De Lilas y Aguamarina

28. Plato del día: Macedonia de frutas de temporada.

Era un nombre, solo un nombre; pero le dolió como una patada en las costillas.
Sabía que Lilith era hija de Damián, pero no había caído en la cuenta del apellido Nogales, el mismo que leyó en el currículum de Libertad. ¿Cómo no se había dado cuenta?
Fue ese hombre que tenía ante él quien separó a la dulce y protectora Lilith de él. Y eso le hizo ignorarlo. Pero Damián no solo alejó a la única persona que le consideró como alguien a tener en cuenta, sino que, en palabras de la propia Libertad, le dio tal paliza que le rompió tres costillas.
Todo estaba tan enredado, pero era tan sencillo a la vez.
La ira en su interior crecía sin freno. Miraba a Libertad, que resultaba que era su querida Lilith, con un cabreo monumental hacia su propio padre. Mauro aún seguía sosteniéndole la mano sobre ella.
Tenía la sensación de que todo se había ralentizado cuando su instinto de supervivencia fue colapsado por el instinto de protección y dio un paso hacia interponerse por delante de Libertad.
—No la vas a tocar más.
El tiempo pareció recuperar su ritmo.
—¡Quita, chaval!
—A don Lope no le toca usted ni un pelo. —Advirtió Mauro con severidad.
Ella dio el medio paso de distancia hacia él y lo dijo en voz baja, pero con una seriedad que le heló la sangre:
—Lope, me sé defender sola y Damián no merece tu tiempo.
Giró la cabeza para mirarla de reojo. Levantó momentáneamente una comisura de sus labios para volver su vista hacia el viejo. No quiso moverse y no lo hizo.
—¿No estaba usted estafando en los Estados Unidos? —Libertad alzó la voz—. ¿Qué le trajo de vuelta?
—¡Que no te estás quieta, bastarda ingrata! —Damian parecía fuera de sí—. ¡Por eso he vuelto, malnacida!
—¡No voy a hablar más con usted! —Intentó apartar a Lope de en medio y le fue inútil—. ¿Dónde está Yolanda?
—En una clínica de desintoxicación en Florida; pero eso a ti no te importó; ¿para qué preguntas ahora?
—¡Mentira! —La ira le estaba enrojeciendo las córneas—. Yolanda ha sido mejor madre de lo que usted lo será jamás, ¡y eso que estaba todo el tiempo borracha por su culpa!
Los improperios entre padre e hija no dejaban de volar. Mauro aún seguía sosteniéndole de abofetearla, aunque el hombre se resistía.
—Te vas a venir conmigo a Miami, Lilith, quieras o no, porque soy tu padre.
—¡Y dale con Lilith, joder, me llamo Libertad! —Rebuscó la tarjeta en su bolso—. ¡Pone Libertad, coño! —sacó el DNI—, y no lo he cambiado, no me ha hecho falta.
—Como no dejes en paz a Libertad, te las verás con los Estuardo. —Lope dio un paso al frente, al pie del brazo de Mauro, ante la manga negra de su traje.
—No me hagas reír, chico. ¿Quién crees que me ha avisado?
—Dionisio… —entonó Libertad con la voz temblorosa— mató a Neko y trajo de vuelta a mi padre. Solo porque me volvió a ver en la mansión Estuardo. —Su hilo de voz iba ensombreciéndose según acababa la frase—. ¿Qué le he hecho yo a ese hombre?
—A un Estuardo no se le deja en ridículo. —La frase salió fría como el hielo en la voz del viejo.
—No eres Estuardo, Damián, ¡yo sí!
Acabó por bajar el brazo. Pero Mauro no lo soltó.
—¿Enterraste ya a esa bola de pelo naranja con pulgas? —parece ser que optó por agredirla psicológicamente—. ¡Qué desagradecido fue el puto gato, que ni ronroneó cuando le di el pollo sazonado!
Las miradas de Lope y Mauro se dirigieron a Libertad, encolerizada.
—¡Mató a Neko, cabrón! —se intentó abalanzar sobre su propio padre, pero Lope estaba en medio—. ¡Es usted un hijo de p…!
Lope se volteó y la contuvo con un abrazo. Ella lo sintió igual de fuerte que cuando no estaba sobrio, pero esta vez fue su forcejeo el causante de los hematomas en el cuerpo de Lope.
—Libertad, repetiré tus palabras. —Intentaba mantener la calma, pero el corazón le iba desbocado por la adrenalina, principalmente—. Damián no merece tu tiempo. —Intentó sonar como unidad, pero escondía algo que no sabía nombrar—, no merece nuestro tiempo.
Libertad parpadeó, se percató de su actitud y se relajó en brazos de Lope. Se dio cuenta de que su padre era el único que realmente la sacaba de sus casillas, la única persona por la que perdía los estribos.
—Puedo… —Su voz se sentía tímida e incómoda—, sé defenderme sola.
—Y no lo dudo, pero no quiero quedarme sin chef a los tres días de contratarla porque ingrese en prisión por parricidio. —Intentó ser amable y chistoso, pero su tono acabó por ser conciliador. —¿No crees?
La notó sonreír por el sonido que hizo con su bonita nariz.
—No merece nuestro tiempo. —Lo replicó como un mantra.
Mauro elevó la mano de Damián Nogales y le hizo darles la espalda y llamó a la policía.
Libertad terminó de relajarse al no ver la cara de su despreciable progenitor.
—¿Ya estás mejor, Libertad? —Retrocedió la cabeza lo que le permitió el cuerpo y la giró hacia ella—, ¿te puedo soltar sin que agredas a nadie?
Suspiró y miró al cielo mañanero.
—Ya vuelvo a ser la de siempre, jefe, me puede soltar. —Giró la cabeza para mirarle.
Estaban muy cerca. Lope no aflojó ni un ápice. Demasiado cerca. No la soltaba. Tenían la nariz a menos de tres centímetros.
—Estoy relajada, don Lope, me puede soltar.
Le costó, pero lo hizo.
Entre los dos se había quedado un ambiente raro. Habían conectado de una manera equilibrada y se habían reconocido como iguales, pero la realidad expuesta por Damián había desequilibrado la balanza hacia Libertad.
La policía no tardó en acudir al portal de Libertad. Se llevaron esposado a Damián, que no paraba de decir que saldría bajo fianza en menos de veinticuatro horas.
Ya se iban a ir, cuando Lope sintió que algo le pesaba en el bolsillo. Era una grabadora de espía, de cuando era pequeño y aún jugaba con su primo Mario y la niñera Lilith los cuidaba.
—Lo recuperé de mis cosas de niño y pensé que vendría bien cuando despertaste a Mauro esta mañana —se lo enseñó a Libertad— ¿te acuerdas?
No respondió.
Él se giró hacia el segundo coche de policía, en el que se estaban sentando los agentes.
—¡Esperen, lo he grabado todo!
Entregó la pequeña grabadora a los policías, que le dieron las gracias y le tomaron las señas como testigo.
Cuando se fueron, empezaron a escuchar vítores y aplausos desde alguna que otra terraza por la que se asomaban los vecinos.
Mauro se removió incómodo. Libertad se plantó con seriedad y Lope, divertido, empezó a inclinarse como los actores al final de una función.
—¿Qué hace, don Lope? —le preguntó Libertad entre dientes.
—Darte el anonimato de un espectáculo callejero para que tus vecinos no te pregunten al respecto.
—Pues no lo había pensado; no es algo que yo barajara ni remotamente como posibilidad. ¡Gracias!
Se giró hacia ella y la sonrió.
—No eres la única que utiliza su inteligencia para algo más que lo que le gusta.
Casi como si estuviera engrasando los engranajes tras un cortocircuito, tardó dos segundos en responder con una pregunta:
—¿Quiere tortilla?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.