De Lilas y Aguamarina

29. Plato del día: Guisantes salteados con jamón.

Era lo mínimo que podía hacer por ellos. Le habían demostrado que la apreciaban con equidad. Por eso les ofreció lo que cocinó la noche anterior.
Ninguno contestó.
—Anoche hice tortilla de patatas con calabacín y cebollino. —Levantaba la mano, señalando al portal—. Lo podemos comer hoy en el hotel.
Lope se ilusionó de manera bastante infantil.
—Debe de estar deliciosa.
Ella levantó una ceja, con suspicacia.
—¿Nunca comió tortilla de patatas?
Él lo negó. Y, sin embargo, seguía sonriendo.
—Al parecer, a don Fernando le parece un plato vulgar y socorrido. —respondió Mauro por él, encogiéndose de hombros.
—¿Y tú? —Directa al grandullón.
—Yo sí, obviamente, Paca la hace sin cebolla.
—Pues la mía es con cebolla, y esta es especialmente verde. —Mostraba una sonrisa socarrona—. ¡Voy a casa a coger el tupper, y enseguida bajo!
Se acercó al portal; cuando llegó a la puerta, sintió que alguien estaba demasiado cerca por detrás y se giró rápidamente. Era Lope.
—¿Como ayer, jefe?
Se le veía contrariado. Su cercanía la incomodaba y atraía a partes iguales.
—Joder, ¡que vivo en el sexto, ascensor y bajo, son cinco minutos como mucho!
Lope se enderezó y se hizo el protector.
—¿Y si subió?
Libertad le sonrió con comprensión, le plantó la mano en el pecho y le apartó un paso atrás.
—Nos vio ayer en una escena semejante y pensó que eras mi pareja —intentó usar la lógica—, ¿pretendes que ocurra lo mismo con cualquier otro vecino?
Incertidumbre y rubor aparecieron en la cara de Lope, que presionó sus labios y afirmó en silencio.
Conforme con la actitud de su protector jefe, Libertad tomó el ascensor y llegó a su casa para dejar las bolsas de la compra vacías y coger los trastos para gatos y el recipiente hermético con la tortilla.
Cerró con llave y volvió a bajar.
Dicho y hecho. Tardó cinco minutos de reloj. Pilló a Lope pateando nervioso el suelo de la calle y a Mauro con los brazos cruzados y una sonrisa burlona respecto al jefe.
—Don Lope, seguro que bajará enseguida.
—¿Y si le han echado una amenaza de muerte por debajo de la puerta? ¿Y si le han obligado a ir con ellos a la fuerza? ¿Y si le han atacado con morfina?
—¡Cinco minutos de reloj! —Se tocaba el reloj con el bolígrafo. Ambas manos en alto, y las bolsas y el bolso colgando de los hombros.
—Se me hizo eterno, perdona. —Lope intentó disculparse, enseñando una sonrisa de maxilar inferior.
—Ya te he oído… —Notó su propio lapsus protocolario y se corrigió—. Ya le he oído, ya.
Mauro se acercó para quitarle el peso de la bolsa más grande, la que tenía trastos para gatos, y se la cargó al hombro.
—¿Quieres que yo también ayude? —Lope dudó entre la mano izquierda y la derecha.
—Mis cuchillos y la tortilla, ¿está usted seguro? —Le mostró una sonrisa maternal.
—Tus cosas, lo entiendo, perdona.
Fueron al coche en silencio. Con la extraña sensación de que ahora algo era diferente.
Llegaron pronto al Phalaenopsis y aparcaron en la plaza de dirección. Eran los primeros en acudir de toda la plantilla.
Libertad indicó que dejaran las cosas de gatos en el coche. Y subieron los tres en el ascensor. Se sentía un silencio incómodo en el ambiente, pero era una sensación casi agradable.
Al pasar de la puerta de la cocina, Libertad no pudo evitar mirar la puerta de salida de emergencia.
—¿Qué va a hacer con los plomos, don Lope? —Rompió el mutismo.
—He llamado al seguro y vendrán al mediodía. Por ahora, solo podemos esperar. —La miró sus manos, reparando en algo que había observado—. ¿Qué estás apuntando en ese cuaderno?
Libertad le pasó la libreta por la página que estaba sujetando. Al verlo, se le encendieron sus oscuras pupilas.
—Son cosas a tener en cuenta en el menú, jefe.
Miraba la letra con ilusión, casi con admiración. Tenía la boca levemente abierta y mostraba los dientes apretando con suavidad su lengua, mientras su cara tornaba hacia la picardía.
—No solo eres inteligente, también eres concienzuda.
El primer halago la sorprendió; el segundo era habitual.
—Me lo dicen mucho últimamente. —Miró con descaro a Mauro al decirlo, que se encogió de hombros como respuesta.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Sí, claro. Ya veré yo si la respondo o la eludo.
Se sentaron ante la mesa de cocina en la que comieron el día anterior. Mauro también, aunque estaba apartado observando.
—¿Por qué no dijiste que eras la hija de Damián Nogales?
—No me considero su hija solo por tener su ADN en la sangre o su apellido.
—Era la hija de Damián Nogales quien me cuidó de niño. —Iba a seguir con la inercia de su pensamiento y se detuvo un momento para corregirse—. La chica que nos protegió a mi primo y a mí de escuchar cosas que no debíamos saber, ¡y eras tú todo el tiempo!
—Cuidé tantos niños que ni me acuerdo; y sin embargo, por lo que ha dicho Damián, debisteis ser los últimos; os debería recordar con nitidez.
Para ella, era una queja de su propia memoria. Para él, un desprecio al incorporarlo al grupo general.
—Deberías de haberlo dicho —su dulzura casi infantil había desaparecido—, en cuanto lo sospechaste.
Libertad se enderezó en su asiento.
—¿Es en serio? —se molestó—. ¿Qué hubiera pasado?, ¿me lo explica?
—¿No es un poco sospechoso que aparezcas justo cuando Fernando me confía el nuevo emplazamiento?
—¿Perdón?
Mauro se inclinó ligeramente hacia delante. Se notaba que no le gustaba lo que insinuaba Lope.
—Dionisio se ha sentido amenazado con la propuesta de Fernando de dejarme el nuevo hotel como prueba y me está boicoteando trayéndote de nuevo a mi vida.
—¿Pero se está oyendo, don Lope?
Libertad se ofendió; Mauro se alertó.
—¡Perfectamente! —Se le notaba que no gestionaba bien la información con el corazón acelerado—. No me gusta que me mientan o me manipulen.
—¿Y qué le hace pensar que lo estoy haciendo, don Lope?
Mauro se puso en pie.
—Jefe, se está pasando con Libertad. Ella no se merece esos reproches.
—¿Y tú qué? ¡Me llevas diciendo desde el lunes que sois primos y es mentira!
—Es que parecía estar celoso y era la única manera que se me ocurrió para que dejara de actuar como si se la fuera a quitar.
Eso le crispó y también le sonrojó.
—Ya hablaremos luego al respecto. —Volvió hacia Libertad—. ¿Te ha convencido Damián de que te acerques de nuevo a mí para boicotearme la inauguración del hotel?
—¡Para nada! —Mostraba todos los dientes, irritada—. Si estuviera relacionada con mi padre, no sería cocinera.
Mauro tuvo que interponerse.
—Piense lo que dice, jefe, ¡por favor!
—¿Estás siguiendo los pasos de tu padre? —Lope seguía sin ceder ante la evidencia.
—¡Don Lope, ya vale, cállese antes de que se arrepienta!
—¡Lo ha visto, joder! —Se sentía apuñalada, y no entendía por qué le dolía más que lo dicho por su padre respecto al gato—. ¡Si siguiera los pasos de Damián, estaría lamiéndole el culo a Dionisio Estuardo y no aquí!
Lope entrecerró los ojos; esa insinuación le dio asco, uno casi visceral.
—Don Lope, no piensa lo que dice. —Le recriminó su guardaespaldas—. Vayamos a casa para usar las cosas para los gatos, ¿de acuerdo?
—Sí, mejor será.
Lope se dio la vuelta y regresó al ascensor, con Mauro siguiéndolo.
Libertad los vio desaparecer tras la puerta cerrándose, con un nudo en el estómago y el corazón encogido. Y mordiéndose el labio, se hizo una pregunta que no supo responder:
¿Por qué le dolía que él pensara así, si siempre le dio igual la opinión de los demás?




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