que les unía la sangre. La baza del despiste también sería una buena opción. Aludir a que había confundido los números no era posible. ¿Qué más le quedaba por sopesar? Ser sincera era la opción menos coqueta. O eso creyó.
—Pensé que si él ya le está cuidando a usted, ya tendría algo de experiencia para enseñarle a ser padre, don Lope. —Le dictó al micrófono del móvil.
Con la conciencia tranquila, se dispuso a voltear de nuevo la tortilla que tenía al fuego. Esperó dos minutos más y la volvió a dar la vuelta. Solo le quedó que se dorara por ese lado y la desmoldó.
La partió en seis trozos mientras observaba con algo de recelo su propio teléfono móvil.
—¿Tanta prisa antes y ahora tardas en contestar?
En la pantalla rezaban las nueve de la noche, mas se sintió frustrada por no comprenderle.
Se sirvió una porción para cenar y una duda le surgió. Pero su teléfono no estaba en silencio.
Prefirió darle margen y obró con cautela, intentando ignorar el aparato.
Encendió el televisor, buscó la última serie que tenía a medias y la vio mientras cenaba. Todo sin apartar la respuesta de Lope de su cabeza. Para ir a la cocina y fregar el plato.
No le quedaba más que hacer en el día y volvió a mirar la hora.
—¿Las once de la noche, en serio?
Ahora se hallaba algo resentida. Iba a increpar algo, pero su instinto le hizo leer en voz alta su propio mensaje.
Se dejó caer en el sofá; su tono ahora sonaba distinto, pero era eso lo que le habría confundido. ¡Ahora había sonado excesivamente coqueta; incluso si lo hubiera intentado forzar, que era todo lo contrario, no le habría salido así ni en broma!
—¡Mierda! —En el pánico de su faz, empezaba a visualizarse un leve sonrojo en sus mejillas—, lo he de arreglar. —Tomó el móvil y pulsó el botón del micrófono—. Mañana lo llevo al hotel y luego hace usted lo que quiera con los cacharros; al menos así no me estorban por casa.
Tras enviar el mensaje, se dio cuenta de que había sonado excesivamente seca y borde, al menos más de lo habitual, y se consoló con quitarle a su jefe cualquier idea equivocada.
Agarró un pequeño cuaderno que tenía bajo el televisor y empezó a anotar:
—Diabéticos, celíacos, intolerancia a la lactosa —leía según escribía—, alergias al huevo, a los frutos secos. —Miró la imagen que le devolvió el televisor—. Musulmanes, hindúes.
Apagó el televisor, en posición “mute”, y se fue a la cama, en la que se sentó.
Se dispuso a ponerse el pijama cuando la curiosidad pudo con ella y encendió el teléfono, con más de la cuarta parte de batería.
“Si solo quieres quitar trastos, ¿para qué lo ofreces? “No les hacen falta cosas usadas”. Hace dos minutos.
Libertad, de la impresión, se puso en pie. No se esperaba esa respuesta por parte de alguien que parecía haber aceptado a los gatitos como lo había hecho.
Revisó la conversación, punto por punto. Incluso lo hizo en alto, por si eso le daba otra perspectiva, y le fue en balde.
—Creo que lo que le pasa es que sigue siendo un niño grande —conectó su cargador al teléfono—, cabezota, y que se cree muy listo. —Ojeó las fotos en su móvil.
Quizás por añoranza al pobre animal al que le compró el pienso que tenía en la cocina, pero su vista se dirigió hacia una foto en la que el gato no era naranja.
Abrió la última fotografía realizada; eran Shiro y Kuro con carita de curiosidad, mirando a cámara. Soltó el teléfono con una ligera rabia al acordarse de cómo había obtenido esa imagen, y decidió dormir.
—Imbécil. —Y cerró los ojos.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 09.04.2026