Una estrepitosa discusión la sacó de la última fase REM en la que parecía tener cuatro pequeños recipientes con cremas de distintos colores.
Se levantó para buscar el origen del ruido. Era el televisor. ¿Acaso no lo había apagado anoche? Eran las ocho y media, y Susanna Griso hablaba de la última burrada del capitán norteamericano. Decidió dejar a la catalana como sonido de fondo y así sentirse acompañada.
El televisor no parecía estar de acuerdo con la cadena de televisión y cambió solo de canal.
Libertad se asustó.
Pero su pragmatismo y resolución la llevaron a atacar el mando a distancia y apagar la televisión.
—¡Me cago en Bluetooth y la madre que le parió!
Se volvió a encender.
—¡Joder!
Apartó el aparato y lo desenchufó.
Silencio, pero por dentro hervía de rabia. Estaba convencida de que era Dionisio o algún hacker contratado por él quien se había valido de la plataforma de conexión para manipularlo a distancia.
Habían matado a su gato y ahora pretendían hacerle luz de gas, pero pensaba luchar con uñas y dientes.
Llamó a la única persona que le transmitía algo más de confianza que los demás.
—¡Grandullón, pretenden volverme loca! —Es lo único que dijo.
Mauro, al otro lado de la llamada, se le oía somnoliento.
—¿Quién, don Lope? Espero que no te refieras a él.
—¡No bromeo, Mauro! —resopló—. Me han secuestrado la sintonización de los canales, incluyendo el encendido y apagado.
—Eso es fácil, vete al menú y lo proteges con contraseña.
—He desenchufado la tele. —Resumió.
—¡Ah, bueno, eso corta el problema de raíz!
—¡No tiene ni pizca de gracia!
—Y no me he reído, Libertad, es que lo que has hecho es lo más práctico y analógico para solucionar el problema.
—Espera, ¿era un halago? —Estaba desconcertada.
—Sí, claro. —Pudo oír un pequeño intento de carcajada—. ¿Tan raro te parece que te digan que has hecho algo inteligente?
—Digamos que me lo dicen muy poco fuera de la cocina, y creo que soy generosa con la afirmación.
Dos segundos más de lo habitual para responder.
—Lo tendré en cuenta.
Libertad frunció un poco el ceño, se apartó el teléfono de la oreja para mirarlo como si estuviera hablando por una cuchara de madera, y se volvió a poner a la escucha.
—Haciendo acopio mental, vale. —Ella rodó la vista por el comedor, intentando no sonreír, hasta que se percató de lo último que retuvieron sus pupilas anoche—. ¿Los peques están bien?
Se oyó un atropello de risa por parte de Mauro, algo que no le sentó nada bien. Aunque le escuchó de todos modos.
—Paca nos advirtió de que a don Dionisio no le gustan los gatos por su carácter, y aun así, don Lope se atrevió a llevárselos con él a su habitación.
Libertad, que había estado dos noches seguidas en esa habitación cuando Lope estaba en estado de embriaguez, intentó recordar la disposición. A su mente acudieron las imágenes del rubio, incluido el ‘casi’ beso que Mauro frenó con su mano del segundo día. Negó con la cabeza, desechando la escena de su mente, para tener en cuenta que era el Lope sobrio quien había acogido a los indefensos animales a su vera.
—Espero que haya sido buena idea —mintió descaradamente, solo para no admitir que le parecía la mejor idea respecto a los gatitos—. Os veo en un rato.
—Vale, ¡hasta luego, prima!
La llamada se terminó; a Libertad le extrañó que la llamara prima justo antes de colgar y supuso que en ese preciso momento el jefe estaría delante.
—No me apetece escuchar sus reproches celosos.
Se llevó la mano a la boca; al decirlo, sintió que lo había materializado. Había hecho tangible el hecho de que le gustara a su jefe. La practicidad era inmensa, ya que podía usarlo a su favor, pero entonces, ¿por qué le molestaba?
Tomó su rutina para no pensar mucho en el tema, puesto que consideraba que Lope ya había ocupado demasiado sus momentos fuera del restaurante del hotel.
Tras desayunar un intento de tostada francesa, que se quedó en nada por el grosor de la rebanada, se fue al baño a cepillarse los dientes.
La rutina diaria la mantenía en tierra, era bien consciente de ello; pero cuando se relajó y adoptó un gato callejero, se volvió vulnerable por voluntad propia. No volvería a suceder.
Se acercó al frigorífico y revisó la comida. Faltaba ternera y quizás cordero. Le quedaban unas pocas alcachofas rehogadas y no encontró las judías verdes.
—Me las comí anteayer para cenar. ¿Pescado?
Revisó el congelador y terminó de anotar merluza en su lista mental.
Ya eran las nueve y media de la mañana, y se dispuso a coger su pequeño bolso negro y un par de bolsas de rafia para ir al supermercado que había en la esquina.
Al llegar al portal desde el ascensor, reconoció una figura masculina de su pasado que desearía que siguiera allí.
—¿Padre?
—¿Te gustó el regalo que te hice ayer?
—¿De qué regalo habla? —Libertad palideció levemente, pero sin gesticular.
—Ya me advirtió Dionisio que habías vuelto a dar problemas.
—Intento seguir mi vida, ¡ese hombre me importa una mierda! —Mintió, pero obviamente no iba a admitir que le tenía miedo.
—¿Y por qué regresaste a esa casa?
—¿Casa, cuál? —Sabía perfectamente que se refería a la mansión Estuardo y las dos veces que ayudó a Mauro con un Lope alcoholizado; pero con un poco de suerte, solo se referiría a la segunda.
—¿Aún sigues defendiendo a ese bastardo?
Libertad esquivó a su padre y se dirigió hacia la puerta; no iba a dejar que su padre volviera a frenar su vida.
—No sé de qué bastardo me habla. —Intuyó que se refería a Lope, pero no se merecía ese despectivo; sobre todo, porque parecía ser el más coherente de esa familia, aunque fuese un niño grande.
—¿Me vas a negar que te trajo ayer en su coche y te acompañó hasta el mismísimo portal? —El hombre estaba algo más irritable de lo que Libertad le recordaba.
Se dio cuenta de que, por culpa de su padre, estaba en peligro no solo su puesto de trabajo, al que al fin había llegado, sino también la salud mental de Lope.
Empezó a cabilar posibles opciones, pero todas eran, a cada cual, más enredada que la anterior.
—Mi vida privada le debe de dar igual, padre. —Intentó desviar el tema.
—¡Lilith Nogales Herrero, eres hija de Damián Nogales, y te has de comportar como tal, empezando por llamarme papá! —Empezó por lo más absurdo.
—¡No diga gilipolleces, que nunca ejerció como tal! —Apenas habían salido a la calle y ya se estaban gritando—. ¡Hizo más Yolanda Olmos, pese a su whisky en la mano, que usted!
Damián levantó la mano derecha y la llevó hacia la izquierda, con la intención de propinarle un bofetón del revés. Pero mientras Libertad flexionaba con agilidad sus rodillas para evitarlo, un enorme brazo negro sujetaba la mano.
Se giró hacia su defensor.
—¡Joder, Mauro, por un pelo!
—¿Estás bien, Libertad? —preguntó Lope tras él.
—¿Por qué la llamáis Libertad? —Damián chilló, irritado—, ¡se llama Lilith, como su difunta madre!
—¿Lilith? —preguntaron con sorpresa los tres a la vez.
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ceo drama empleada, darkromance y obsesión, tensión emocional intensa
Editado: 09.04.2026